La primera revista para escritores

Cap. V: Allegro

Memorias de un escritor fantasma

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Allegro

Cuentan que García Marquez derramó lágrimas durante dos días enteros cuando se vio obligado a escribir la muerte del coronel Aureliano Buendía. Fue su particular luto. Un duelo real, profundo y amargo, que solo puede entender aquel que ha sido autor y ha creado a un personaje.

Vivir con personajes imaginarios manteniendo conversaciones en tu cabeza es algo perfectamente diagnosticado en psiquiatría. Por alguna extraña razón, a los escritores se nos permite expresarlo con cierta normalidad. Si lo dijese un fontanero o un taxista, probablemente acabaría encerrado en una habitación acolchada.

El indigno y despreciable ser al que yo adoraba porque pagaba mis facturas, me había llamado para hablar de los avances de la novela de su estrellita. Era la segunda vez que visitaba el despacho enmoquetado y hortera de mi editor. Era un espacio con demasiados detalles dorados, muebles tallados y completa ausencia de tecnología, custodiado por un cancerbero en forma de secretaria de ojos saltones, nariz aguileña y exceso de maquillaje. Cuando al fin me permitió entrar, el inductor de mis crímenes de lesa literatura me recibió con un abrazo amable, casi cariñoso y paternalista.

—Estáis haciendo un gran trabajo —me aseguró

«¿Estáis?», pensé yo mientras tomaba asiento. ¿Su Majestad está haciendo algo?

«—Me encanta la idea del asesino en serie músico, podemos crear una leyenda —continuó mostrando una excesiva emoción para no ser ensayada». @JBarroso_Autor Clic para tuitear

—Me encanta la idea del asesino en serie músico, podemos crear una leyenda —continuó mostrando una excesiva emoción para no ser ensayada.

Yo no pude evitar recordar la abismal caída en ventas de material de acampada que se produjo tras El proyecto de la bruja de Blair. ¿Y si provocábamos que la gente dejase de ir a conciertos? Abandoné rápidamente aquella preocupación. A mi editor la industria musical no le importaba lo más mínimo, y a mí que a Su Majestad le fuese un poco menos bien…, en fin.

—¿Cómo va el diseño de personajes?

—Bien —respondí yo regresando de mi ensoñación sobre la muerte del rock—, pienso en tres personajes principales. El músico asesino; su pareja, que está en continuo peligro sin saberlo; y un confidente del personaje principal, alguien que lo sabe todo, pero no actúa ni para evitarlo ni como cómplice de los asesinatos.

—Ah, me encanta. Un testigo incómodo —dijo él.

—Un confesor —corregí con intención de mostrar quién era el creador en aquel despacho.

—¿Tienes alguna figura en la que basar al asesino? Debe ser alguien mezquino, odioso, indolente y con problemas mentales —propuso el genio.

—Algún referente tengo, sí —respondí yo hablando muy despacio.

—La Schiffer me escribió hablándome de no sé qué de un secundario. —Él usó su nombre real. Mi contrato de confidencialidad, ya sabéis.

Su Majestad quería dotar a cada uno de los músicos de un perfil muy concreto para ser usados en varias escenas. Ya le expliqué que debíamos centrarnos en los tres principales. En intentar conocerlos muy bien, desde niños.

—Sí… —contesté divagando—, Su Majestad quería dotar a cada uno de los músicos de un perfil muy concreto para ser usados en varias escenas. Ya le expliqué que debíamos centrarnos en los tres principales. En intentar conocerlos muy bien, desde niños. Sus problemas escolares, miedos, miserias e incluso las alergias alimentarias. Después, los secundarios nacen solos allí donde los necesitas. Él seguía empeñado en escribir Guerra y Paz y tuve que pararle un poco los pies.

—Entiendo —dijo mi editor sonriendo—. ¿Y en qué habéis quedado?

«En que la Schiffer te ha llamado para que me metas en cintura, supongo», pensé yo antes de sonreír aparentando una tranquilidad de la que carecía.

—Vamos a trabajar para introducir algo de lo que ha propuesto Su Majestad y a profundizar en los personajes principales. —Sí, es la frase más vacía que he pronunciado en mi vida. No encontré otra forma de darle la razón a todo el mundo.

—Es importante que él participe. Que la historia se impregne de su forma de ser. Dime si puedo ayudar en algo.

«¡Lo tengo! ¡Cómprale un cerebro!».

—De momento estamos bien. En cuanto acabemos de matizar a los personajes me pondré con el guion definitivo y te envío una sinopsis por si la editorial quiere modificar algo o introducir algún elemento.

Entonces mi editor aportó su toque personal. Demostró por qué se había convertido en un grande. Sugirió la gran idea que condicionaría los próximos meses de mí vida de una forma lamentable:

—Oye, ¿has pensado en acompañar a Su Majestad a un par de conciertos para captar un poco todo ese mundillo?

—¿Qué? —pregunté yo alojado entre la repugnancia, el estupor y el pánico.

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