La primera revista para escritores

«Amado monstruo», de Javier Tomeo (1985): explorando el comportamiento humano

Foto por Das blaue Sofa. Licencia cc-by-2.0
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Amado monstruo, de Javier Tomeo (1985): explorando el comportamiento humano

La escritura es una búsqueda vital, un camino de exploración del mundo por parte del escritor, pero también (y especialmente) de sí mismo. Existen pocos autores que hayan sabido identificarla desde los inicios de su carrera y que, además, se hayan atrevido a declararla con sinceridad. Uno de ellos es Javier Tomeo.

Confesó que había estudiado Criminología para conocer mejor el comportamiento humano y que sus personajes nacían de sus carencias. Decían de él que era un tipo solitario, extraño, incluso él mismo se reconocía diferente. Era inevitable que alguien así se apartara de la corriente literaria de su época, y que la crítica y el gran público le dieran la espalda. Tomeo fue un autor incomprendido en nuestro país durante muchos años. «En muchos premios me veo rodeado por escritores mediáticos y me pregunto ¿qué hago yo aquí?». La fama tardaría en llegar: su obra tuvo que dar un rodeo y triunfar primero en el extranjero. Y con todo, jamás ha sido un escritor de masas. Alguien como él, sencillamente, está incapacitado para serlo (tampoco lo pretendió).

«El gran público exige espectáculo, pasiones, planteamientos sencillos. Y nada de eso se encuentra en la obra de Tomeo. Es un intelectual que se dirige al cerebro del lector, no a sus emociones». Beatriz Cortel Clic para tuitear

El gran público exige espectáculo, pasiones, planteamientos sencillos. Y nada de eso se encuentra en la obra de Tomeo. Es un intelectual que se dirige al cerebro del lector, no a sus emociones, y que extrae sus argumentos de las teorías de Freud. El tema de la obra que os presento, Amado monstruo, es la presencia omnipresente y castrante de la figura materna. La acción se desarrolla en un despacho, a través de un diálogo magnífico entre dos personajes (ambos muy atípicos, por supuesto) durante una entrevista de trabajo. Es un argumento original, desde luego, pero no muy atrayente; Tomeo no tiene por qué gustaros. Y eso que solo por la factura impecable de la nouvelle valdría la pena leerla: frases cortas, lenguaje preciso y escogido («si puedo decir algo en cuatro palabras, no uso ocho»), unos textos corregidos hasta la saciedad de los que un escritor puede aprender mucho.

Pero, digan lo que digan, a mí Tomeo me fascina. Los escritores no convencionales (los «bichos raros») son mi debilidad, lo reconozco. Su originalidad me impacta y estimula; pero también me conmueve. En el caso de Tomeo, no puedo dejar de pensar que su constante exploración del ser humano obedece a una necesidad de comprenderse. Y una sed de ese tipo nunca se sacia.

 

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