La primera revista para escritores

Cap. IV: Interludio

Memorias de un escritor fantasma

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Interludio

Dicen que el tiburón blanco puede oler una gota de sangre a más de cuatro kilómetros del lugar en el que ha sido derramada. ¿Os parece mucho? Pues no es nada comparado con la distancia a la que un editor puede oler el dinero. Si tuviesen una cuarta parte de ese interés para descubrir talento, Virginia Woolf, James Joyce, Mark Twain, Jane Austen, Stephen King o Paulo Coelho no habrían tenido que autopublicarse en sus comienzos. Incluso el mayor éxito literario de todos los tiempos, Harry Potter, comenzó con su autora siendo rechazada en doce prestigiosas editoriales inglesas.

Su Majestad no había tenido que lidiar este aspecto del mercado. Viéndole recientemente en un programa de televisión empecé a pensar que creía que la novela publicada bajo su nombre, en realidad, la había escrito él. Era capaz de mantener el rictus de inocencia de un octogenario alemán residente en Argentina. Ni que decir tiene, que afloraron sus lagunas cuando el entrevistador quiso ahondar en el germen de su relación con el editor de cuyo nombre no quiero acordarme, excepto cuando me envía el cheque.

Para el común de los mortales, el envío de una novela a una editorial requiere de una mezcla de paciencia, amor por la escritura, autocomplacencia y confianza ciega en los milagros de Lourdes.

Para el común de los mortales, el envío de una novela a una editorial requiere de una mezcla de paciencia, amor por la escritura, autocomplacencia y confianza ciega en los milagros de Lourdes. Lo normal es que jamás obtengas respuesta. Sin embrago, Su Majestad estaba narrando un relato improvisado basado en estereotipos cinematográficos. Según su propia y fantasiosa versión, envió un boceto del texto, le respondieron en una semana y le ofrecieron un jugoso adelanto a cambio de exclusividad. No pude evitar sonreír. Para mí era una batalla ganada. Desde ese instante, todo el mundillo editorial, sabría que él no era el autor de la novela que tantos éxitos le estaba reportando. A esto sumaré que, por lo que fui comprobando con el tiempo, el mercado musical tampoco le consideraba capaz de construir frases subordinadas. En definitiva, quedaba claro que había alguien detrás, tenía que existir un escritor fantasma. Me fui a la cama con media sonrisa malévola y cierta satisfacción culpable. De la ensoñación me sacó el delincuente literario común que yo tenía agendado como «editor». Él también había visto la entrevista y volvía a requerir mis servicios.

—Tienes que enseñarle los entresijos de todo esto —me dijo sin llegar a saludarme y dando por hecho que yo también había asistido al esperpento—, tenéis que crear juntos un relato convincente.

Hete aquí un dilema: ¿enseñaba a Su Majestad a ocultar sus miserias y mantenía mi renovado poder adquisitivo?, ¿o le dejaba estrellarse hasta hacer público el secreto peor llevado de mi existencia? Apenas logré dormir aquella noche. A la mañana siguiente mojé mis dudas en café, mientras alternaba entre los programas de televisión que acostumbran a mezclar la investigación criminal con la indumentaria de Letizia. En uno de ellos obtuve la respuesta. Las estrellas siempre caen de pie, se sacuden el polvo y continúan caminando. Y entre Su Majestad y yo solo había una estrella.

—No se envía un boceto —dije yo—, hay que enviar el texto completo y muy bien corregido y finalizado.

Había dejado de ser puntual en nuestro par de citas semanales. Llegar a las once de la mañana al loft del rockero era una doble pérdida de tiempo. A la reunión propiamente dicha en la que él debía aportar algo —cosa que nunca ocurrió—, debía sumar la hora larga que solía necesitar para reparar en mi presencia y atenderme. Aquel piso era una especie de camarote de los hermanos Marx zombie, con algunos músicos perpetrando temas que sonaban bastante peor en sus manos que en sus cabezas, representantes y mánager esperando turno y hordas de groupies armadas con Predictors haciendo cola para entrar al baño. En aquel caos, el orden lo ponía la Schiffer, nombre ficticio con el que bauticé a la asistente de Su Majestad y que le sobrevino de la suma de su verdadero apellido —era alemana—, y mi benevolencia irónica ante su poco agraciado físico. Ella era la que llevaba su agenda, le vestía, se preocupaba por su alimentación e, imagino, le arropaba por las noches.

La Schiffer llamó su atención, le condujo, buscó dos sillas y le susurró al oído que era necesario repasar sus inicios literarios conmigo. Su Majestad se dejó hacer, como siempre que estaba en manos de aquella mujer, y pareció prestarme al fin toda su atención.

—No se envía un boceto —dije yo—, hay que enviar el texto completo y muy bien corregido y finalizado.

Creo que no supo de lo que le estaba hablando.

—¿Entonces no propones una idea y la editorial le da el OK? —intervino la Schiffer cuaderno en mano. El rockero la miró intrigado.

—No, no. Puedes hablar de una idea, pero lo máximo que recibirás será una palmadita en la espalda y un «llámame un día». Un editor es una amante ocasional, esquiva, extraña, inalcanzable y muy ocupada —repuse yo mirándola.

Ella asintió y me invitó a continuar.

«—Lo ideal es enviar una sinopsis. Pero larga, un par de folios o tres. Si con eso llamas la atención, el editor te pedirá el texto completo». Memorias de un escritor fantasma IV: Interludio. @JBarroso_Autor Clic para tuitear

—Lo ideal es enviar una sinopsis. Pero larga, un par de folios o tres. Si con eso llamas la atención, el editor te pedirá el texto completo. Entonces y solo entonces, se envía una novela. Lo contrario supone pasar a formar parte de las montañas de papel no solicitado que llegan cada día a las editoriales y que, probablemente, jamás sean leídas.

En ese momento algo llamó la atención de Su Majestad más que yo. Se levantó y se fue. La Schiffer y yo le vimos alejarse lentamente, ensimismado, ido. Las dos personas presentes con un recuento normal de neuronas le dejamos marchar y acabamos cruzando una mirada de desesperanza.

—Hablaré con él de todo esto —aseguró ella sonriéndome antes de marcharse también.

Me quedé unos minutos disfrutando de mi recién adquirido don de la invisibilidad, antes de salir discretamente del apartamento.

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