La primera revista para escritores

Cap. IX: Libreto

Memorias de un escritor fantasma

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Libreto

Una vez leí que llegaron a existir cuatro grupos llamados «Boney M», uno por cada miembro original del grupo. Cada uno de ellos —tras la desarticulación del formato original—, formó su propia banda y adoptó el mismo nombre ignorando al resto. En Minneápolis llegaron a actuar tres Boney M en la misma noche. Un exceso. Una sobreexposición que acabó con todos ellos sumidos en el olvido.

«Intenté hacer entender a la estrella del rock que, en literatura, el tamaño sí importa». Nueva entrega de las «Memorias de un fantasma», por @JBarroso_Autor Clic para tuitear

En una novela puede ocurrir algo semejante, y no hablo de las secuelas comerciales; me refiero a las longitudes desmesuradas de los textos. Su Majestad tenía la impresión de que un libro es mejor cuando mayor grosor presenta entre sus tapas. Yo repasé mentalmente las novelas cortas de García Márquez que me obligaron a leer en el colegio y que tanto adoré cuando llegué a la universidad, pero lo consideré inútil. Bajo la estricta mirada de la Schiffer y sabiéndome observado por Licóride, intenté hacer entender a la estrella del rock que, en literatura, el tamaño sí importa.

—Hay un estándar, un formato preestablecido y una longitud recomendada. Y muy pocas razones para saltarse ese patrón.

—¿Cuál es? —intervino la asistente, bloc en mano.

—Unas 125 000 palabras —dije yo mirándola a ella.

—¡¡¿Hay que contar las palabras?!! —espetó Su Majestad más sorprendido que indignado.

—Hoy cualquier editor de textos hace un recuento automático —expuse con mi tono más paciente—, no hay que contarlas. Hay que ir siendo consciente de la extensión que llevamos escrita.

—¿Y si tengo más ideas? —preguntó el hombre con resto de kohl en los ojos.

«¿Tú? ¿Ideas? Será para colorear un libro de primaria».

Permití que mis pensamientos dejasen transcurrir unos instantes incómodos.

Se trata de no alargar innecesariamente una trama que puede no dar más de sí.

—No es una cuestión de automutilarte. Todo lo contrario. Se trata de no alargar innecesariamente una trama que puede no dar más de sí. Estoy… estás… estamos escribiendo sobre un asesino en serie. No podemos matar a veinte personas, ni detenernos media docena de veces en los detalles escabrosos de la exanguinación o el método utilizado para el asesinato.

—¿Por qué 125 000 exactamente? —quiso saber la Schiffer adelantándose al siguiente rebuzno de su protegido.

—No es una obligación o un impedimento para publicar, es más bien una norma no escrita.

—¿Qué pasa con El señor de los anillos, por ejemplo? —intervino Licóride interesada.

Me volví hacia ella reparando por primera vez aquella mañana en la ausencia de Karolina en el bus.

—Que la historia da de sobra para el medio millón de palabras utilizadas —dije abandonando completamente el tono áspero usado con Su Majestad—. Insisto en que no es una obligación, pero es más fácil publicar El código Da Vinci que Harry Potter. Entre otras cosas, es una cuestión de costes. A menos páginas, menor coste editorial.

Licóride se limitó a sonreír como respuesta.

—Pero yo quiero un libro gordo —se quejó Su Majestad con tono infantil.

—Pero yo quiero un libro gordo —se quejó Su Majestad con tono infantil.

«Pues prueba a escribirlo tú».

—Teniendo en cuenta que tenemos ya un acuerdo de publicación, ¿no podemos saltarnos la norma no escrita? —preguntó con frialdad calculada la directora de la guardería.

—¿Para qué estoy yo en este bus? —inquirí a modo de respuesta justo en el momento en el que algunos baches nos recordaban el medio de transporte.

—Para conocer el ambiente de mi banda —interpuso Su Majestad algo molesto.

Yo dejé a su asistente pensar y a Licóride sonreír. La primera de ellas dio su brazo a torcer sin reconocer la derrota.

—125 000 palabras entonces —repuso mirando a la estrella. Él acató con la habitual sumisión que mostraba cuando la Schiffer tomaba una decisión.

—¡Pero quiero sangre! —aportó el rockero siempre necesitado de decir la última palabra.

«Yo sí que quiero sangre». Pensé mirándole fijamente a los ojos.

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Imagen de Mediamodifier en Pixabay

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