La primera revista para escritores

Cap. VII: Cabaret (parte II)

Memorias de un escritor fantasma

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Cabaret (parte II)

En una ocasión los Sex Pistols fueron puntuales a la hora de comenzar uno de sus conciertos. Casi no habían comenzado a tocar, cuando el público empezó a abuchearles. Necesitaron un buen rato para calmar los ánimos y continuar el espectáculo con normalidad. A la salida, algunos medios preguntaron a los asistentes los motivos de aquel abucheo. La respuesta fue: «Ser puntual no es punk. No es lo que se espera de ellos».

A la hora de diseñar los personajes de una novela hay que hacerse una pregunta. ¿Están los personajes al servicio de la novela, o se construye la historia en torno al personaje? En ambos casos hay que cuidar lo que ofrecemos y lo que se espera de ellos. Podemos acabar traicionando al protagonista o a nuestro alter ego narrador.

Él quería una especie de asesino en serie justo y aplicado. Le expliqué que ese concepto estaba ya explotado por alguna serie de televisión de ciencia ficción forense. @JBarroso_Autor Clic para tuitear

Era más sencillo explicar la teoría de cuerdas a un chimpancé que hacer comprender esto a Su Majestad. Él quería una especie de asesino en serie justo y aplicado. Le expliqué que ese concepto estaba ya explotado por alguna serie de televisión de ciencia ficción forense y que para adaptar algo así, habría que convertir a las víctimas en groupies psicópatas…, lo habéis adivinado: demasiado técnico. La Schiffer se encargó de explicárselo como si fuese un niño de seis años.

Dotar de realismo a un personaje le acerca al lector. Es parte de la ambientación. Para eso estaba yo soportando horas de carretera y despertando cada mañana sin saber dónde estaba. Crear al personaje principal a partir de Su Majestad no me estaba siendo complicado. Era una especie de novela histórica que estaba viviendo en primera persona. Tan solo necesitaba mirar al tipo cuya faz decoraba el autobús, restarle humanidad y sumarle malicia y el sentido común del que carecía la estrella del rock de carne y hueso. Era un buen modelo en el que basarse, aunque debo reconocer que mi instinto asesino estaba bastante más desarrollado que el suyo.

De alguna forma dramaticé la realidad y recuperé de la ficción muchos pasajes. A la postre, esto es ambientar. Hacer que realidad y ficción se entremezclen hasta ser indistinguibles.

La que quedaría retratada como pareja en la ficción de mi protagonista, accedió al bus tras la tercera fecha de la gira. En la novela debía ser su novia. Una chica algo ausente y alocada, continuamente deslumbrada por su amante y que vivía en un permanente estado de peligro al estar junto a él. En la vida real, «Karolina» —como la llamaré para proteger su identidad— era una groupie alta, de melena rubia y lacia peinada con raya enmedio, ojos castaños y, como comprobaría más adelante, las tetas mejor operadas de este lado del Ebro. Supe que era ella desde la primera vez la vi. Su imagen frágil, aunque segura, me conquistó desde el primer instante. La aceptación de que era la reina de aquel bus, pero que sería completamente anónima e ignorada al descender de él, me cautivó. Y cuando digo «reina del bus» debéis creedme. Ella aceptaba ser la amante ocasional. Apartarse para las fotos y estar siempre disponible. En muchas ocasiones, Su Majestad disfrutaba de la compañía de otras admiradoras y Karolina se quedaba sin sitio en el hotel de la banda. Tenía que dormir en el bus y asearse como podía en algún bar de carretera. A pesar de todo, a la mañana siguiente le esperaba con la sonrisa de siempre como si no hubiese pasado nada. La psicología intrínseca de aquel comportamiento me dejó atrapado durante días entre el mundo real y la ficción. Ahora, pasado el tiempo desde aquella experiencia, mi mente ha mezclado lo que verdaderamente ocurrió y aquello que salió de mí imaginación. De alguna forma dramaticé la realidad y recuperé de la ficción muchos pasajes. A la postre, esto es ambientar. Hacer que realidad y ficción se entremezclen hasta ser indistinguibles.

Karolina y yo éramos los dos outsiders de aquel grupo. Los únicos que no sabíamos tocar ningún instrumento musical, los dos miembros del séquito atados a Su Majestad de manera involuntaria. Ella por un amor irracional y yo por contrato.

No es extraño que nos encontrásemos en muchos momentos y acabásemos congeniando. Karolina y yo éramos los dos outsiders de aquel grupo. Los únicos que no sabíamos tocar ningún instrumento musical, los dos miembros del séquito atados a Su Majestad de manera involuntaria. Ella por un amor irracional y yo por contrato. Sus noches de exilio y mi insomnio culpable, nos hicieron compartir frecuentes paseos por ciudades que ya no sé enumerar, sobre todo porque estaba más atento a las gotitas de agua salada que partían de su lagrimal.

—A veces pienso en la cantidad de hombres que hay en el mundo —dijo una vez al borde de la insurrección.

—Hay más hombres en el mundo que rocas en el mar. Lo que ocurre es que, en ocasiones, nos hacemos adictos a encallar —contesté yo sin atreverme a mirarla.

Al margen de La Schiffer, Karolina era la persona que mejor cuidaba y más se preocupaba por el bienestar de Su Majestad. Esto incluye a su pareja oficial, y supongo que formal, que no iba a tardar demasiado en sumarse a la gira y a empezar a complicar enormemente las cosas.

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