La primera revista para escritores

Cap. VIII: Cabaret (parte III)

Memorias de un escritor fantasma

Foto: Keagan Henman (Unsplash)
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Cabaret (parte III)

Gabriel García Márquez dijo una vez: «La vida no es como uno la vivió, sino cómo la recuerda para contarla».

No voy a contarlo al pie de la letra. Ni siquiera haré el esfuerzo de rememorar los detalles. Lo contaré, sencillamente, como yo lo recuerdo.

Su Majestad tenía pareja. Era una joven actriz cuya carrera acababa de explotar. Con el físico de Mónica Bellucci, el desparpajo de Julia Roberts y el talento de Meryl Streep, no necesitó a un representante demasiado avezado para convertirse en estrella nacional. Mientras escribo estas líneas, me consta que prueba suerte en California.

Detectar un foco de curiosidad así, tener acceso a él y no explotarlo, podía crear una expectativa incumplida peligrosa para un texto. @JBarroso_Autor Clic para tuitear

Nos encontrábamos en mitad de aquella gira de infausto recuerdo. Era la cuarta o quizás la quinta fecha. Estábamos en una ciudad al borde del Mediterráneo y ella estaba rodando cerca, por lo que se unió por un par de noches al séquito. Yo estaba intentando empaparme del ambiente de back stage, donde se desarrollaría parte de la novela. Además de ser una especie de sancta sanctorum, las dependencias privadas en las que los artistas habitan antes de sus espectáculos despiertan el interés del público en general. Había que aprovechar la circunstancia de poder estar dentro. Detectar un foco de curiosidad así, tener acceso a él y no explotarlo, podía crear una expectativa incumplida peligrosa para un texto. Pronto descubrí que en realidad hay dos back stages; el previo al concierto, con una liturgia silenciosa, maniática, nerviosa y acelerada. Y el posconcierto, donde todo es desenfreno, locura, abrazos, compromisos publicitarios, desconocidos y alguna que otra sustancia con mala reputación. Licóride, como la llamaré para proteger su identidad, hizo su entrada en este segundo acto. Su llegada estaba anunciada, por lo que Karolina y otras groupies habían sido convenientemente apartadas. Incluso Su Majestad estaba ofreciendo su imagen más centrada. Lo primero que llamó mi atención, fue que Licóride traía su propio séquito. No tuve que esforzarme para identificar a su propia Schiffer, y aún menos para detectar que ambos cortejos no se llevaban bien. Me pareció maravillosamente novelesco. Nunca hubiese ideado algo así de no estar documentándome in situ. Eran dos grupos de personas que solo tenían en común a sus respectivos líderes y que se veían obligados a entenderse durante unas horas.

Yo continuaba ostentando el título de biógrafo, lo que me molestaba en la mayoría de las ocasiones. Hasta que descubrí que Licóride era una apasionada de la lectura y que se interesó desde el primer momento por mí tan solo por el hecho de ser escritor.

Su Majestad hizo las presentaciones. Yo continuaba ostentando el título de biógrafo, lo que me molestaba en la mayoría de las ocasiones. Hasta que descubrí que Licóride era una apasionada de la lectura y que se interesó desde el primer momento por mí tan solo por el hecho de ser escritor. No solo iluminó con su sonrisa mis divagaciones, es que dejó ir a su descerebrado novio y se quedó charlando conmigo.

—¿Qué has escrito que yo pueda haber leído? —quiso saber fijando sus ojos negros en mis pupilas.

—¿Lees novela histórica? —pregunté a modo de respuesta. Sin esperar su contestación, repasé mi par de éxitos y mi larga lista de fracasos.

Lo siguiente no sé muy bien cómo ocurrió, de dónde partió o cuál era su fin. De repente, Su Majestad comenzó a aullar. Parte de los músicos le imitaron y acabaron abrazados en torno a una mesa baja atestada de botellines, móviles, copas a medio consumir y algún cd. Los gritos llamaron la atención de toda la estancia, incluida Licóride, que apartó momentáneamente su atención de mí, para llevar su mirada a la manada de lobos. Apenas habíamos cruzado unas cuantas frases, no había confianza, amistad ni confidencias, pero lo dijo. Os juro que lo dijo:

—No sé qué vi en él. Si no fuese por su forma de escribir…

—¿Qué? —pregunté yo de forma seca y cortante—. De escribir sus canciones, ¿quieres decir?

Ella se lo pensó unos instantes. Debió decidir si yo era de confianza, valorar el séquito con el que había llegado hasta allí y a quién debía fidelidad en aquel ambiente sobrecargado y opresivo, pero por alguna razón confió en mí. No solo lo repitió, es que amplió sus argumentos.

… A veces pienso que lo escribió él —dejó caer al tiempo que permitía que tanto sus labios como su mirada dibujasen una sonrisa triste.

—No. Sus canciones son…, bueno, canciones. Me fijé en él después de leer su novela. Me quedé prendada de su forma de escribir. Después coincidimos en unos premios y desde entonces busco en Su Majestad lo que atisbé en el libro. A veces pienso que lo escribió él —dejó caer al tiempo que permitía que tanto sus labios como su mirada dibujasen una sonrisa triste.

Yo asentí aterrorizado, malhumorado, al borde del síncope y frustrado.

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