La primera revista para escritores

Cap. XII: Prima Donna

Memorias de un escritor fantasma

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Memorias de un escritor fantasma, capítulo XII

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Prima Donna

 

Michael Jackson siempre quiso interpretar a Spiderman en el cine. Su pretensión acabó convertida en obsesión hasta el punto de que llegó a hacer una oferta por la editorial del superhéroe, para hacerse con el control de los derechos y eliminar las trabas a su sueño. Como sabemos, jamás consiguió hacer realidad esta fantasía. Lo que desconocemos es cómo gestionó las repetidas negativas.

Su Majestad no estaba acostumbrado a que le negasen sus caprichos, le llevasen la contraria y, sobre todo, a que otros niños tocasen sus juguetes. Yo ya había presenciado algún ataque furibundo, pataletas desquiciantes y varias peleas infantiles más o menos reconducidas por la Schiffer. En todos los casos, los motivos habían sido pueriles. La reacción, si llegaba a enterarse de lo ocurrido entre Karolina y yo, podía acercarse a la devastación que deja a su paso un huracán. Decidí que lo más prudente era abandonar la gira y me preocupé de que ella oyese la conversación que iba a mantener con la estrella del rock.

―Tengo que ordenar ideas. Acabar el guion y sentarme con mi corrector ―mentí mientras le hablaba a él, pero miraba a la Schiffer.

―¡No, no, no! ―intervino Su Majestad―, tienes que seguir con la historia durante la gira.

Le observé sin poder disimular el desprecio en mi mirada esperando el veredicto de la mujer que iba a tomar la decisión.

―¿Es necesario corregir ahora? ―dijo la eterna interesada en conocer la parte práctica de mi teórico mundo.

―Siempre hay que corregir, reescribir, releer y volver a corregir. Veinte veces, mejor que diez. ―Usé un tono cercano al cariño paternalista.

―¿Ahora? ―insistió ella.

Lo cierto es que mi coartada estaba lejos de ser creíble. Sopesé la respuesta ante el peligro inminente de activar las alarmas.

 

Su Majestad no estaba acostumbrado a que le negasen sus caprichos, le llevasen la contraria y, sobre todo, a que otros niños tocasen sus juguetes. @JBarroso_Autor Clic para tuitear

 

―Ahora es tan buen momento como otro cualquiera. Y necesito pasar por Madrid, dormir en mi cama…, ya sabes.

Su Majestad estalló en una estentórea risotada.

―Antes, cuando íbamos en la «furgo», nosotros… ―Reconozco que solo presté atención al comienzo de su frase. No me importaba aquella historia y consideraba una cuestión de vida o muerte salir de aquel autobús. La Schiffer se tomó unos instantes para dar su veredicto.

―No es de la banda ―dijo mirando a su enfant terrible―, es normal que necesite un descanso.

La estrella transigió a regañadientes; no me pareció una muestra de interés o cariño. Sencillamente se le estaba llevando la contraria y eso no solía ocurrirle. Necesitamos repasar las fechas de la gira, las próximas ciudades, los periodos de descanso y buscar el momento en el que reengancharme al tour, pero antes de una hora la caravana estaba deteniéndose en una polvorienta área de servicio en algún lugar del desierto de Monegros. La suerte quiso que contase con un hotel, además de la irrenunciable gasolinera, que provocó una pequeña estampida en el bus con dirección a la tienda. Yo me bajé intentando contener la emoción y sin prestar mucha atención al resto de la banda. Los que habían oído la conversación me saludaron con gestos que fueron desde el leve movimiento de cabeza hasta el saludo marcial, el resto me ignoró por completo. Recogí mis enseres del estómago del bus más o menos al mismo tiempo que ellos regresaban cargados de chocolatinas, patatas fritas, sándwiches y el conjunto de «a tomar por culo la dieta mediterránea» que supone alimentarse en los estands de una gasolinera.

 

Pensé en los sueños que a veces se cumplen y en aquellos que ni siquiera nos proponemos.

 

Por un instante temí que no se fuesen jamás, pero el siseo de las puertas cerrándose se vio sucedido por el rugido del motor. Un claxon se hizo oír a modo de despedida y la furgoneta que abría la marcha derrapó levantando una caprichosa polvareda de movimiento ciclónico, que me obligó a protegerme los ojos. Al abrirlos, el polvo en suspensión me permitió entrever una figura. A medida que el aire perdía el color terroso, ella dejó de estar difuminada poco a poco. Cuando mi visión recuperó la normalidad, Karolina me estaba sonriendo a pocos metros de mí. Era esa sonrisa amarga que la acompañaba tantas veces; sin embargo, sus ojos irradiaban felicidad. A mí se me encogió el estómago de repente.

―Ya está bien de encallar ―dijo casi gritando y rememorando una vieja conversación que pensaba que tan solo yo había esculpido en la memoria.

Miré a mi alrededor con temor a estar siendo visto por alguien. Cuando estuve seguro de que no era así, me acerqué a ella y la cogí de la mano. No me mantuvo la mirada, fingió necesitar colocarse la mochila que portaba a su espalda e inmediatamente después comenzó a jugar con la larga trenza que ordenaba su melena. Pero no huyó. Al contrario, se refugió contra mi pecho evitando que nuestras pupilas se cruzasen.

―Hay que buscar la forma de salir de aquí, no tardará en echarte en falta ―dije en un susurro.

Sentí que frotaba su cabeza justo por debajo de mi hombro a modo de sorda afirmación.

Pensé en los sueños que a veces se cumplen y en aquellos que ni siquiera nos proponemos y me dispuse a llamar al taxi más caro de mi vida.

 

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