La primera revista para escritores

Cap. XIII: Hara-kiri

Memorias de un escritor fantasma

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Memorias de un escritor fantasma. Capítulo XIII

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Hara-kiri

 

A finales del siglo XIX, científicos alemanes comenzaron a investigar para sintetizar una droga con la que elevar exponencialmente el valor de sus soldados. Pretendían que los hombres no cuestionasen las órdenes, que aumentasen su valentía hasta rozar la temeridad, que fuesen capaces de ignorar el riesgo hasta los límites de la insensatez, que fuesen héroes. De ahí el nombre que dieron a la sustancia incluso antes de comenzar los trabajos de laboratorio: heroína.

No hace falta decir que los resultados distaron mucho de ser los esperados. Es el problema de bautizar un proyecto antes de culminarlo.

Karolina necesitó unos ciento ochenta kilómetros de silenciosa autovía para fijar sus pupilas en las mías. Yo estaba respetando su silencio, seguro de que su traición le traería peores consecuencias que la mía, mientras sufría con cada metro recorrido de camino a Madrid y con ello hacia mi pareja. Éramos dos extraños a punto de enfrentarnos a un huracán, pero con ganas de afrontarlo. Toda nuestra vida iba a saltar por los aires. Pero era «nuestro» huracán y eso lo hacía deseable.

Hay dos tipos de títulos para un libro; los que revelan algo del contenido, y los que pretenden alimentar una incógnita. El segundo está reservado para aquellos cuyo nombre ocupa más espacio que el título en la portada. @JBarroso_Autor Clic para tuitear

 

Intenté apartar los pensamientos catastrofistas de mi cabeza y regresé al aún no decidido título de la novela. A pesar de todo, la literatura y la creación de escenas y personajes seguían siendo mi mejor refugio mental. Hay dos tipos de títulos para un libro; los que revelan algo del contenido, y los que pretenden alimentar una incógnita. Y no todos los escritores podemos permitirnos ambos. El segundo tipo está reservado para aquellos cuyo nombre ocupa más espacio que el título en la portada. Los que están empezando, tienen la obligación de mostrar algún retazo si quieren llamar la atención. Es evidente que su Majestad, a pesar de no haber escrito una palabra, jugaba en primera división, por lo que el título era lo de menos. Podía publicar su particular «álbum blanco» literario y se vendería igualmente.

Mi furtiva acompañante se acurrucó contra mi hombro ignorando las restricciones del cinturón de seguridad, justo en el instante en el que el sonido de un teléfono brotó de la americana que había colgado del asiento delantero del taxi. La pantalla reveló uno de los tres nombres a los que más temía en aquel instante; era el despreciable ser que firmaba los cheques de mi sustento.

―¿Qué es eso de que has abandonado la gira? ―preguntó directamente y dando sobradas muestras de que la omisión del saludo estaba directamente relacionada con su enfado.

 

―Barry, les diré que en una semana estarás de nuevo en el bus ―aseguró con el desdén con el que Stromboli manejaba a Pinocho.

 

Os ahorro mis titubeos e inseguridades de esta parte de la conversación. Lo importante volvió a decirlo él.

―Pero vas a volver… ―No, no era una pregunta.

―Claro, solo tengo que pasar por casa, coger ropa, ordenar ideas, ver a mi… ―Me contuve antes de decir «novia» en voz alta. ―Necesito pasar por Madrid―, reconduje a tiempo sin que Karolina se inmutase pegada a mi camisa.

―Bien, la Schiffer no está nada contenta con todo esto, así que imagino que su Majestad tampoco; no tardes ―ordenó el editor que despertaba mi instinto asesino.

―No, no… ―volví a balbucear―, unos días. Imagino que no soné nada convincente.

―Barry, les diré que en una semana estarás de nuevo en el bus ―aseguró con el desdén con el que Stromboli manejaba a Pinocho. Eso sin contar con que me había llamado «Barry», el odioso apelativo con el que se dirigía a mí la estrella del rock.

Yo no contesté. Él asumió que obedecería.

―Pasa por mi oficina y me cuentas cómo va todo―dijo sin darme tiempo a reaccionar.

―Sí, te llamo cuando esté en Madrid y…

―Oye, ¿sabes algo de una groupie que ha desaparecido? ―me interrumpió provocando que mi corazón batiese varios récords de velocidad.

 

―… se ha montado un buen revuelo con lo de la chica ―informaba mi editor a medio camino entre la comedia y el drama―, parece que su Majestad la considera su musa.

 

El silencio creció de tal forma dentro del taxi que incluso Karolina abandonó su posición para mirarme a los ojos a pesar de no haber oído la pregunta.

―¿Una groupie? ―pregunté combinando la torpeza de mis palabras con la profundidad tranquilizadora de la mirada que cruzaba con la protagonista del misterio. ―No… sabría decirte.

Ella sonrió traviesa y ahogó una suave carcajada en mi pecho.

Yo me deje llevar por su actitud y puse el aparato en modo manos libres para que ella pudiese oír el resto de la conversación.

―… se ha montado un buen revuelo con lo de la chica ―informaba mi editor a medio camino entre la comedia y el drama―, parece que su Majestad la considera su musa.

Pues la musa me estaba mordiendo los labios mientras negaba con la cabeza. Yo colgué el teléfono confiando en poder justificarme en la falta de cobertura y me concentré en ella. Karolina, liberada de ataduras físicas y espirituales, se colocó a horcajadas sobre mí.

―¡Oiga, vuelva a ponerse el cinturón! ―intervino el taxista.

Ambos le ignoramos, junto con el resto del universo, en mitad de un largo beso.

 

Foto: Tobias Freeman (Unsplash)

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