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Clave de sol

Memorias de un escritor fantasma III

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Memorias de un escritor fantasma

Llevo quince años escribiendo novelas y creo que el doble de tiempo obsesionado con la primera frase de Cien años de soledad:

«Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo».

No se puede decir más con menos.

Apenas veinticinco palabras con las que se sitúa al lector en dos circunstancias temporales distintas, se eleva la tensión de la trama ante una posible muerte, se adivina la psique de un personaje y se da una muestra empírica —por aquello de no conocer el hielo—, de cierto aislamiento geográfico.

Aquella mañana estaba dispuesto a hacer ver a «Su Majestad» la importancia de las cincuenta primeras palabras de una novela. El inexistente manuscrito ya estaba vendido y no íbamos a necesitar convencer a nadie para publicarlo. Pero aún nos quedaba convencer al lector. En un mercado sobrecargado, con exceso de oferta y demasiadas facilidades con las que obtener libros sin pagar por ellos, las palabras que abren un texto se han convertido en esenciales. A mí tampoco me gusta, pero como diría un ex ministro de infausto recuerdo: —es el mercado, amigo—.

En un mercado sobrecargado, con exceso de oferta y demasiadas facilidades con las que obtener libros sin pagar por ellos, las palabras que abren un texto se han convertido en esenciales.

«Su Majestad» me abrió la puerta con los ojos inyectados en sangre, en calzoncillos y con una bata de seda estampada en piel de leopardo con los bordes de color rosa. Vestido abultaba poco, pero tras aquella muestra de delgadez, no conseguí quitarme de la cabeza la imagen de un insecto-palo en tres días.

Como recibimiento me lanzó a la cara una especie de creación mística en ciernes:

—Es brutal. ¡Será la canción de mi vida! Barry, dime algo que rime con metralleta.

—Músico de pandereta que se quedó majareta de tanto tomar anfetas —dije yo con poco convencimiento.

Vale. No lo dije. Tan solo lo pensé. Debería acotarlo entre comillas, no con guiones largos. Creo que me limité a sonreír y a acceder a su domicilio en silencio.

Yo había logrado desarrollar una idea para nuestra novela unas semanas antes. Le propuse escribir una historia sobre un asesino en serie que es músico y que va cometiendo los crímenes en las ciudades donde ofrece sus conciertos. A «Su Majestad» la idea le entusiasmó tanto que tomé inmediatamente la decisión de que no volvería a quedarme a solas con él a partir de ese momento. Lo lamento sinceramente por las groupies y prometo romper mis acuerdos de confidencialidad en caso de que…, bueno, ya sabéis.

«Había que dar con un comienzo impactante. Algo que enganchase al lector y le obligase a quedarse. Era necesario dar con aquellas cincuenta palabras mágicas que dan forma al comienzo de toda adicción literaria». @JBarroso_Autor Clic para tuitear

Había que dar con un comienzo impactante. Algo que enganchase al lector y le obligase a quedarse. Era necesario dar con aquellas cincuenta palabras mágicas que dan forma al comienzo de toda adicción literaria. No es que pensase que «Su Majestad» iba a hacer algo así, pero podía tener anécdotas curiosas, alguna historia que, debidamente adaptada, pudiese ser lo suficientemente divertida, adictiva y desconcertante, como para hacer caer al lector en la tela de araña que supondría el resto de la novela. De todo lo que acabo de relataros, y que también le narré a él, creo que solo captó el concepto «adicción». O esa fue mi conclusión tras oír su primera media docena de anécdotas salpicadas de drogas, camellos, excesos y vicisitudes de back stage, que no puedo reproducir aquí porque me temo que aún no han prescrito.

Con «Su Majestad», los ensayos de prueba y error podían alargarse bastante. Sobre todo los errores. Supongo que no hace falta que os diga que él quería comenzar la novela con descripción del clima: «La niebla se entremezclaba con una suave lluvia en Madrid».

El ejemplo perfecto de lo que jamás hay que hacer. Aunque tengo que reconocer que, de mis instintos asesinos al recibir aquella propuesta, sacamos algo en claro. El texto comenzaría con un asesinato del protagonista, enmarcado en una pieza musical sobradamente conocida por el público. Era la forma perfecta de meter al lector en situación aprovechando la melodía que haríamos sonar en su cabeza, y de impactarle con la brutalidad emanada del asesinato.

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