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COVID-19: La venganza de Fu Manchú

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COVID-19: La venganza de Fu Manchú

 

El escritor pulp Sax Rohmer estaría dando botes al comprobar que, en 2020, sus ficciones se han encarnado en una pandemia: el Terror amarillo ha plagado Occidente con un virus mortal. En 1913, el folletinista inglés creó a Fu Manchú, compendio de un fenómeno ideológico que los anglosajones bautizaron como The Yellow Peril. Igual que otros autores de novelas populares de su época, Rohmer no disimulaba su vena racista.

Fu Manchú
Portada de la primera novela de Fu Manchú

En 1912, H. P. Lovecraft escribió lo que sigue sobre la creación del ser humano a manos de Júpiter: «Los anfitriones del Olimpo ingeniaron un astuto plan. Una bestia forjarían, una figura semihumana, colmada de vicios y negro fue llamada». El creador de Conan y del sombrío puritano Solomon Kane, Robert E. Howard, que se carteaba con Lovecraft, describía así a un reyezuelo africano en su relato Sombras rojas: «… enorme, desgarbado, una mole gigantesca y desagradable de carne y músculos oscuros. Unos ojos pequeños y porcinos parpadeaban sobre mejillas marcadas por el vicio, y sus labios rojos, inmensos y flácidos, se fruncían de arrogancia mundana». El continente africano de Howard, según las peripecias de Kane, era una enorme ciénaga colmada de miasmas y demonios pespunteada con aldeas donde acechaban bestias negroides y, por ello, desalmadas.

Apología de La carga del hombre blanco. Nueva York, 1899

 

Charles Dickens, aunque se pregonaba abolicionista, apoyó a los confederados en la Guerra de Secesión y calificó de «absurdo» el voto negro.

 

El racismo no era una exclusiva de los escritores de novelas baratas en rústica que hacían las delicias de las masas del aún tierno siglo XX. Verbigracia, es proverbial el antisemitismo del ilustrado Voltaire: «Estudiando a los judíos os convenceréis de que solo pudieron constituir un pueblo ignorante y bárbaro, dotado de la más sórdida avaricia, de la más detestable superstición y del más invencible odio hacia los otros pueblos, que los toleraban y enriquecían»; es una sentencia de su Diccionario filosófico. Otro ilustrado, el español Leandro Fernández de Moratín, no se queda atrás en la repugnancia por el pueblo de Israel: «las usuras escandalosas, su avaricia, su asquerosidad, su abatimiento indigno, y los demás vicios que por necesidad acompañan a este género de vida, les hacen odiosos, aquí como en todas partes, y disculpan el horror con que el vulgo de otras naciones oye su nombre». Charles Dickens, aunque se pregonaba abolicionista, apoyó a los confederados en la Guerra de Secesión y calificó de «absurdo» el voto negro. Y así reaccionó a la insurrección de los cipayos en 1857: «Ojalá fuese el comandante en jefe en la India. Haría todo lo posible por exterminar a esa raza». El anglo-hindú Rudyard Kipling, Premio Nobel de Literatura de 1907, es el autor de un poema que loa la victoria estadounidense en Filipinas. Se titula La carga del hombre blanco y fue usado como estandarte del dominio caucásico sobre las demás razas: «Naciones tumultuosas y salvajes / vuestros recién conquistados y descontentos pueblos, / mitad demonios y mitad niños». Con tan dispares ejemplos, el racismo bien podría hacer suyas las palabras de don Juan Tenorio: «Yo a las cabañas bajé, yo a los palacios subí…».

 

Antecedentes y pioneros

El tropo Terror amarillo fue una expresión política y cultural del imperialismo occidental decimonónico. Cuando Sax Rohmer creó a su personaje, hacía trece años del levantamiento bóxer, sofocado en 1901; tampoco eran tranquilizadores los triunfos japoneses sobre China y Rusia. Aunque los lívidos villanos orientales fueron en su mayoría chinos, el rival temible era Japón, una cultura milenaria que concilió una tradición muy arraigada con una fe fanática en el progreso.

El arcángel Miguel muestra a toda Europa el peligro que llega de Oriente.

 

En 1898 aparece la primera novela sobre la amenaza oriental. Se titula, justamente, El peligro amarillo, y la firma Matthew Phipps Shiel.

 

En 1895, el káiser Guillermo II alertó sobre el Gelbe Gefahr («Peligro Amarillo») y solicitó el apoyo del arcángel Miguel, legado de las legiones de ángeles, para frenar el avance de un jinete apocalíptico: Buda sobre un dragón. Dos años después, Alemania intervenía colonialmente en China tras el asesinato de dos misioneros.

En 1898 aparece la primera novela sobre la amenaza oriental. Se titula, justamente, El peligro amarillo, y la firma Matthew Phipps Shiel. El pionero de este género tachado de racista era, sin embargo, mestizo, es decir, fruto de la unión de una mulata caribeña y un irlandés. Su archivillano es el doctor Yen How, que desea dominar el mundo por despecho: una caucásica le dio calabazas. El héroe que lo combate es John Hardy, quien se vale de un recurso extremo para derrotarlo: usa a la joven deseada por How para contaminar con un virus a la nueva Horda de Oro. Al final, Hardy muere atormentado por la masacre desatada, pero la Pax Britannica se extiende por Eurasia.

Jack London usa el mismo recurso en La invasión sin precedentes, publicada en 1910. Corre el año de 1976 y China se ha convertido en una potencia mundial que ha infestado Occidente con masas de emigrantes quintacolumnistas, un miedo vivo en Estados Unidos desde la fiebre del oro de 1848. ¿Y cómo reacciona Occidente? Pues con otra infestación: bloquea China por tierra y mar y la bombardea por aire con reservorios que contienen todos los virus conocidos: viruela, escarlatina, cólera, tifus, peste bubónica… La hibridación espontánea entre ellos produce uno nuevo y tan potente que convierte el país en un gigantesco cementerio. En 1987, los aliados se comprometen a no usar nunca esa arma.

Fu Manchú
«Sigue las fascinantes y aventureras historias del misterioso doctor Fu Manchú»

Fu Manchú, epítome del Terror amarillo

Pero el villano oriental que mayor éxito ha tenido en la cultura popular de Occidente es, sin duda, Fu Manchú. Por lo que nosotros consideraríamos su apellido, entendemos que Fu estaba emparentado con la última dinastía imperial china, derrocada en 1912. Se convirtió en un villano después de que las potencias coloniales derrotaran a los bóxers ultranacionalistas. Su retrato es consonante con el que hace Howard de un cacique negro: «Imagina una figura clásica de mandarín chino; un hombre muy alto, delgado, de miembros recios, felino en sus movimientos, sagaz como Shakespeare y de semblante satánico. De su cráneo afeitado pende la coleta tradicional de los hijos del Imperio celeste. Sus ojos tienen el fulgor magnético de los ojos de una pantera». El bigote vino después: largo como rabo de lagartija, pendiente más allá del mentón. Por si fuera poco, Manchú es inmensamente rico y, con sus caudales, paga o financia cualquier innovación que le ayude a destruir a la raza blanca. Encima, racista.

Por ser oriental, tenía que ser taimado y manipulador. Manchú es un maestro en el arte de la hipnosis y ha elaborado una especie de burundanga para gobernar la voluntad de sus víctimas. Otro de sus atributos es la sapiencia y oficio en la elaboración y administración de venenos. El tósigo es un arma insidiosa y despreciable, propia de traidores y, según nos recuerdan las series policíacas, de asesinas.

 

Amarillo y en cáscara: Fu Manchú ha renacido en la pandemia del coronavirus, solapado y sin antídoto, sutil e insidioso. Taimado y traidor, como todos los venenos y como todos los espías. @JjPicos Clic para tuitear

 

El paraíso de los venenos y los espías en Occidente fue la Italia de la Edad Moderna: maquiavélica, cortesana, intrigante, solapada, refinada y entregada al pecado y la molicie, volcada en el arte y la sensualidad, menos romana que bizantina, es decir, asiática, como la corte imperial china y como los harenes orgiásticos que pinta la concubina Sherezade.

Desde un punto de vista mítico-histórico, Fu Manchú sería un trasunto del afeminado, traicionero y cobarde Paris; de Darío y Jerjes, tiranos ajenos a la noción griega de libertad; de los viciosos sultanes de los serrallos musulmanes, incapaces durante siglos de tomar Constantinopla y, luego, Viena… En fin, otro arquetipo del milenario combate entre el Occidente de las Luces y el Oriente de Lilith y Hécate, hechicero, artificioso, solapado y diabólico; de la Europa de las plazas y las avenidas frente al Asia de los bazares y las callejas laberínticas; de Grecia y la Roma eterna contra Troya, Persia, Arabia y la salvaje estepa mongola.

¿Y qué es el coronavirus para nuestra memoria atávica sino una especie de veneno insidioso oriental que acecha y apuñala como un sicario, como un enajenado assasin de Alamut?, ¿no lo fue también el SARS de 2002? ¿Y cuánto no se habla en estos días de las estafas chinas en dispositivos de prevención vírica? ¿O de la ocultación de fechas y víctimas de los tiranos que gobiernan el país y que aspiran a gobernar la economía mundial? Amarillo y en cáscara: Fu Manchú ha renacido en la pandemia del coronavirus, solapado y sin antídoto, sutil e insidioso. Taimado y traidor, como todos los venenos y como todos los espías.

 

Como fumanchúes, Boris Karloff y Christopher Lee lo hicieron de cine.

 

Fu Manchú en el cine y los tebeos

En 1923 se grabó la primera película muda sobre las aventuras del pálido y mostachudo supervillano, basada en la novela que abría la saga, El misterio de Fu Manchú. Nueve años después, el camaleónico, pero siempre sobre color negro, Boris Karloff, interpretó al mandarín del mal que, en esta ocasión, pretendía convertirse en la encarnación de Gengis Kan, otro peligro amarillo. La cinta, titulada La máscara de Fu Manchú, provocó una queja formal de la embajada china en Washington basada en el epílogo de una arenga del villano: «¡Matemos al hombre blanco y tomemos a sus mujeres!». El filme sufrió censura hasta finales del siglo XX, ya fuese por la acción del puritanismo reaccionario o por la presión de las ideologías identitarias. En una de las escenas cortadas aparecía una mujer disfrutando del éxtasis de desollar a latigazos a un prisionero; no es otra que la depravada hija de Fu, Fah Lo Suee.

 

El éxito del personaje en la literatura y el cine animó a otros artistas del entretenimiento a insistir en el lugar común del terror amarillo.

 

Cómo no, también Christopher Lee encarnó al malvado oriental; en dos películas de su saga particular lo dirigió el español Jesús, alias Jess, Franco. El éxito del personaje en la literatura y el cine animó a otros artistas del entretenimiento a insistir en el lugar común del terror amarillo. En 1931, el dibujante Leo O’Mealia presentó en viñetas a un ser con una cabeza desproporcionada y sin vello facial. No sé si el dibujante lo sabría, pero esa imagen hunde sus raíces en la historia de Europa. Así describe el obispo bizantino Jordanes (VI d. C.) a los hunos esteparios en su Getica (Origen y hechos de los godos): «Su tez tiene una horrible negrura; su rostro, más bien una masa informe, y sus ojos, agujeros. Envejecen sin barba tras una adolescencia sin belleza; bajo una figura de hombre, late la bestia cruel». Añadamos que la aristocracia huna practicaba el alargamiento artificial del cráneo, imagen recurrente en Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal, pues las tribus mesoamericanas también lo practicaron. Así que, más que Fu Manchú, el villano de O’Mealia es Atila.

El Fu Manchú de O’Mealia y un cráneo huno

 

 

Flash Gordon se enfrentó, con sus mallas y su tupé rubio, a Ming el Despiadado (1934).

 

A rebufo de Fu Manchú, aparecieron más orientales que pasaron a engrosar la lista de los más buscados del FBI del cómic. Flash Gordon se enfrentó, con sus mallas y su tupé rubio, a Ming el Despiadado (1934), quien tenía una hija que también se las traía, la princesa Aura; el mote de Ming nos recuerda otra característica del peligro amarillo, la crueldad gratuita: todos los malvados orientales son expertos torturadores. O el mongol Plan Chu, alias Garra amarilla (1956), un longevo hechicero, a veces bioquímico, que es muy hábil en la creación de ilusiones y espejismos y que pretende dominar los EE. UU. Y el doctor Tzin-Tzin (1966), un hipnotizador de origen americano, pero criado en China, que se convierte en enemigo de Batman; en esta línea, el mismísimo Ra’s al Ghul (1971), ecoterrorista inmortal y experto en virus a quien también combate el hombre murciélago.

Un ochentero Ming interpretado por Max von Sydow

A riesgo de que, por su extensión, este artículo se convierta en una tortura china, cortemos por lo sano con nuestra katana editora. Visto lo visto, y dado que también inventó un elixir que lo hacía casi inmortal, ¿quién nos dice que, de nuevo en la sombra, no es Fu Manchú quien aferra el timón del Gigante Amarillo?

 

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