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Ejercicios de estilo

Hablemos de estilo literario

Imagen: Felixedmundo - Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0
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Ejercicios de estilo

Hemos hablado de estilo literario en nueve entregas anteriores y en esta ocasión vamos a entrar a saco, Paco a ejercer de estilistas. O mejor dicho: a jugar, al estilo Queneau.

«Que don Quijote y, sobre todo, don Miguel de Cervantes nos perdonen porque ahora somos nosotros quienes vamos a entrar en desvaríos». @marianRGK Clic para tuitear

Cuatro siglos retrocedemos,  hasta una aldea en La Mancha donde sucedieron hechos extraordinarios. Que don Quijote y, sobre todo, don Miguel de Cervantes nos perdonen porque ahora somos nosotros quienes vamos a entrar en desvaríos. Y por supuesto, Raymond Queneau.

A partir de este breve y magnífico texto de Juan Armando Epple, autor de microrrelatos, intentamos establecer conexiones que nos vayan llevando… quién sabe dónde.

RAZONES SON AMORES

Alonso Quijano, rechazado por la molinera de la aldea, decidió terminar sus días contra el molino de viento. Al verlo tan maltrecho el bueno de Sancho, que algo sabía de amores, le puso unas compresas al destartalado hidalgo, inventó la aventura de los gigantes y lo demás es historia conocida.

Juan Armando Epple (Osorno, Chile, 1946).

LO QUE ANTECEDE

Yo conocí a la tal molinera: Aldonza Lorenzo la llamaban. Corría el año 1595 y estaba para vestir santos, que treinta años tenía, ni uno menos, la que había dejado de ser moza. Había leído mil novelas de caballería, fíjese usted si sería rancia; ni hombre ni perrillo que la ladrase tenía, que se arrugaban nada más verla, más por lo leída que por lo fea, mire usted. Así que no tuvo ocurrencia mejor que inventarse un caballero para no pasar ni más vergüenza ni más fatigas y acallar las malas lenguas. Don Quijote de la Mancha quiso llamarlo. Malo fue que el galán marchase a buscar aventuras a otras tierras para ser digno de su amor. Entre tanto, un tal Alonso Quijano que pasaba por allí vino a requebrar sus hechuras de camperera.

DON QUIJOTE Y SANCHO

Don Quijote, el caballero que salió de las mientes de Aldonza, llevaba consigo un escudero de nombre Sancho que a bueno y sesudo no le ganaba nadie. Cabalgaban amo y criado a enfrentar uno de sus lances, cuando le dio por decir «no puede uno hacer caso de caprichos de mujeres, que mire, mi señor, si nos fuerzan». A lo que el amo repuso: «Nada más noble hay que batirse por ellas, amigo mío, si no queremos desaparecer del cuento; métete en la cabeza que tú y yo solo damos razón de ser en las molleras de damas como ellas,  que no habrá ínsula que valga como vengamos a decir cosas contrarias».

Sancho calló por la cuenta que le traía.

DULCINEA DEL TOBOSO

Tanto leyó la mujer que acabó perdiendo la cabeza. Noble como era, pasó a creerse una moza asilvestrada que se ganaba la vida cuidando gorrinos.

Poco trabajaba, pero leía entre labor y labor. Perseguía a los caballeros de las novelas de la maritornes que sabía sacárselas a su patrón, un pecador que tenía novelas por decir que las tenía, no porque leyese y menos aún gozase de ellas. Quiérese decir que poco alfabeto era el hombre, aunque se las diera. Pero no nos desviemos. Tanto leyó la mujer que acabó perdiendo la cabeza. Noble como era, pasó a creerse una moza asilvestrada que se ganaba la vida cuidando gorrinos. Y fue a inventar que un tal Alonso Quijano la pretendía pese al mal olor que despedía su cuerpo de doncella, sí, pero entrada en años.

EL SABIO FRESTÓN

También conocí a este personalmente. Un hombre juicioso, apiadado de los pobres que se trasteaban las cabezas a base de leer libros de caballerías; sabio encantador, al decir de don Quijote, el cincuentón de barba de chivo. Encantador decía este, porque le embrujaba la estancia y le hacía desaparecer los libros y trocaba en gigantes los molinos. Encantador digo yo porque hacía desaparecer a los culpables de tanto trastorno, vive Dios. Pero, y que así lo creyera el loco, que ni siquiera Frestón fue el artífice de hacer cenizas los libros, sino que fueron cura y barbero los que anduvieron detrás y entrenaron al ama y la sobrina porque aquello amenazaba con muy mal final. Así pues, vinieron a ser las mujeres las que arramblaron con la dote literaria del pobre loco.

ROCINANTE

Huesos y pellejo de un rocín aupado a la dignidad de caballo era el pobre penco. Poco habría tenido que decir de haber hablado, salvo que al amo se le parecía, pero la locura de este campaba por otros andurriales y no por los de hacer hablar al corcel; de eso se libró. Aun así, pasó a la historia por ser mejor montura que los famosos Babieca del Cid y Bucéfalo de Alejandro Magno, y, sin lugar a dudas, el mejor que don Quijote podía desear.

UN LUGAR DE LA MANCHA

Lo que paréceme a mí es que quien dice llamarse don Miguel de Cervantes Saavedra y se tiene por vocero de tan desmadrada leyenda, tiene también más edad que la Aldonza y no es que no quiera, es que le fallan las memorias.

Y todo esto se conoce por un fulano que dice no acordarse de dónde sucedieron los hechos. ¿Cuáles hechos, preguntas, infame? Los que la leyenda relata…, porque a fe que hay hechos. Lo que paréceme a mí es que quien dice llamarse don Miguel de Cervantes Saavedra y se tiene por vocero de tan desmadrada leyenda, tiene también más edad que la Aldonza y no es que no quiera, es que le fallan las memorias. ¿No dice, pues, que el tal Quijote batalló con molinos?

Solo alguien que no está en su sano juicio puede haber referido semejante dislate.

Imagen: By Felixedmundo – Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0

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