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Ejercicios de estilo con Clarín

Hablemos de estilo literario

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Ejercicios de estilo con Clarín

 

En esta ocasión y con permiso de Leopoldo Alas Clarín, vamos a atrevernos a jugar con estos párrafos extractados del final de «La Regenta». @marianRGK Clic para tuitear

 

En esta ocasión y con permiso de Leopoldo Alas Clarín, vamos a atrevernos a jugar con estos párrafos extractados del final de La Regenta. Y que nos perdone el maestro, autor fetiche de esta que escribe, como ya hubo de perdonarnos Cervantes, porque de igual modo prometemos desvariar. Añadimos otro compromiso aquí: ceñirnos en cada ejercicio a las 102 palabras del fragmento inicial.

 

Celedonio, el acólito afeminado, alto y escuálido, con la sotana corta y sucia, venía de capilla en capilla cerrando verjas. Las llaves del manojo sonaban chocando.

Abrió, entró y reconoció a la Regenta, desmayada.

Celedonio sintió un deseo miserable, una perversión de la perversión de su lascivia, y por gozar un placer extraño o por probar si lo gozaba, inclinó el rostro asqueroso sobre el de la Regenta y le besó los labios.

Ana volvió a la vida rasgando las nieblas de un delirio que le causaba náuseas.

Había creído sentir sobre la boca el vientre viscoso y frío de un sapo.

 

Una joven dama desfallece

Ana Ozores de Quintanar quiso ir hacia el confesionario. La detuvo el golpe seco del Magistral al cerrar la portezuela del locutorio. Se sobrecogió. Una sombra larga tiñó el pavimento blanco y negro de la catedral y la joven se aferró a una columna que le tendía su piel cruda, glacial. Las alas del murciélago se desplegaron en tanto emitía un ultrasonido que nadie más que ella podía oír. Era el fin.

El vampiro pasó de largo, pero no así el espanto. Como si la columna le hubiese retirado su favor, Anita cayó de bruces, cual ficha en un tablero de ajedrez.

 

El murciélago de las alas desplegadas

Fermín de Pas, provisor de la diócesis de Vetusta, salió del confesonario dando un portazo a la celosía. Había visto a la Regenta, cuya negrura no la ocultaba. ¡Maldita Ana! Las pintas verdes de polvo de rapé de los ojos del Magistral atravesaron el velo culpable del rostro de la insensata. O se lo hacía pagar o el ministerio de Dios y el suyo propio padecerían el ultraje por los siglos de los siglos. ¡Qué amargura, qué desgarro, qué furia! La ropa talar formó un revuelo como de alas.

La madera crujió y las sombras de la catedral emitieron un quejido temblón.

 

Un mozalbete cuellilargo

El frío se colaba cual serpiente por las naves del templo. Celedonio, el acólito en funciones de campanero, iba cerrando capillas, frotándose las manos y soplándose en los nudillos un aliento pestilente.

Sus vestiduras se le antojaron brasas y, por probar si crepitaban bajo la apariencia carbonizada, plantó su boca sobre la boca exangüe y la besó.

Hacía sonar el manojo de llaves mientras cerraba el oratorio del Magistral, cuando reparó en un bulto negro que interrumpía la lisura del suelo. Del bulto escapó un quejido. Celedonio reabrió la verja y reconoció a la Regenta. Sus vestiduras se le antojaron brasas y, por probar si crepitaban bajo la apariencia carbonizada, plantó su boca sobre la boca exangüe y la besó. El desenlace de aquella historia le pertenecía.

 

La perseverancia trae resultados

El ruido sordo de la madera al chocarse, los pasos de las beatas hollando el suelo y los roces del manteo dieron paso al tintineo de las llaves con que el monaguillo concluía su ronda. La catedral quedaba en silencio, pero doña Petronila Rianzares aguardaba en un recodo: había visto caer a Ana y dudaba entre acudir a don Fermín o seguir deleitándose con la inesperada visión. El goce de ver a la Regenta profanada por aquella basura era incomparable a dicha ninguna que las visitas a la catedral le hubieran podido proporcionar.

Los días se iban sucediendo pródigos en estampas jugosas.

 

¡No me diga!

Un estornudo alertó a Celedonio. No estaba solo mientras gozaba de su voluptuosidad, aunque doña Petronila evitó que el asistente se viera en la tesitura de dar cuenta de aquel acto, de manera que cruzó el umbral de la basílica como alma que lleva el diablo y, ya en la calle, trotando como iba, casi sin resuello, le interceptó el paso doña Camila:

—¡Pues no parece que hubiera visto usted al mismísimo Satán…!

—La flor podrida, que aún emana efluvios que a Satán deleitan, amiga mía. ¡Y en las narices del propio Dios, ¡imagínese!, sigue habiendo gusanos que reptan hasta su boca…

 

En opinión de la catedral

Quienes deseasen ver cómo vivir, cómo morir e incluso cómo matarse unos a otros deberían cobijarse bajo aquellas bóvedas y observar el trajín de pasiones y dramas que trastornaba a los humanos.

La catedral, trasunto arquitectónico del autor, supo tomar de él los afinados prismáticos para escudriñar a quienes iban y venían por los corredores de piedra ajedrezada.

La catedral, trasunto arquitectónico del autor, supo tomar de él los afinados prismáticos para escudriñar a quienes iban y venían por los corredores de piedra ajedrezada. Todos hacían gala de una piedad fingida que no hacía sino abocar al templo al pozo del desengaño. A tal punto, que ya desconfiaba de que sus muros hubieran cobijado una vez siquiera mano alguna que no enfangase más el agua de la pila.

 

Y la húmeda Vetusta

Tampoco la lluvia era capaz de lavar tanta ignominia.

La torpe por torpe, los calumniadores por tales y los lenguaraces por propalar con descaro lo que era y lo que no. Dos horas después, la heroica ciudad que dormía la siesta al inicio del relato, no solo no dormía, sino que estaba al tanto de lo que en la catedral había acontecido y de lo que no: la lasciva, estando aún frescas las carnes del marido muerto, se dejaba sobar por un mozalbete cuya principal gracia era carroñar sobras adúlteras. Las de don Álvaro Mesía y las de don Fermín de Pas.

 

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