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El estilo perfecto

Hablemos de estilo literario

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El estilo perfecto

Fabio Morábito es uno de esos autores que idolatro, metafóricamente hablando.  Nació en Alejandría y vivió en Italia y México, y de esa circunstancia perdura en él una especie de síndrome del extranjero, causante de las marcas que han forjado su prosa: rítmica, afectuosa, profunda; siempre a la caza del estilo perfecto. Convierte en ficción experiencias cotidianas y próximas que retuerce hasta volverlas ficción.

En una entrevista leo:

«—Uno no sabe qué tanto domina la lengua que aprendió.

—¿Eso le ha creado dudas?

—Y me las sigue creando. Yo vivo en un estado de vigilancia, de alerta. Siento que el idioma materno está ahí, molestando, interfiriendo o haciéndome sentir como un intruso en la nueva lengua. Todo eso creo que ha determinado mi estilo literario».

El idioma materno

En El idioma materno, una reunión de ochenta y cuatro textos breves, hay uno titulado ‘El justificante perfecto’ que refleja esa sed de perfección:

Me fascina la anécdota de aquel hombre a quien su mujer le pidió que escribiera un justificante para su hijo que había faltado a la escuela. Mientras ella se apura en los preparativos para salir con el niño rumbo al colegio, el hombre lucha en la mesa del comedor con el justificante; quita una coma, vuelve a ponerla, tacha la frase y escribe una nueva, hasta que la mujer, que está esperando en la puerta, pierde la paciencia, le arranca la hora de las manos y sin ni siquiera sentarse garabatea unas líneas, pone su firma y sale corriendo. Era solo un justificante escolar, pero para el marido, que era un conocido escritor, no había textos inofensivos y aun el más intrascendente planteaba problemas de eficiencia y estilo. «Quise escribir el justificante perfecto», confesó el hombre en una entrevista, y no me extraña, porque escritor es aquel que se enfrenta al fracaso de escribir y hace de ese fracaso, por decirlo así, su misión, mientras los demás sencillamente redactan. […]

Los límites del estilo

A Morábito le atrae el humor que roza el absurdo. Le gustan las palabras cuando empiezan a ir por libre, despojadas de los vínculos habituales entre significante y significado.

«Es el idioma en estado de recreo cuando estira su cuerpo como los gatos después de despertarse».

Fabio Morábito encontró su patria definitiva en la literatura e hizo de la búsqueda de su estilo una cruzada literaria. Cada relato es una cima que conquistar, un trabajo de orfebre atento y minucioso. @marianRGK Clic para tuitear

Fabio Morábito encontró su patria definitiva en la literatura e hizo de la búsqueda de su estilo una cruzada literaria. Cada relato es una cima que conquistar, un trabajo de orfebre atento y minucioso que puede acabar sometiéndolo a uno si no tiene afinadas sus herramientas. Herramientas, oficio. Uno de sus libros más celebrados lleva por título precisamente Caja de herramientas, en el que los límites definen cada elemento.

«Mi mayor influencia literaria no es tal o cual poeta insigne, sino una línea de maletas Samsonite».

La coma

La minuciosidad es característica de este escritor pata negra, que convence de lo pertinente de su manera de decir, de su autenticidad, con independencia de que guste más o menos.

«Mire, yo puedo tardar horas para encontrar el lugar adecuado de una coma en una frase o en un verso, y quisiera que mi lucha con las comas fuera en beneficio de todo aquel que me lee, tanto el lector sofisticado y exigente como el más ingenuo. Tanto uno como otro, si me leen, deben transitar por mis comas. El primero podrá objetar una coma que según él está mal puesta o elogiar otra que le parezca una joya de coma, mientras que el segundo no objetará ni elogiará nada, pero su lectura se verá afectada por mis comas igual que la del primer lector y, si yo cambiara el lugar de las comas, mis palabras adquirirían para ese lector ingenuo otro ritmo, otra velocidad y otra densidad de pensamiento. Así que, tanto para el lector muy avezado como para el más ingenuo, vale la pena seguir luchando con las comas».

… y la soga

Del texto que anotábamos más arriba, incluimos ahora esta parte, diseccionada como lo hubiera hecho la soga del aspirante a suicida; la que compromete a quien escribe hasta el punto de detenerse ante un justificante médico o una carta de despedida:

[…] Podemos estirar esa anécdota e imaginar a alguien que, soga en mano, a punto de colgarse de una viga del techo, se dispone a redactar unas líneas de despedida, toma un lápiz y escribe la consabida frase de que no se culpe a nadie de su muerte. Hasta ahí va bien la cosa, pero decide añadir unas líneas para pedir disculpas a sus seres queridos y, como es un escritor, deja de redactar y se pone a escribir. Dos horas después lo encontramos sentando a la mesa, la soga olvidada sobre una silla, tachando adjetivos y corrigiendo una y otra vez la misma frase para dar con el tono justo. Cuando termina está agotado, tiene hambre y lo que menos desea es suicidarse. El estilo le ha salvado la vida, pero quizá fue por el estilo que quiso acabar con ella; tal vez uno de los resortes de su gesto fue la convicción de ser un escritor fallido y tal vez lo sea, como lo son todos aquellos que pretenden escribir el justificante perfecto, que son los únicos a quienes vale la pena leer. Escriben para justificar lo que escriben, la pluma en una mano y una soga en la otra.

 

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