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En la mente de los personajes (I): el flujo de conciencia

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En la mente de los personajes (I): el flujo de conciencia

Hoy vamos a hablar de aquellas técnicas que, como escritores, nos permiten representar o mostrar a nuestros lectores la mente de los personajes. Aunque hoy en día son los científicos quien con la ayuda de nuevas técnicas de exploración intentan averiguar el funcionamiento de nuestra mente y la formación del pensamiento, la literatura lleva siglos buscando formas de representar los sentimientos y la mente. Podría casi decirse que gran parte de la literatura consiste en eso, en querer expresar un punto de vista único y diferente, que el lector sienta lo que siente el protagonista de la historia. Y no hay mejor manera de que un lector viva un acontecimiento que sumergirlo en la mente de aquel personaje que lo está experimentando. Por ello es útil conocer las diferentes técnicas literarias que nos permiten mostrar la mente de los personajes.

«No hay mejor manera de que un lector viva un acontecimiento que sumergirlo en la mente de aquel personaje que lo está experimentando». @Aka_RichterBoix Clic para tuitear

A lo largo de la historia de la literatura han aparecido técnicas como la de la introspección, el psicorrelato, o el soliloquio, técnicas muchas de ellas que consisten en monólogos interiores reflexivos e íntimos, con un discurso comprensible y bien elaborado. Pero antes de hablar de estas técnicas, que veremos con mayor profundidad en una entrada posterior, hoy empezaremos por la denominada «flujo de conciencia» o «monólogo interior polifónico», al ser la técnica más moderna y la que hace un mayor esfuerzo por desnudar la mente del personaje ante el lector. Veamos cómo lo hace.

Como se ha dicho, el flujo de conciencia o monólogo interior polifónico ha sido la forma más tardía de representación mental en la historia literaria. Si bien existen algunos antecedentes como el de Han cortado los laureles (1888), de Édouard Dujardin, no es hasta principios del siglo XX cuando encontramos las obras que realmente asentarían dicha técnica. Estas obras rompedoras en la historia de la literatura son el Ulises, de James Joyce (1922), El ruido y la furia, de William Faulkner (1929), y Las olas, de Virginia Woolf (1931).

El flujo de conciencia consiste en un monólogo desordenado y aparentemente ilógico, sin desarrollo lineal, caótico…

A diferencia de otros monólogos o soliloquios, el flujo de conciencia consiste en un monólogo desordenado y aparentemente ilógico, sin desarrollo lineal, caótico, liberado de su capacidad de asociación, roto sin trabas sintácticas, reiterativo, donde se puede prescindir de signos de puntuación y distorsionar la estructura sintáctica del texto. Va más allá del habla, se trata de sumergirse en la profundidad del ser humano, allí donde la conciencia está en constante ebullición. Donde nacen los pensamientos de manera espontánea, impulsados por los sentimientos y la inconsciencia, antes de que la lógica y la consciencia intenten ordenarlos para dar lugar a un discurso reflexivo. Esa es la principal diferencia entre esta técnica y otras como la introspección o el soliloquio. Su objetivo es proporcionar al lector una epopeya psicológica.

La idea es intentar plasmar de manera plástica la simultaneidad con que las imágenes e ideas se presentan en la conciencia del protagonista. Meter literalmente al lector en la mente del personaje para asistir desde dentro, sin ningún tipo de intermediario, al caos de ideas y problemas que lo atosigan. La innovación de esta técnica radica en eso, en crear un discurso que aparentemente carece de receptor; dándole así toda libertad de pensamiento, sin interrupciones, sin estructura, pues no se dirige a nadie. Es un texto que pretende manifestar la expresión directa del emisor y está libre de las normas de los códigos lingüísticos, temporal, espacial, lógico, etc., porque, al fin y al cabo, el receptor es el mismo emisor.

La dificultad de esta técnica radica precisamente en que el escritor aquí va a tener que salirse de sí mismo para meterse en la mente de otro.

La dificultad de esta técnica radica precisamente en que, a diferencia de la introspección o el soliloquio, el escritor aquí va a tener que salirse de sí mismo para meterse en la mente de otro, no simplemente imaginarla, describirla o delinearla, sino introducirse, estar dentro de la mente del personaje y escribir desde ahí, desde esa posición, dejar que fluya de manera caótica todo lo que pudiese estar pasando por la mente de nuestro protagonista. El escritor ha de hacer el esfuerzo de intentar escribir como si estuviese poseído por el personaje.

Como se ha comentado, la técnica que intenta reproducir el desorden de la mente cuenta con libertad lingüística absoluta, pudiendo construir frases sin verbo, reiteraciones constantes, obsesiones, repeticiones, la ausencia de puntos, comas, etc., todo está permitido, pero no hay que caer en el error de que esta técnica consiste en decir cosas de manera desordenada sin puntos, sin mayúsculas, como quien hace un garabato sin sentido mientras habla por teléfono. El flujo de conciencia, cuando se utiliza dentro de un relato o una novela, ha de estar, como todo el resto de elementos, al servicio de la historia, y por tanto de nuestra intención comunicadora. Así pues, la técnica debe usarse para representar los dilemas, la confusión que existe en la mente del personaje, o para que el lector se genere preguntas ante la ambigüedad y confusión interna del personaje. De manera que, dentro de la aparente vorágine de palabras, todas ellas deben haber sido seleccionadas de manera que el lector pueda, a partir de ellas, crear unas imágenes e ir reconstruyendo, como si de un puzle se tratase, la acción, los pensamientos y sentimientos que abruman la mente que están leyendo.

Haciendo un buen uso de las palabras se puede construir una epopeya psicológica que permita al lector experimentar incluso las situaciones u objetos más cotidianos a través de otra mente, y hacer que estos elementos resulten apasionantes desde una perspectiva nueva.

La ventaja del monólogo interior polifónico es que, a diferencia de los textos introspectivos o los soliloquios que suelen tener un ritmo lento y reflexivo, puede ser rápido y ágil. Haciendo un buen uso de las palabras se puede construir una epopeya psicológica que permita al lector experimentar incluso las situaciones u objetos más cotidianos a través de otra mente, y hacer que estos elementos resulten apasionantes desde una perspectiva nueva. Así como generar intriga jugando con la ambigüedad, un ejemplo de ello es el magnífico libro El ruido y la furia, de Faulkner, que empieza con un desconcertante monólogo interior de lo más críptico y poético, pero donde van apareciendo pistas que generan misterio y preguntas alrededor del pasado y las relaciones entre los miembros de la familia. Como lectores en cada capítulo conocemos a uno de los miembros de la familia, pero ninguno de ellos narra nada, no le cuentan nada a nadie, sólo escuchamos sus pensamientos, a ellos hablando con ellos mismos, cada uno con su lógica interna, con su voz única. Es a través de ellos, de ir juntando piezas, que poco a poco se nos van desvelando los horrores de la familia. Es una lectura que reta al lector a ir hilvanando la historia, pero una al mismo tiempo que le permite sentirse dentro de un personaje como no lo permite ninguna otra, gracias a la técnica del flujo de conciencia usada.

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