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El hombre lobo en la literatura (1)

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El hombre lobo en la literatura (1)

Época antigua

Las primeras referencias que podemos encontrar sobre el hombre lobo en la literatura muestran un origen en el que las transformaciones estaban vinculadas al castigo divino, a los rituales sagrados, a antiguas leyendas, o a algún tipo de magia o de hechicería.

«Los apuntes iniciales nos llevan hasta Herodoto y hasta 'Los nueve libros de la historia'. En el libro IV el autor habló de los neuros y de sus transformaciones en lobo, una vez al año, y solo durante unos días». @Merche_Gotica Clic para tuitear

Los apuntes iniciales nos llevan hasta Herodoto (484 – 425 a. C.) y hasta Los nueve libros de la historia (c. 430 a. C.). En el libro IV el autor habló de los neuros y de sus transformaciones en lobo, una vez al año, y solo durante unos días:

«Es mucho de temer que toda aquella caterva de neuros sean magos completos si estamos a lo que nos cuentan tanto los escitas como los griegos, pues dicen que ninguno hay de entre los neuros que una vez al año no se convierta en lobo por unos cuantos días, volviendo después a su primera figura».

 

Publio Virgilio Marón​ (70 – 19 a. C.). Poeta romano que mencionó en Las Bucólicas (Églogas), escritas entre el 41 y el 37 a. C., al hechicero Meris. Este se convertía en lobo a voluntad gracias a las hierbas y venenos que iba recogiendo por el Ponto.

Atravesando el umbral del año cero

Publio Ovidio Nasón (43 a. C. – 17 d. C.) dejó constancia en La Metamorfosis, libro terminado sobre el año 8, de cómo el padre de los dioses, Zeus Liceo, convirtió en lobo a Licaón, héroe arcadio hijo de Pelasgo, por sacrificar a un ser humano y servírselo como alimento:

«Él huye aterrorizado, y al llegar a un paraje silencioso empieza a aullar e intenta hablar en vano. La rabia de su carácter se acumula en sus fauces y emplea contra los rebaños sus habituales ansias de matar. También ahora disfruta con la sangre. Sus ropas se transforman en pellejo y sus brazos en patas. Se convierte en lobo, pero conserva huellas de su antigua imagen».

Plinio el Viejo (23 d. C. – 79 d. C.) escribió en Historia natural acerca de los sacrificios humanos celebrados en Arcadia. Los elegidos se transformaban en lobos después de devorar las entrañas de las víctimas. Una vez transformados estaban obligados a comer carne humana. Si se negaban, permanecían en forma de lobo durante ocho años.

Petronio

Petronio (27 d. C. – 66 d. C.) relató en El Satiricón, capítulo LXII, cómo Nicero fue testigo de la transformación voluntaria de un soldado en lobo, cómo este se puso a aullar huyendo hacia los bosques, y cómo sus ropas se convirtieron en piedra para que nadie se las pudiera quitar. En esta historia se detalla por primera vez la idea de que las heridas que se infringen al lobo permanecen en el hombre.

 

Tiempos medievales

El hombre lobo literario se quedó en el olvidó durante casi once siglos, concretamente hasta finales del siglo XII, en el que se produjo una pequeña incursión a través de los Lais, de María de Francia (c. 1189). Los lais eran poemas narrativos centrados en el amor cortés, en los que se contaban las aventuras de un determinado héroe.

El Lai de Bisclavret (hombre lobo), llamado Ganwalf por los normandos, cuenta la historia de un caballero de la corte que se transforma en lobo después de despojarse de todos sus ropajes, y que es traicionado por su esposa y por su amante. Ambos deciden robarle las vestiduras para que jamás pueda recuperar su forma humana.

 

Mención especial merece el anónimo Guillaume de Palerne (c. 1200), escrito a petición de la condesa Yolanda, hija de Balduino IV, conde de Henao. Sobre el año 1350, Humphrey Bohun, conde de Hereford, lo rescató del olvido y encargó la traducción en versión aliterada a un poeta inglés con el título William of Palerne (en inglés):

William, heredero al trono de Sicilia, es raptado por su tío y rescatado por un hombre lobo (el príncipe Alfonso, hijo del rey de España, que fue transformado por su madrastra para asegurar la sucesión al trono de su propio hijo, Braundinis).

 Alfonso facilita la fuga de William con su amante, Melior (hija del emperador de Roma y prometida del hermanastro de Alfonso, Braundinis, que ya había usurpado su lugar gracias a las intrigas de su madre) y le ayuda a recuperar el trono.

 Finalmente, William lucha con Braundinis y le vence, obligándole a deshacer el hechizo. Alfonso recupera su forma humana y se le restituye el trono. William es coronado emperador después de desposarse con Melior.

Y entonces llegó Cervantes

El hombre lobo hizo otro alto en el camino, bastante largo. Casi tres siglos después llegó el genio de Cervantes, que se interesó por el tema reflejándolo en Los trabajos de Persiles y Segismunda (1617), capítulo XVIII del libro primero, por boca del astrólogo Mauricio, y obtenido del libro Daemonum de praestigiis (1563), del demonólogo holandes Johannes Wyer.

«Lo que se ha de entender desto de convertirse en lobos es que hay una enfermedad a quien llaman los médicos manía lupina, que es de calidad y que al que la padece le parece que se ha convertido en lobo. Aúlla como lobo, se junta con otros del mismo mal, y andan en manadas por campos y montes. Ladrando como perros o aullando como lobos despedazan los árboles. Después matan a quienes encuentran y comen la carne cruda de los muertos».

Con esta última cita terminan los viejos tiempos. Tuvimos que esperar hasta el siglo XIX para que la imaginación hiciera del hombre lobo una mezcla de ambas especies. De forma gradual se fue fusionando al hombre con el lobo. Se le hizo más fuerte, cruel y sanguinario, dando lugar a la creación de un nuevo monstruo dentro del género de la literatura de terror.

 

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