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El infierno de la documentación (I)

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El infierno de la documentación (I)

Entiendo que el proceso documental para una novela histórica pueda antojársenos infernal. Sobre todo, si el autor asume que es un artista y que el mundo no puede pasar sin su palabra. Y ante una humanidad sedienta, ¿cómo perder un tiempo vital en investigar cuando ha de inundar el presente y la posteridad con el agua de su verbo?

Luego está el antípoda con síndrome de Diógenes que ahoga al lector en documentación. Que no sé por qué lo llaman «de Diógenes», cuando el cínico solo tenía una tinaja, un candil y un perro (y el perro era más de la calle que del sofista). Suelen caer en exceso documental quienes temen quedarse sin nada que contar en la página veintitrés. Por eso es bueno venir de casa con una sinopsis hecha y una estructura básica.

Diógenes en su tinaja (1860), Jean-Léon Gérôme

Los opuestos anteriores me llevan a la siguiente cuestión: en términos de documentación histórica, ¿dónde acaba el rigor y empieza la obsesión? Me temo que se descubre tras páginas y páginas de manuscrito. Porque la documentación en la novela histórica es un andamio que hay que retirar al final para disfrutar del edificio imaginado.

Tres son los escollos documentales del novelista histórico. La sobreescritura, es decir, sobrecargar tu historia con Historia; el arqueologismo, sepultar tu historia con Historia, y el anecdotismo, plagar con historietas de la Historia tu historia.

Tres son los escollos documentales del novelista histórico. La sobreescritura, es decir, sobrecargar tu historia con Historia; el arqueologismo, sepultar tu historia con Historia, y el anecdotismo, plagar con historietas de la Historia tu historia. Gula, indigestión aguda y exceso de condimento.

¿Esperas que te dé una solución definitiva para no destrozar tu frágil navío creativo contra una de esas rompientes? Pues la tengo: escribe. Y escribe y escribe. Así lo descubrí yo. En mi primer original estrellé el casco contra los tres arrecifes. Quizá tenga que ver con que soy un quisquilloso (que no siempre es sinónimo de riguroso).

Y ahora te pongo un ejemplo reciente. Ya no me gustan los documentales históricos anglosajones. Creo que han derivado en un producto televisivo poco fiable, amarillista y, según la moda ideológica imperante, sectario. De divulgadores, me temo que hayan pasado a vulgarizadores.

El historiador Michael Scott

¡Alto ahí!, ¿qué infierno? Pongámonos quisquillosos, ¿o rigurosos?

Pero veo algunos, claro. Y el último ha sido Italia: ciudades ocultas, de la BBC; lo presenta un historiador que se ha tragado la saga entera de Indiana Jones, Michael Scott. En el capítulo que vi, nos daba un paseo por las catacumbas, hipogeos, cloacas y demás tripas de Roma. Al llegar a las termas de Caracalla, Scott nos informa de que medio centenar de hornos caldeaban el monumental spa. Pero faltaba la nota de color: «miles de esclavos acarreaban madera en un ambiente de calor insoportable, un infierno». ¡Alto ahí!, ¿qué infierno? Pongámonos quisquillosos, ¿o rigurosos?

Ixión en el Tártaro por Cornelis van Haarlen (1588)

Pocos fuegos ardían en el Hades romano: las llamas de la rueda de Ixión, condenado al Tártaro por pretender violar a Hera; el aliento ígneo de los caballos del carro de Plutón, o la lava del Flegetonte, uno de los ríos infernales. Y es que las almas del infierno grecorromano no estaban sujetas a las penas de los condenados a las hogueras de Belcebú. O todos los esclavos de las termas de Caracalla eran cristianos, o Scott calza a los romanos del siglo III con sus zapatillas de runner del siglo XXI y muestra su deuda cultural con los mitos judeocristianos.

 

Llegamos al último consejo de este artículo para un aspirante a novelista histórico: nunca des nada por supuesto.

Lo reconozco, esta corrección es tan rigurosa que se vuelve pura quisquilla. Pero llegamos al último consejo de este artículo para un aspirante a novelista histórico: nunca des nada por supuesto. Si el esclavo de los baños no era cristiano, antes compararía el horno con las fraguas de Vulcano que con nuestro infierno. Como escritor histórico, lo suyo es conocer el más allá y el más acá que manejarían nuestros personajes, aunque no los vayamos a utilizar. ¿Y entonces para qué quiero saberlo? Porque, lo que tú sepas, hará creíble lo que ellos digan. Y, ahora, como premio a tu paciencia, te voy a regalar un paseo por el Hades grecorromano.

«Como escritor histórico, lo suyo es conocer el más allá y el más acá que manejarían nuestros personajes, aunque no los vayamos a utilizar. Porque, lo que tú sepas, hará creíble lo que ellos digan». @JjPicos Clic para tuitear

El Hades era frío, silencioso y sombrío. «Un yunque de bronce que bajara desde la tierra durante nueve noches con sus días, al décimo llegaría al Tártaro», su agujero más profundo. Esa distancia nos la sirve Hesíodo, el autor de la Teogonía.

Asfódelo

Tres eran sus regiones: el Érebo, las tinieblas oscuras que lo envolvían; los Campos de Asfódelos, por donde vagaban, en perpetua monotonía, las almas de los que vivieron según la sofrosine, la templanza; y el Tártaro, donde, en eterno suplicio, pagaban sus culpas los mortales arrastrados por la hýbris, es decir, la desmesura y la impiedad. El asfódelo es una planta real que los griegos ponían en las tumbas para facilitar el tránsito de los muertos hasta el Hades.

Cinco ríos lo bañaban: el Éstige, por cuyas aguas juraban los dioses; el Aqueronte, frontera con el mundo mortal; el Cocito, por cuyas riberas vagaban durante un siglo los muertos sin sepultura; el Flegetonte, que arrastraba lava ardiente, y el Lete, el clemente río del olvido, que atravesaba la cueva de Hipnos y hacía olvidar a las almas su vida anterior. ¿Y qué diferencia había entre arrastrarse por las orillas del Cocito y vagar entre asfódelos? Beber o no beber del Lete; quienes no podían atravesar el Cocito, añoraban durante cien años lo que nunca jamás volverían a ser: mortales.

El personal del infierno griego estaba encabezado por Perséfone, la reina consorte de Hades. Como muchas familias sin hijos, tenían un perrito, Cerbero, que comía por tres.

El personal del infierno griego estaba encabezado por Perséfone, la reina consorte de Hades. Sus tronos no eran dorados, como los olímpicos, sino de ébano. Como muchas familias sin hijos, tenían un perrito, Cerbero, que comía por tres. Cuando los muertos llegaban a la portería infernal, el can meneaba la cola, sacaba las tres lenguas y babeaba por las tres fauces, pero si alguien pretendía huir, ¡pobre de él!

El Cerbero visto por William Blake

Luego estaba la Audiencia Infernal, compuesta por tres jueces que sentenciaban a las almas a los prados cenicientos o al Tártaro: Éaco, Radamantis y Minos (sí, el fundador de la civilización minoica). Solo en sus tribunales se oían ecos de las voces humanas, como los llantos de los bebés nacidos muertos.

El juez Minos, por Doré

El infierno del infierno, es decir, el Tártaro, tenía su propia guardiana, Kampe, con sus cincuenta cabezas, todas diferentes y todas de fiera; su torso de mujer, con dos alas negras en los hombros, y su cola de dragón.

Era costumbre meterles a los muertos una moneda en la boca como peaje para el eterno remero.

Caronte según Doré

Y cerramos la cuenta de la tropa infernal con su barquero, el viejo Caronte, cuyo muelle unos sitúan en el Éstige y otros en el Aqueronte. Era costumbre meterles a los muertos una moneda en la boca como peaje para el eterno remero, si no, se quedaban en el Cocito. Virgilio lo describe así en la Eneida: «Guarda el vado y las aguas de este río un horrendo barquero que espanta con su escamosa mugre. Cae por su barbilla una canosa y luenga guedeja. Inmóviles las llamas de sus ojos. Pende de sus hombros una sórdida capa sujeta con un nudo. Anciano pero con la vejez cruda y verde de un dios».

Uno de los factores que, seguramente, contribuyó a la expansión del cristianismo fue que, en vez de condenar, sin distinguir entre buenos y malos, a un Hades ceniciento y tedioso, cabía la posibilidad, según la fe y los actos de cada cual, de recibir una recompensa ultraterrena llena de luz y gozo. Y lo que aún era más novedoso: dotaba de albedrío a los mortales para que se sintieran, a través de la responsabilidad, autores de sus vidas. En palabras de Orestes, los griegos eran «esclavos de los dioses, sean lo que sean los dioses». Es decir, la nueva religión desterraba a Hades y al Hado de las vidas de los míseros mortales.

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