La primera revista para escritores

El infierno de la documentación (y II)

Y tú, ¿piensas que es necesario documentarse para escribir una novela?

Aquiles (David Gyasi) y Zeus (Hakeem Kae-Kazim) en versión de la BBC
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El infierno de la documentación (y II)

Las divagaciones que siguen son fruto de una errata: en la primera entrega se me olvidó borrar del título el ordinal. Podría haber avisado a Víctor, nuestro editor, pero intuí tras el gazapo una broma desafiante de Momo, el burlón diosecillo griego, y he aceptado el reto. Así que allá voy, a enjardinarme ―sin necesidad, seguramente― en una continuación, ¡y que arda Troya!

Esta entrada tiene dos lazos con la anterior: la geografía del Hades y los escollos documentales. El primero nos llevará a la Isla de los Bienaventurados y el segundo al pago por protección.

En la escatología de la Antigua Grecia, los Campos Elíseos eran otra región del Hades; aunque más plácida, no se libraba del aire ceniciento de los Campos de Asfódelos. Pero también se identificaba, o confundía, con las atlánticas Islas de los Bienaventurados, luminoso lugar de reposo eterno de los héroes famosos, las heroínas virtuosas y los hombres sabios. Allí tuvo lugar la paradójica boda ultraterrenal de Helena y Aquiles, evento que menciono porque, con el héroe, llegan el berenjenal y la camisa de once varas.

Escribir es una condena solitaria con una fantasía de ventas, popularidad y baño de multitudes cuando el reo es liberado.

A la triple saturación documental de la que previne en el artículo de apertura, podríamos unir el pánico del novelista, histórico o no, a la mala crítica y, con ella, al abandono y la soledad. Escribir es una condena solitaria con una fantasía de ventas, popularidad y baño de multitudes cuando el reo es liberado; la soledad inicial es, por tanto, una inversión o un sacrificio. Lo sé por la televisión más que por la literatura. Un profesional de la tele metido en un proyecto pretende que lo quieran con un ansia en la que solo nos superan los actores (presentadores y tertulianos incluidos) y los políticos. Cuanta más audiencia, más cariño. Se trata de un afán con ecos infantiles: que mamá nunca me abandone y que papá nunca me ignore.

Pues estoy convencido de que la obsesión de un escritor actual por no ser abandonado o ignorado es más enfermiza que nunca; digo escritor como digo cualquier otro miembro de la saturada industria del entretenimiento. De ahí que muchos profesionales ―e inversores― que trabajan para conseguir el cariño de las masas estén dispuestos a pagar protección a los matones de Twitter.

La actriz «no bastante lesbiana» Ruby Rose

Me ha sorprendido ―aún me sorprendo― el caso de la actriz innegablemente lesbiana Ruby Rose, que, desconcertada, ha echado el candado a sus redes sociales tras el vapuleo al que la han sometido algunos colectivos LGTBI+. Vocean indignados porque le han dado el papel de la sáfica Batwoman a una lesbiana que no proclama con cada sístole y diástole que lo es. ¿Y qué protección tendría que haber pagado Ruby? Como poco, haberse tatuado el labrys en la frente. En coincidencia, se ha formado algún que otro escándalo porque un actor heterosexual iba a encarnar a un personaje gay.

La BBC y Netflix han dado papeles protagonistas de su Ilíada a actores negros antes, incluso, de que mediara amenaza de troleo.

En cambio, la BBC y Netflix han dado papeles protagonistas de su Ilíada a actores negros antes, incluso, de que mediara amenaza de troleo; si, además, cambian el caballo de madera por una estatua de Posidón, conseguirán muchos corazoncitos de los animalistas. No hay que desdeñar, en este caso, el remordimiento británico por su imperio colonial y la innegable huella puritana con su carga de culpa, que en todas partes cuecen habas.

El caso es que llueve sobre mojado en el entretenimiento anglosajón: Marvel ya  puso a Idris Elba a guardar las puertas del Valhalla nórdico; y Djimon Honsou fue sir Bedevere, uno de los caballeros de la Mesa Redonda en la infumable El rey Arturo: la leyenda de la espada. Sin embargo, cuando Scarlett Johansson interpretó a la japonesa Motoko Kusanagi en Ghost in the Shell el escándalo fue de órdago. Whitewashing isn’t good; colourwashing is cool, «encalar no mola; tintar es guay». La pobre Johansson tropezó después en otra piedra tuitera: tuvo que renunciar a producir e interpretar el papel de un hombre transgénero tras ser mediáticamente lapidada por los colectivos correspondientes. En todos los casos, la falta de rigor a favor de los beneficios es obvia, ya sea por la estrella, por la captación de nuevos públicos o por tener la fiesta en paz.

Diría que detrás de estas campañas se esconde un pueril «lo mío es mío y lo tuyo también». No se trata solo del género o el color, sino también de la llamada «apropiación cultural», que no rige cuando un actor de otra raza interpreta al héroe griego de la «blonda cabelllera».

En defensa de que actores negros interpreten a Aquiles, al mismísimo Zeus, a su hija Atenea y a Eneas, padre de Roma, ya se ha sentenciado que toda crítica es racista y punto en boca. Ante semejante argumento, ¿quién se atreve a abrir la boca? Pues yo mismo, que no tengo nada mejor que hacer.

También se arguye que los dioses pueden tomar el color que quieran, que para eso son dioses. Claro, salvo que los dioses no existen y fueron modelados a imagen y semejanza de los seres humanos que los crearon.

También se arguye que los dioses pueden tomar el color que quieran, que para eso son dioses. Claro, salvo que los dioses no existen y fueron modelados a imagen y semejanza de los seres humanos que los crearon. Y los griegos, homilías multiculturales aparte, no eran como en la cerámica de figuras negras, sino, más bien, como en la de figuras rojas. En cuanto a la escultura, la paradigmática nariz griega anda muy lejos de los rasgos melanodermos; aun con su achatada napia, Sócrates se me parece más a Karra Elejalde que a Samuel L. Jackson.

Otros argumentan (es un decir) que la Antigua Grecia fue un crisol mestizo. Estos joviales indocumentados, empachados de Mary Beard, olvidan,  ocultan o ignoran la figura del meteco ateniense, un griego de otra polis que perdía sus derechos políticos, pero no los deberes tributarios ni militares, cuando se establecía en Atenas; si tenía hijos con una ateniense, nacían sin ciudadanía. Los atenienses, además, se ufanaban de su autoctonía, su origen limpiamente ático, y clamaban con desdén que los fundadores de las otras polis rodaron como dados sobre el tablero heleno antes de establecerse. Un mensaje nada sibilino: sus rivales eran de estirpe bárbara y mestiza (seguramente asiáticos, ¡puaj!). De Esparta y sus periecos e ilotas, ya ni hablamos. Incluso en una época tardía, el siglo IV a. C., a los macedonios que acompañaron a Alejandro les repugnaba la idea de mezclarse con los persas, que no eran metecos, sino bárbaros. Así pues, presentar la Antigua Grecia como un crisol multicultural es como pretender que Sweet Home Alabama sea un himno góspel a la concordia racial; los caballeros sudistas de Lynyrd Skynyrd irían fumaos más de una vez, pero no tanto.

Se dice que la inclusión en las producciones audiovisuales y editoriales de personajes LGTBI+, discapacitados o de otras etnias refleja la auténtica realidad social, que es la composición diversa de las sociedades occidentales contemporáneas. De acuerdo, ¿y quién no?, pero aplicar ese criterio a la Grecia histórica es un triscar bucólico entre el pensamiento mágico y la falacia. Por otro lado, la Grecia mítica tenía poco de bucólica y mucho de cruel y despiadada.

La Ilíada no es la crónica de la Guerra de Troya, sino del monumental enfado y la posterior deserción de Aquiles, herido en su vanidad por las ofensas de Menelao.

La Ilíada no es la crónica de la Guerra de Troya, sino del monumental enfado y la posterior deserción de Aquiles, herido en su vanidad por las ofensas de Menelao. Que la BBC y Netflix decidieran, en un alarde de apropiación cultural, darle el papel protagonista del inmortal canto épico al actor David Gyasi es, según la noción contemporánea de héroe, un regalo de los dioses. Sin embargo, como todo presente divino, llega envenenado.

Para un griego, un héroe era un semidiós nacido de inmortal y mortal, no un voluntario de Open Arms. De hecho, Aquiles deserta por soberbia: su ego, obsesionado con la fama y la posteridad, está por encima de la victoria de los suyos. Es tan narcisista como el Cristiano Ronaldo que se aparta enfurruñado cuando sus compañeros celebran la decimotercera del Madrid en Kiev, tierra de los antiquísimos escitas y las amazonas. Es, además, un esclavista que raptó y encadenó a la princesa Briseida. Y un depredador sexual, pues la violó; y violó también al hijo favorito de Príamo, Troilo. El impío y rubio mirmidón lo forzó en sagrado, pues el efebo troyano se refugió en un santuario de Apolo, su verdadero padre; como remate, lo asesinó, y luego lo descuartizó para que su espectro no lo persiguiera. El mirmidón Aquiles era mercenario y pirata, igual que los miembros y súbditos de la Casa Greyjoy de Juego de Tronos, cuya Islas del Hierro son tan poco fructíferas como lo fue la tierra natal del Pelida, Ftía.

Zeus, por su parte, era caprichoso, arbitrario, adúltero, violador y vengativo; la virginal Atenea consintió, a cambio de ser la patrona de Atenas, que sus mujeres perdieran la ciudadanía y defendió al matricida Orestes con argumentos de lo más patriarcales; por su parte, el virtuoso Eneas gozó de Dido, exiliada política, mujer independiente y reina de Cartago, para abandonarla, llevarla al suicidio y casarse con la muy sometida Lavinia, entregada por su padre al héroe troyano. Si queremos a estos prendas, hay que llevárselos completitos, no vale escarbar en el plato. Pero se ve que no hay trolls documentados en mitología para exigir que un elenco negro, empeñado en una causa mayor, deje de interpretar a semejantes criminales blancos.

Que uno de los mayores arquetipos occidentales sea sacrificado en el altar de la globalización es otra muestra del entreguismo que sufre hoy una cultura tan ancestral, pero falta de músculo intelectual, como es la que tiene su germen en Grecia. En tal sentido, la BBC sería la Monsanto de la mitología, que plaga de blackwashing transgénico la Ilíada.

Con algo de archivo documental, que no va más allá de lo que aprendimos en la secundaria, un Aquiles negro no suspende mi incredulidad, objetivo fundamental de un artesano de la ficción que se precie de tal. Hombre, claro que hay espectadores a los que la idea de la BBC les encantará, pero los sospecho más adoctrinados que rigurosos. Y ya quedamos en la entrada anterior en que soy un quisquilloso.

«Me escandaliza que unos profesionales, cuya obra será obsoleta en un puñado de temporadas, se permitan la soberbia e impiedad, merecedoras de suplicios eternos en el Tártaro, de enmendar la plana a Homero». @JjPicos Clic para tuitear

Mis profesiones ―periodismo y entretenimiento televisivo― cada vez se confunden más. Si algo las caracteriza por igual en estos días es su semejanza con el algodón de azúcar, coloreado, edulcorado, efímero y sin ningún alimento. Y el mundo editorial tampoco es ajeno ya a esa condición. Por eso me escandaliza que unos profesionales cuya obra será obsoleta en un puñado de temporadas, dado el ritmo endiablado de producción y tendencias, se permitan la soberbia e impiedad, merecedoras de suplicios eternos en el Tártaro, de enmendar la plana a Homero ―sean uno o un ciento―, cuya obra empezó oral, continuó en papiro y hoy se lee en píxeles. «Desde las ruinas de Ilión, ¡dos mil ochocientos años me contemplan!», podría exclamar cualquier lector de la Ilíada en versión digital. En cuanto a lo insustancial de las chucherías de feria, los profesionales de la industria cultural nos parecemos, y cada vez más, a las abuelas consentidoras que, cuando los nietos no quieren las lentejas y berrean como energúmenos, les descongelan una pizza y aquí paz y después gloria.

En conclusión, a la saturación de Historia, al arqueologismo o a la anecdorrea en el proceso documental de una novela histórica se une peligrosamente la manipulación sectaria o timorata de las fuentes por miedo a la agresión tuitera, mensajera del fracaso, y por alcanzar la aceptación del primero que gruña o pueda gruñir. Acosado por los aullidos de las horrendas Furias, al escritor le aterra acabar loco y apartado como Orestes, y traiciona con su censura previa, sus tergiversaciones documentales y sus disculpas lo que tiene la literatura de extravío y soledad.

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