La primera revista para escritores

«El lector», de Bernhard Schlink

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El lector, de Bernhard Schlink

[Atención, destripes] 

Es difícil hablar de una novela cuando esta te ha dejado sin palabras. El lector, de Bernhard Schlink, ha sido algo inesperado. Una lectura que no imaginaba encontrar. Un momento de pausa y reflexión en mitad de una vida ajetreada que, encima, se deja disfrutar con soltura, amedrentándote con tus pensamientos y planteándote miles de caminos de conclusiones distintas entre las que no eres capaz de discernir. Esa es precisamente la magia de su historia. Hoy te quiero contar qué me ha parecido.

La novela El lector, de Berhnard Schlink, fue galardonada en 1998 con el premio Hans Fallada.

El contexto de la novela

El lector de Bernhard Schlink El lector es una novela publicada por Bernhard Schlink en 1995. Profesor y juez alemán al que siempre había interesado y confundido todo lo relacionado con la etapa de la Alemania nazi y que quería plasmar por escrito, para ver si así llegaba a alguna conclusión lógica, las digresiones que se acumulaban en su mente.

La distancia con la Segunda Guerra Mundial y todo lo que este momento supuso para Alemania consigue que no fuera recibida de manera controvertida. Tanto en el país natal del escritor como en Estados Unidos, fue recibida con orgullo. Galardonada con premios en ambas naciones, fue la primera novela alemana que se colocó en la primera posición de ventas del New York Times. En el estado alemán fue introducida como parte de la formación universitaria de la carrera de Literatura Alemana.

Según las cifras que se manejan, la novela vendió más de medio millón de copias durante el primer año. Además, fue elegida en 2004 en el puesto número catorce de las novelas preferidas por el pueblo alemán.

En todo este sentido, fue galardonado en 1998 con el premio Hans Fallada. Uno de los más reconocidos.

 

Las tres partes de la trama de El lector

El lector es una novela que está dividida en tres partes bien diferenciadas. Si bien el hilo conductor de la misma es siempre el mismo, la relación que une al protagonista, Michael Berg, con Hanna, todo lo que rodea a la relación entre ambos se ve afectada por un escenario cambiante, que, de una manera u otra, también influirá en los acontecimientos.

 

Primera parte: el niño y el descubrimiento

Michael tiene quince años. Nos encontramos en 1958, en una etapa en la que Alemania está tratando de olvidar lo acontecido durante la Segunda Guerra Mundial. Muchas personas todavía no son conscientes de las atrocidades que se llegaron a cometer, mientras que otras prefieren olvidar y pensar que aquí no pasó nada. En esta primera etapa de El lector, este tema carece de importancia para nosotros.

Un día, volviendo a casa, Michael empieza a vomitar sin parar. Él no lo sabe, pero está enfermo de hepatitis. Se encuentra desubicado y no sabe qué puede hacer. Por suerte, Hanna, una mujer veintiún años mayor que él, le limpia y le acompaña a su casa. El protagonista de la historia se pasará los siguientes meses de su vida en una cama tratando de sobreponerse a la enfermedad. Una vez que se recupera, se acercará a casa de la mujer para agradecerle la ayuda que le ha brindado.

Sin embargo, el Michael que llega hasta este punto es muy distinto. Las hormonas han despertado en su vida. Hanna le parece tremendamente atractiva y, dejándose guiar por un pensamiento que no surge de su cerebro, la espía mientras se cambia de ropa. Ella le descubre y él escapa corriendo, avergonzado, con la convicción de no volver.

Sin embargo, unos cuantos días después se atreve a hacerlo. Michael la ayuda a subir unas bolsas de carbón hasta su hogar y queda completamente cubierto de hollín. Ella le prepara la bañera y, de una manera que ningún lector espera, acaban manteniendo relaciones sexuales.

Todo lo que ha vivido con ella le marcará para toda la vida, afectando a sus relaciones posteriores con las mujeres.

A partir de entonces, un Michael emocionado por las nuevas aventuras acude de manera casi diaria a casa de Hanna. La pasión no frena nunca y los únicos momentos de paz que mantienen son aquellos en los que este lee toda clase de libros a su compañera.

Durante toda esta primera parte, Hanna somete de manera verbal y física a Michael de manera constante, denotando un conjunto de realidades que encontrarán su razón de ser en las siguientes partes de la novela, cuando entendamos el puzle entero que conforma la vida de esta intrigante mujer.

Esta relación idílica, que parece de una novela de ficción, se empieza a romper cuando la vuelta a la vida estudiantil también le hace un hueco en el colegio a Michael. Se siente cómodo con sus amigos, todos crecen y surgen muchos más planes que antes eran impensables. De esta manera, la distancia entre los dos crece y de un día para otro, Hanna desaparece.

Todo lo que ha vivido con ella le marcará para toda la vida, afectando a sus relaciones posteriores con las mujeres; mostrándonos el escritor la manera en que aquello que vivimos durante la juventud puede marcarnos cuando nos convertimos en adultos.

 

Segunda parte: la realidad siempre te atrapa

Han pasado siete años desde los hechos anteriores. Michael no ha vuelto a saber nada de Hanna, aunque no se la ha podido quitar nunca de la cabeza. Sigue pensando en ella y recordando. De hecho, no puede alcanzar una vida plena porque es incapaz de relacionarse con otra mujer sin estar constantemente comparándola con un recuerdo que tiene idealizado en su mente. Ha convertido a Hanna en una especie de musa, en una vara de medir para el resto, y nunca para nadie será justo que estén sometiéndola constantemente a un examen.

Michael, de veintidós años, estudia Derecho. En Alemania se está destapando cada día más el tema de los nazis que no tuvieron ninguna clase de pena y se está tratando de impartir justicia sobre todos aquellos que consiguieron salir impunes y que, hoy en día, viven entre la sociedad sin que sus vecinos y compañeros de trabajo sean conscientes de las barbaridades que fueron capaces de cometer durante la Segunda Guerra Mundial.

Junto a un seminario práctico de la Universidad, Michael acude como público a un juicio contra un grupo de mujeres que son acusadas de haber servido como guardas para las SS, y que permitieron que trescientas personas murieran en el incendio de una iglesia que había sido bombardeada durante una de las tantas marchas de la muerte de los campos de concentración que estaban a su cargo. De todas ellas, únicamente hay una superviviente. Ella narra en un libro esta etapa de su vida y es la principal acusación y prueba que se utiliza contra ellas.

Piensa en cómo le miraba a él, en cómo ha estado leyéndola, si para ella también era una potencial víctima y se encontraba en la boca del lobo o, por otro lado, era una especie de expiación por sus pecados.

Como te puedes imaginar, Hanna se encuentra dentro de este grupo, con lo que la novela te sorprende con un cambio de estructura. La historia arranca ahora con todo el peso del dilema moral de la mano de un protagonista al cual este instante le supone un mazazo para toda su vida. Por un lado, la simple realidad de haberse enamorado tan profundamente (aunque la palabra sería obsesionado) de una criminal de tal magnitud ya es demoledor, aunque este odio que prefiere sentir se ve alterado a causa de que Hanna está dispuesta a aceptar toda la responsabilidad de sus actos, aunque no existan pruebas concluyentes sobre ella. Esto es, está dispuesta a pagar por lo que hizo.

Durante el desarrollo del juicio salen a la palestra innumerables verdades. Una de las más interesantes desde el punto de vista de la lectura es el hecho de que Hanna tomaba a prisioneras y las obligaba a leer para ella en voz alta antes de ser enviadas a una cámara de gas, ante lo cual Michael no puede hacer nada más que preguntarse si esto lo hacía para regalarles unos últimos días de buena vida, que es lo que quiere pensar, o en realidad para jugar todavía más con su esperanza. Y, sobre todo, piensa en cómo le miraba a él, en cómo ha estado leyendo para ella, si para ella también era una potencial víctima y se encontraba en la boca del lobo o si, por otro lado, era una especie de expiación por sus pecados, de hacer las cosas bien a partir de este momento.

Está a un solo gesto de alzar la voz y desvelar a todos los presentes el error que están cometiendo. Sin embargo, no es lo suficiente valiente como para hacerlo y esta realidad le perseguirá hasta que vuelvan a reencontrarse.

Hanna, finalmente, es condenada a cadena perpetua con una prueba que sabemos que no la señala a ella. Se trata de un informe que ella afirma haber redactado. Dato imposible si consideramos que durante esta segunda parte de la novela descubrimos que es analfabeta.

Michael está a punto de decirlo en las consideraciones del juicio. Está a un solo gesto de alzar la voz y desvelar a todos los presentes el error que están cometiendo. Sin embargo, no es lo suficientemente valiente como para hacerlo y esta realidad le perseguirá hasta que vuelvan a reencontrarse.

Tercera parte: una vida condicionada

La vida sigue, aunque a Michael todo lo relacionado con Hanna le continúa afectando en su día a día. Se ha casado y divorciado, todo consecuencia de que es consciente de que nunca volverá a amar a nadie como a ella, simple y llanamente porque no es capaz de mirar a nadie como la mira a ella. Y este es un pesar que siempre lleva a su espalda, que le hace preguntarse si él está bien y si es normal que las emociones de un joven de quince años, que él sabe idealizadas, sigan afectándole tantos años después.

En un determinado momento, Michael comienza a mandar a la cárcel en la que se encuentra Hanna grabaciones con los libros que está leyendo. Sin embargo, hay un detalle del que no somos conscientes hasta que nos lo revelan al final de la historia, pero que tiene una importancia capital: únicamente le narra historias, pero nunca le escribe una carta. Todo lo que tiene que contarle a estas alturas de la vida solo es capaz de materializarlo a través de la literatura. Hanna aprende a leer gracias a las grabaciones de Michael y esta sí que le escribe, pero él nunca responde.

Todo lo que tiene que contarle a estas alturas de la vida solo es capaz de materializarlo a través de la literatura.

Dieciocho años después, su pena es revisada y está preparada para salir de la cárcel.  Michael será el contacto con la prisión con el objetivo de tratar de encontrarle un sitio donde vivir, un trabajo para comer y, en definitiva, el esqueleto de su nueva vida.

Está cada día en contacto con la Dirección y con la propia reclusa que ya cuenta con los dedos los días que le quedan en prisión. Nunca hubiera podido imaginar que el día anterior a su libertad, ella se quitaría la vida.

Sin embargo, hay una carta para Michael. Una especie de testamento en el que le pide a su chiquillo que le entregue todos sus ahorros a la mujer que sobrevivió al incendio por el que Hanna fue condenada. Michael recorre medio mundo en pos de cumplir esta última voluntad, pero la beneficiada por la muerte se niega. Piensa que aceptarlo sería entregarle la absolución por todo lo que hizo y, de alguna manera, ella no está dispuesta a ello. Le sugiere a Michael que lo entregue a alguna organización judía que luche contra el analfabetismo.

 

¿Estamos en nuestro lugar?

La novela toca muchos temas a lo largo de su trama, y este es uno de los que me ha parecido más interesante, sin ninguna clase de duda. ¿Alguna vez has sentido que no te encuentras en tu lugar? Seguro que sí y por ello te podrás ver reflejado en la historia de El lector.

Esta reflexión surge en mi mente en el punto de la historia en la que Max comienza a crecer y prefiere pasar más tiempo con sus amigos que con Hanna. Es cierto que ella le ha descubierto un nuevo mundo, pero él no deja de sentirse un intruso, un invitado en una vida que sabe que no es suya y que en algún momento tendrá que abandonar para reincorporarse a la propia.

El caso es que su propia vida, el lugar donde se supone que tiene que estar por edad, tampoco le es ajeno de ninguna manera. Él, cada día, está más a gusto con sus compañeros. Es cierto que a causa de todas sus experiencias vividas hay ciertos temas que le siguen pareciendo banales, pero también es cierto que poco a poco y a medida de integrase él sabe que quiere formar parte de este mundo. De hecho, las primeras muestras de deslealtad a la propuesta de Hanna se producen cuando empieza a sentirse atraído por una compañera de clase.

De hecho, nunca se atreve a dar el paso por miedo a perder a Hanna, pero la distancia cada vez se hace más grande.

 

El amor como obsesión y necesidad

En la primera parte de la novela encontramos un reflejo del amor que es tremendamente peligroso. Michael se enamora de Hanna, mientras que para ella, probablemente no sea nada más que un juego, una manera de seguir sintiéndose poderosa, con alguien en tu redil, tras haber dejado atrás todo su rol dentro de la Segunda Guerra Mundial. La sensación de sentirse por encima del resto es imposible no recordarla y por ello con su chiquillo tiene la posibilidad de redimirse.

A causa de una deuda que existe en su mente desde el preciso momento en el que Hanna le ayuda con su enfermedad, Max siente que tiene que estar a su lado. Primero por sentirse atraído, luego como si le debiera algo por enseñarle el arte de las prácticas sexuales y, finalmente, por no encontrarse si no está con ella.

 

«El lector» nos muestra un reflejo del amor obsesivo y necesitado que solo puede terminar en una relación tóxica. @copymelo Clic para tuitear

 

Hanna es una manipuladora. Utilizará todo su poder y encantos para colocar a Michael en una posición en la que necesite estar con ella, en la que no sean una pareja o dos personas que disfrutan de su cuerpo en la misma posición, sino que uno controle y mire por encima del hombro al otro, causando en este una sensación de ansiedad en cada momento en el que es proclive a perderla y, de esta manera, jugando la carta de abandonarlo y conseguir que se sienta perdido cuando quiere lograr algo para sí misma.

El lector nos muestra un reflejo del amor obsesivo y necesitado que solo puede terminar en una relación tóxica que destruya una vida, como es lo que le sucede a Michael. En mal momento entraría en su hogar por segunda vez. Esta decisión ha condicionado toda su vida. Desde el primer hasta el último detalle. Acabando con su personalidad, impidiéndole amar, atándolo de pies y manos a nivel emocional.

 

El necesario y tangible choque generacional

El escritor se plantea contarnos muchas cosas en las escasas doscientas páginas que abarca esta historia. Y lo hace con maestría. No te sientes perdido y no es complicado asumir las píldoras de información que te entrega capítulo a capítulo. Una de ellas es el necesario e inevitable choque generacional que se produce entre padres e hijos. Más todavía en un contexto como el de la Segunda Guerra Mundial en Alemania.

Michael está totalmente desenganchado de su familia. Con su padre hay una barrera que le vemos intentar quebrar en todo momento y es imposible. De hecho, más de una vez nos cuenta como narrador de esta historia que preferiría no tener que enfrentar temas delicados con él porque no sabe cómo hacerlo, mientras que su madre aparece en muy pocas ocasiones, lo que nos indica, de una manera u otra, que existe algún tipo de trastorno psicológico en el que el protagonista ha colocado a su pareja mayor como su propia madre. O, mejor dicho, como aquella persona que desde la infancia ha estado encargado de su protección.

Se trata de una época en la que convivían aquellos que apoyaron el régimen nazi o miraron hacia otro lado mientras se produjeron todas las atrocidades, junto a una nueva generación que no había nacido o su edad no le permitió enterarse de nada.

Sin embargo, y más allá de las rencillas que puedan existir dentro de la familia de Michael, la realidad es que el choque generacional que se plantea en El lector va un poco más allá. No en vano, hay que pensar que se trata de una época en la que convivían aquellos que apoyaron el régimen nazi o miraron hacia otro lado mientras se produjeron todas las atrocidades, junto a una nueva generación que no había nacido o su edad no le permitió enterarse de nada y que está profundamente avergonzada por todo lo que se dio en ese contexto.

Puede parecer una tontería, pero solo hay que mirar a España hoy en día para percatarse de la tensión que una realidad como esta puede generar. No en vano, los partidarios de uno u otro lado de la historia siguen enfrentados, sin posibilidad de llegar a acuerdos, con regímenes del pasado que bloquean decisiones que son mucho más importantes… y pasan los años y seguimos sin darles una sepultura digna a aquellas personas que fallecieron durante el conflicto, independientemente de qué bandera enarbolan en una batalla que poco tenía que ver con ellos y muchos con quienes les dirigían y les contaban que eran especiales.

He visto demasiado presente en las páginas de esta historia.

 

Madurar y crecer antes de tiempo

¿Hay realidades en la vida que nos hacen crecer y madurar antes de tiempo? Siempre he pensado que sí. De hecho, yo he afirmado con rotundidad en todas las ocasiones en las que he tenido la oportunidad que a mí el hecho de enfermar tanto tiempo cuando tenía diecisiete años me ayudó a llegar a la Universidad con un punto de vista y unas perspectivas muy distintas en la vida.

La creencia de que la vida es finita y percatarte realmente de todo ello consigue que quieras aprovechar hasta el único segundo persiguiendo aquello que de verdad te enamora. Puede que después te pierdas ciertos momentos por el camino, pero la realidad está ahí y todo esto te hace ver el mundo de una manera distinta, sin olvidar que también somos personas.

Michael, por su parte, une una experiencia traumática y una realidad inesperada al mismo tiempo, lo que potencia muchísimo la influencia que este instante tiene a lo largo de su vida. Después de todo, tú eres consciente mientras lees que la obsesión a la que Michael llega con Hanna se debe también a su reciente enfermedad, a la creencia de que no iba a salir nunca de ahí y a sentirse querido y encajar en un mundo que no ha frenado mientras tú te encuentras aislado. Cuando la vida te abre las puertas de su hogar y no tienes que esforzarte por recuperarlo, todo es mucho más fácil. Y aquí, cada uno de nosotros es humano.

Hanna arrebata a Michael su inocencia y por ello se convierte en un niño mayor perdido a lo largo de toda la novela.

Fuere por lo que fuere, la experiencia de Michael con Hanna a sus quince años le cambia por siempre: le permite madurar, mirar más arriba. No dejarse llevar en muchas ocasiones por las peripecias de los jóvenes de la época y solo hay que ver que, pese a ser un desastre en las relaciones amorosas, el resto de su vida se ha cuadrado desde la edad de veintidós años, mientras que el resto de secundarios parece mucho más alocado.

Hanna arrebata a Michael su inocencia y por ello se convierte en un niño mayor perdido a lo largo de toda la novela, que no puede evitar mirar atrás para ver si es capaz de encontrar esa pieza del puzle que siente que le falta cuando contempla su vida.

 

La Alemania nazi y el castigo de quienes actuaban

El lector tiene como papel destacado en esta historia el pasado de Hanna y los crímenes que cometió durante la Segunda Guerra Mundial. Por ende, no podía seguir con este análisis de la obra sin detenerme en este punto.

¿Cuántas veces hemos caído en el dilema sobre si crímenes de guerra como los que se produjeron durante la Segunda Guerra Mundial en Alemania pueden achacárseles a quienes simplemente cumplían órdenes? Cuando entramos a analizar una realidad tan compleja como esta, entran decenas de factores en juego: el miedo, el no tener opción, ser una pieza más sin poder de decisión en una cadena que no depende de ti, pero en la que no hay opción a bajar… ¿Tú qué piensas?

El lector te pone en una posición todavía más complicada. En esta historia te crea un contexto en la que parece que Hanna, de verdad, no tenía más opción. Siendo analfabeta, la única manera de ganarse el sustento que podía desempeñar era la de guarda de las SS. De hecho, te muestra también el contraste en cuanto a relativos gestos en los que se muestra una faceta que se puede interpretar como amable, en un intento del escritor de que sientas cariño o compasión por ella, de que trates de ponerte en un lugar que no es fácil de comprender para nadie.

Cuando entramos a analizar una realidad tan compleja como esta, entran decenas de factores en juego: el miedo, el no tener opción, ser una pieza más sin poder de decisión en una cadena que no depende de ti, pero en la que no hay opción a bajar…

Yo no tengo una respuesta para ello. De hecho, me he sentido muy en línea con el protagonista y sus continuas dudas. Al igual que él, yo también he estudiado Derecho y no sé en qué punto las leyes tienen que dejar de ser tan inflexibles para dar paso a una humanidad y sentido común que parece que juega un papel mucho más fundamental de lo que tenemos en mente.

¿Se merecen todos los participantes en una calamidad como el Holocausto una pena? ¿Una cadena perpetua como la que sentencian sobre Hanna? ¿Es verdad que en un contexto en el que tuvieron que huir con todas sus prisas del campo de concentración ella quedó tan bloqueada que no sabía que hacer ante un incendio y que primó su vida sobre la del enemigo? ¿Qué entra en juego si se trata de una Guerra?

Son preguntas que te habrás formulado en un millar de ocasiones, pero que nunca está de más tener presentes al enfrentarse a casos como este. Sinceramente, yo no tengo la respuesta. Soy de los que piensan que todo delito tiene que prescribir y que las personas se merecen una segunda oportunidad, pero ¿eso es contrario a que paguen de alguna manera por lo que cometieron? Nunca he vivido una guerra, así que no puedo comprender de qué manera se complica la existencia para una persona. Por ello, en este caso prefiero no mojarme y aprender de aquellos que tengan mayores conocimientos al respecto.

 

Gritos de socorro de personas que nos importan

Uno de los puntos más chocantes de esta historia se da de la mano de Hanna. La coprotagonista de la narración aprende a leer y a escribir en la cárcel. De hecho, el esfuerzo de este aprendizaje es lo único que la mantiene cuerda y con esperanza. Al final va a ser verdad aquello de que el trabajo dignifica. Ella misma acaba cayendo presa de los eslóganes populistas del régimen al que perteneció.

Más allá del clavo ardiendo de esperanza que supone para Hanna la escritura y la lectura, este gesto se convierte en una llamada de socorro hacia Michael. Él nunca respondió ninguna de sus cartas, pero es la única persona a la que Hanna escribe, la única persona de todo el mundo en la que confía y con la que no se ha sentido sola. O, por lo menos, la que sabe que volverá si le llama con la suficiente fuerza, que para aquello le adiestró. No sé cuál es la faceta de Hanna que se enseña en este punto. Es un personaje tremendamente complejo, una realidad que no me permite desentrañar en cada escena.

Al final va a ser verdad aquello de que el trabajo dignifica. Ella misma acaba cayendo presa de los eslóganes populistas del régimen al que perteneció.

Al final se ahorca. Se quita la vida. Decide que no está preparada para volver al mundo real. Pero, ¿cómo habría sido el cuento si Michael hubiera respondido alguna de sus cartas? Probablemente habría encontrado en la libertad una realidad menos inhóspita, un espacio al que no era tan peligroso enfrentarse al ser consciente de que por lo menos una persona le tenderá la mano.

Llegado a este punto me gustaría realizar una pequeña reflexión. ¿Cuántas veces una persona cercana nos habrá imbuido en sus gritos de socorro disfrazados de cualquier excusa y no nos habremos percatado de que lo que necesitaba era el auxilio que solo en ciertas personas podemos encontrar? Existen personas asustadas que no son capaces de pedir ayuda de manera directa. Se sienten bloqueados, débiles y esbozan el canto de sirenas de cualquier manera que no los coloque en dicha situación de vulnerabilidad. Por ello es tan importante estar atentos a quienes sabemos que conocemos bien, pues solo así seremos capaces de atisbar estos instantes que pueden salvar vidas (metafórica y realmente).

 

¿Todo tiene perdón?

La novela plantea un dilema muy interesante en su parte final. ¿Tiene todo perdón? Cuando Michael encuentra el testamento somos conscientes de que todo lo que ha hecho Hanna desde el momento en que se ha terminado la Segunda Guerra Mundial ha sido en pos de reconciliarse con el mundo, pero sobre todo consigo misma. Ser capaz de quitarse esa carga que no la ha dejado vivir en paz, que la ha aislado del mundo y, finalmente, encerrado en una cárcel hasta el final de sus días. Así que la pregunta es esta: ¿existen realidades que no se pueden perdonar?

Evidentemente cada uno de nosotros tendrá una respuesta. Un pensamiento y manera de ver el mundo que claudicará en su agradecimiento ante situaciones que nos parecen a todas luces intolerables, así como cuantías de tiempo tras las que podemos volvernos más proclives a dejar correr el tiempo.

En este apartado me gustaría preguntarte. ¿Tiene todo perdón? ¿Hay realidades que de verdad no se pueden conciliar nunca? Si te digo la verdad, yo no tengo ni idea. No tengo una opinión formada. Pero lo que sí que sé es que, por lo menos a día de hoy, nadie me ha hecho nada que yo no sepa dejar atrás. Pero no pondría la mano en el fuego porque pudiera perdonar cualquier realidad en cualquier tesitura. Hay circunstancias que o vives o no son más que hipótesis sin sentido.

 

El giro que puede dar una novela con la técnica del salto temporal

La novela tiene una trama realmente interesante, pero es que además a nivel técnico sabe hacer muy bien las cosas el autor. De verdad. Cuando empiezas a leerlo no tienes ni idea de qué va a suceder, ni mucho menos de cómo se va a dar.

Entre la primera y la segunda parte pasan siete años y esto lo sabe utilizar a la perfección Bernhard Schlink para contarte su historia. En este salto se produce el mismo choque con la realidad que tiene un joven de quince años si se contrapone con su versión de veintidós. Es decir, que nos percatamos de que hasta ese punto estábamos observando la historia con la inocencia del joven. De hecho, no es hasta el final del a novela que somos conscientes de que no es que sea un narrador omnisciente en pasado en primera persona, sino que se trata de la propia historia del niño narrada por él mismo, lo que consigue que todo el planteamiento cobre mucho sentido.

Creo que una de las razones por las que esta novela me ha enamorado es por la manera en la que se han gestionado también los tempos cuando no existía narración.

A veces no nos damos cuenta de los recursos que están utilizando los escritores con nosotros para crear el ambiente al que han querido dar a luz, Por ello en muchas ocasiones resulta tan interesante frenar y pararse a analizar. Esta historia no hubiera funcionado de otra forma y de esta manera se convierte en una auténtica maravilla. Somos capaces de encontrar los contrastes morales del autor, de hallar la manera en la que cambia su punto de vista, de que, incluso, Alemania avance lo suficiente como para que se empiecen a juzgar los crímenes de guerra que habían quedado en el olvido…

Creo que una de las razones por las que esta novela me ha enamorado es por la manera en la que se han gestionado también los tempos cuando no existía narración. En el segundo salto hasta la tercera parte también se puede apreciar, aunque es distinto. El choque es menor, pues ahora la mayor contraparte es el hecho de que Michael ha formado y arruinado una familia porque sigue obsesionado con Hanna.

De hecho, me he quedado con ganas de saber un poco más, de un último salto antes del final que me resolviera las dudas que me quedaran pendiente. Un epílogo para su propia vida.

 

Conclusiones sobre El lector

No sé si se ha convertido en uno de mis libros favoritos o no. Voy a necesitar tiempo para digerirlo por completo. Lo que sé es que es el tipo de historia que necesitaba para devolverle todas las ganas de leer. De recordarme que hago este blog y el canal de YouTube con el objetivo de transmitir la pasión por la literatura. Porque hay obras que merece la pena descubrir y esta es una de ellas.

 

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