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El mito de Narciso

John William Waterhouse: Eco y Narciso
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El mito de Narciso

 

Terminó comprendiendo que se había tomado por otro y que su amor era imposible y murió junto al agua. Se transformó entonces en una flor, que quedaría como símbolo de la muerte prematura. @isionperez Clic para tuitear

La versión más conocida de este mito es la que Ovidio escribe en el Libro III de las Metamorfosis. Narciso era hijo del río Cefiso y de la ninfa Leiríope. Su belleza provocaba el amor en hombres y mujeres, pero él rechazaba inflexiblemente a todos. Cuando la ninfa Eco se enamoró de él, Narciso dijo preferir mil veces la muerte a sus abrazos. Un joven con el corazón roto se lamentó desesperado, deseando que Narciso llegase a amar con intensidad, pero que no pudiera poseer nunca el objeto de su amor. Némesis oyó este lamento e hizo que ese deseo se volviera realidad. Un día en que Narciso regresaba de cazar pasó cerca de un arroyo y, al inclinarse para beber, vio su propia imagen reflejada en el agua. Sintió entonces un enorme deseo por aquel al que veía, sin saber que era él mismo. Cada vez que intentaba alcanzar al joven, su imagen se disolvía. Al no poder obtener a su enamorado, languideció por culpa de su pasión. Terminó comprendiendo que se había tomado por otro y que su amor era imposible y murió junto al agua. Se transformó entonces en una flor, que quedaría como símbolo de la muerte prematura.

El tema inspiró versiones literarias muy diferentes.

 

El 12 de julio de 1661 se representó por primera vez el drama mitológico de Calderón de la Barca titulado Eco y Narciso.

 

Giambattista Marino lo utilizó en la obra Adonis, publicada en París en 1623 y dedicada al rey Luis XIII de Francia. El poema, dividido en veinte cantos, trata sobre el amor de Venus por Adonis. Este marco le sirve al autor para introducir diversas historias mitológicas, entre las cuales se encuentra la de Eco y Narciso. El objetivo de estas digresiones sería el juego erudito con el lector, que tendría que identificar las fuentes.

El 12 de julio de 1661 se representó por primera vez el drama mitológico de Calderón de la Barca titulado Eco y Narciso. El autor recoge el tema de Ovidio. Es la historia de un amor inalcanzable, con personajes que terminan transformándose o desapareciendo. La historia transcurre en la Arcadia, un lugar protegido por los dioses, en una primavera eterna, con personajes vanidosos que conviven en una apariencia ajena a la realidad, donde se crean espejismos.

El divino Narciso (1689) es uno de los autos sacramentales de Sor Juana Inés de la Cruz. Se divide en cinco cuadros y presenta personajes mitológicos, alegóricos y bíblicos, junto a creencias precolombinas. Narciso es una personificación de Jesucristo que vive enamorado de su imagen, además de representar la belleza de la juventud. A partir de ritos aztecas, sor Juana Inés  presenta la veneración a la Eucaristía y representa la conversión colectiva al cristianismo.

 

La figura de Narciso aparece como telón de fondo en El retrato de Dorian Grey de Oscar Wilde.

 

Rousseau escribió en su juventud la comedia Narciso o el amante de sí mismo, en la que reflexiona sobre el amor propio y el amor a sí mismo. El protagonista, Valerio, es un joven apuesto que se enamora de un retrato en el que se le había representado como mujer, aunque él no lo sabe. Es una comedia de equívocos, con dos tramas paralelas que tienen en común la ocultación y el posterior reconocimiento de la identidad. La obra fue representada por la Comedie Française en 1752, manteniendo al autor como anónimo, aunque Rousseau la publicó muy poco tiempo después de esa primera representación.

El amor a uno mismo aparece también en Narciso en la isla de Venus, del poeta francés Clinchamp de Malfilâtre, que se publicó póstumamente en 1789. Se trata de un poema de cuatro cantos. En esta obra Narciso está destinado a amar a Eco, pero se enamora de su propio reflejo y  muere de desesperación al descubrir la verdad («Acaricia esta dulce imagen en paz/ pasa a sus pies tu gloriosa vida, / en los espejos, en el mejor cristal/ busca los rasgos que deleitan tu alma»).

 

Federico García Lorca ofrecerá una visión intimista del mito, amorosa, en el poema Narciso (I y II), perteneciente a Canciones, de 1924.

 

El poeta portugués Antonio Feliciano de Castilho representó el peligro del amor a sí mismo en Cartas de Eco a Narciso, de 1821. El autor sigue la versión del mito dada por Ovidio, en la que Eco se enamora del apuesto Narciso al verlo varias veces. La ninfa, al no poder contener su pasión, decide escribirle. Pero el muchacho no puede corresponder a Eco porque ya está enamorado de sí mismo. En el prólogo a la obra se enumeran las diferentes ocasiones en que autores clásicos han utilizado la imagen de Narciso reflejado en las aguas (Virgilio, Ovidio, Calpurnio o Pero de Andrade). La obra se estructura en dos partes de veintiuna cartas escritas de forma alterna por los dos personajes y se cierra con las quejas de Leríope.

La figura de Narciso aparece como telón de fondo en El retrato de Dorian Grey de Oscar Wilde. El pintor Basil Hallward queda impresionado por la belleza del joven Dorian Grey y pinta su retrato. Pero Grey se obsesiona con mantenerse siempre joven y ese deseo se convertirá en tragedia al ser escuchado. Mientras Dorian mantiene siempre la apariencia del cuadro, la figura representada envejecerá por él. Partiendo del tema de la eterna juventud, Wilde presenta como verdadero tema central el narcisismo, la excesiva admiración por uno mismo.

André Gide en su Tratado de Narciso (1891) convierte la figura mitológica en el artista preocupado por ir más allá de las apariencias. La transparencia del agua en que Narciso se contempla será símbolo de la perfección artística. La obra lleva como subtítulo «Teoría del símbolo» y está dedicada a Paul Valéry.

 

Aunque la mayoría de las versiones insisten en lo negativo del amor a sí mismo, Paul Valéry invierte esta perspectiva y muestra que no hay amor más verdadero que este.

 

Federico García Lorca ofrecerá una visión intimista del mito, amorosa, en el poema Narciso (I y II), perteneciente a Canciones, de 1924: «Narciso. / Tu olor. / Y el fondo del río. /Quiero quedarme a tu vera».

Aunque la mayoría de las versiones insisten en lo negativo del amor a sí mismo, Paul Valéry invierte esta perspectiva y muestra que no hay amor más verdadero que este. Narciso se convierte en el símbolo del espíritu consciente del propio yo, que busca conocerse. Valéry muestra su fascinación por el mito en diferentes ocasiones, como en Narciso habla (de 1890) su poema Fragmentos de Narciso (que se incluye en Encantos, de 1926) o el texto dramático de la Cantata del Narciso (1941). A lo largo de estas versiones, el poeta francés mostrará que la búsqueda del conocimiento es imposible de alcanzar, como era inútil la búsqueda de sí mismo de Narciso: «¿Sabe este cuerpo puro que puede seducirme? / ¿Con qué profundidad sueñas tú instruirme, / Habitante abismal, huésped tan especioso / De un cielo oscuro abajo, lanzado de los cielos?».

Max Aub dedicó un drama en tres actos a Narciso en 1927. Presenta una recreación moderna, una versión vanguardista del mito. El autor presenta la preocupación por el aislamiento del hombre y por su incapacidad de comunicación. En esta versión, el protagonista Narciso acaba enamorándose de Eco y ella lo abandonará por un viejo amante. Este se llama Juan, un nombre que servirá como contraste anacrónico con el fondo mítico de la historia. La tragedia queda así difuminada.

 

Imaginamos a Narciso delante del espejo, cuyo cristal y metal suponen una barrera para sus propósitos.

 

El filósofo Gaston Bachelard estudió el significado del mito de Narciso en El agua y los sueños, de 1942. Plantea que bajo las imágenes superficiales del agua existen imágenes cada vez más profundas y tenaces. Y en las propias contemplaciones, el personaje sentirá abrirse la imaginación.

Bachelard hace referencia al prólogo de la obra de Louis Lavelle, El error de Narciso. En esta se señala la profundidad del reflejo acuático y el infinito del sueño que sugiere. Imaginamos a Narciso delante del espejo, cuyo cristal y metal suponen una barrera para sus propósitos. Se ve, pero no se puede agarrar. Puede disminuir la distancia entre él y la imagen, pero no franquear esa distancia. Por el contrario, la fuente es un camino que se abre. La fuente ofrece la oportunidad de la imaginación abierta.

Imagen: Wikipedia
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