La primera revista para escritores

¿Qué hay detrás de un nombre?

Ponles nombre a tus personajes (I)

El inspector Nestor Burma creado por el escritor Léo Malet en 1942, llevado a la novela gráfica por Jacques Tardi.
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El nombre de los personajes

«La primera tarea de Adán en el Edén había sido la de inventar el lenguaje, darle su nombre a cada criatura y a cada cosa. En ese estado de inocencia, su lengua había ido directa al meollo del mundo. Sus palabras no habían sido simplemente adosadas a las cosas que veía, sino que habían revelado sus esencias, las habían traído literalmente a la vida. Una cosa y su nombre eran intercambiables», dice uno de los protagonistas de Paul Auster en su novela Ciudad de Cristal

 

Una visión que choca con las palabras que le dice Julieta a Romeo: «Lo que llamamos rosa, con cualquier otro nombre olería igual», dando a entender que el nombre de las cosas no es más que un azar lingüístico. ¿Es esto cierto? Uno podría pensar que sí, que una rosa en otros idiomas recibe otros nombres y todos ellos definen igual de bien la planta. Pero ¿sucede lo mismo con los nombres propios? ¿Importa el nombre de nuestros personajes de ficción? ¿Su imagen sería la misma con otro nombre? ¿Qué dice un nombre del personaje?

¿Importa el nombre de nuestros personajes de ficción? ¿Su imagen sería la misma con otro nombre? ¿Qué dice un nombre del personaje? @Aka_RichterBoix Clic para tuitear

Para los psicólogos, el nombre propio, obviamente, no es un nombre más. Es de alguna manera lo que permite al individuo definirse e identificarse consigo mismo y ante los otros. El psicoanalista francés Jacques Lacan considera que el sujeto nace «cuando el ser humano se sumerge en las condiciones de la palabra, y por tanto, determinado por un otro que también está marcado por las condiciones de la palabra». ¿Qué significa esto? Significa que el ser humano es un sujeto que piensa, habla, siente, desea y actúa, pero al mismo tiempo es también objeto del pensamiento, habla, sentimiento y deseo de los demás. Y para definir al sujeto y al objeto se requiere el nombre. El nombre propio.

Se piensa que para que el bebé pueda nacer como sujeto, es decir, un ser constituido por el lenguaje, previamente ha tenido que hacerlo en el universo simbólico de sus padres. Y eso suele ocurrir antes incluso del parto, cuando sus padres empiezan a pensar en él y a nombrarlo. Una vez nacido, los padres le hablarán, se referirán a él por su nombre propio o por un apodo cariñoso. Junto al nombre, los padres irán agregando adjetivos, refiriéndose al pequeño como el glotón, dormilón, gritón, rabietas, cariñoso, etc. Hasta que llegue el día en que el bebé se dé cuenta de que ese nombre le pertenece a él. En ese momento, en el que el bebé acepta como suyo el nombre, nace como sujeto, como agente de su vida, y adopta con ello los rasgos subjetivos que le han adjudicado los padres.

Así pues, en la vida real el nombre propio tiene como función reconocer a la persona como sujeto y unificar en él todas las características que lo definen. No es de extrañar que lo primero que respondamos a ¿quién eres? sea nuestro nombre propio. Podríamos dar muchas respuestas, no necesariamente nuestro nombre. Podríamos definirnos por nuestra actividad, por nuestro origen, por de donde venimos, lo que hacemos, pero en lugar de ello, nos presentamos con nuestro nombre, pues es el que define nuestra subjetividad.

Nombrar a alguien, aunque este sea de ficción, no es un simple acto, sino todo un proceso.

¿Por qué digo todo esto? Para recordarnos que nombrar a alguien, aunque este sea  de ficción, no es un simple acto, sino todo un proceso. Un nombre dice mucho de la persona, pero también sobre su origen. Lo saben muy bien los psicólogos. Tras la decisión de poner un nombre pesan los elementos familiares e históricos. El nombre lleva en sí mismo toda una historia cargada de sentidos y significados, que de alguna manera serán codificados e interiorizados por su portador. El nombre señala aspectos de los deseos y expectativas de los padres, igual que pone de manifiesto ideales y creencias familiares. No solo eso, sino que se ven marcados por aspectos socioculturales, por la época de la persona. No hay más que explorar las listas de los nombres de niños más comunes a lo largo de los años, para darse cuenta de que lo común fluctúa en función de las modas. Los nombres que otorgan los padres a sus hijos no son neutros. Tampoco lo pretenden.

Los personajes de una novela, debemos pensarlos como los hijos del autor, y por tanto tampoco pueden tener unos nombres neutros. No puede dejarse el nombre de los protagonistas al azar lingüístico, ni decidirse de manera inmediata a medida que se escribe. Como en la vida real, el nombre de un carácter significa algo, aunque sea solo para remarcar el carácter común y corriente de un personaje. Si lo que queremos es destacar que nuestro protagonista es una persona común sin connotaciones especiales, deberemos buscarle un nombre corriente, pudiendo acudir a las ya mencionadas listas de nombres más comunes de bebés. Debemos ser conscientes de que bautizar a nuestros personajes es un proceso importante. Un gran paso en la obra del autor. Igual que el nombre de un hijo no se decide en unas pocas horas, el nombre del personaje debería ser meditado. Deberemos pensar qué es lo que queremos que ese nombre transmita, pues ya hemos dicho que los nombre no son neutros.

Cartel del estreno de la versión cinematográfica de «La muerte en Venecia» en 1971

El nombre de Gustav es en referencia al ilustre compositor de la época, Gustav Mahler, vinculándolo así con el mundo del arte refinado; pero además al nombre le añade el distintivo von que hace referencia a un origen noble o burgués, muy propio para un intelectual de la época.

Analicemos un momento el nombre del protagonista de Muerte en Venecia. En su obra clásica, Thomas Mann bautizó al protagonista como Gustav von Aschenbach. La historia se centra en el conflicto interno de un afamado, envejecido y agotado escritor alemán. Vivimos con el personaje sus últimos días de vida. Para el personaje, el escritor buscó un nombre que llevase implícito el sentimiento de la historia. El nombre de Gustav es en referencia al ilustre compositor de la época, Gustav Mahler, vinculándolo así con el mundo del arte refinado; pero además al nombre le añade el distintivo von que hace referencia a un origen noble o burgués, muy propio para un intelectual de la época. Si el personaje, en lugar de ser un escritor intelectual, hubiese sido un comercial o un granjero, el nombre no hubiese podido nunca ser el mismo. El nombre evoca a un origen social alto, el cual inconscientemente asociamos con una serie de trabajos. Pero hasta el apellido está escogido por su simbología. Aschenbach hace sin duda alegoría a su desmoronamiento, tanto vital como moral a lo largo de la historia: Aschen en alemán significa cenizas, y Bach, arroyo. El nombre de alguna manera condensa el carácter, la posición y el sentir del personaje. No es un nombre cualquiera, sino uno bien meditado.

Hoy en día, con un procesador de texto es muy fácil cambiarle el nombre a nuestro protagonista. Seguramente más de una vez lo has hecho. Yo lo he hecho. No hay más que escoger buscar, teclear su nombre y luego desplazarse hasta sustituir y escribir ahí el nuevo nombre. Pulsar la tecla y, ¡ya está! En todo el documento el nombre del personaje habrá cambiado en menos de un segundo. Pero cambiar a medio relato o al final, el nombre del personaje es algo así como robarle parte de su esencia. ¿Le cambiarías el nombre de tu hijo a los dos o tres años? Es mejor, antes de ponerse a escribir, estrujarse un poco los sesos para buscar el nombre apropiado para cada uno de nuestros personajes. Sobre todo, el del protagonista y los personajes secundarios. Sin exagerar, el protagonista viene a ser el hijo del escritor. Será en base al protagonista que crearemos una historia, le construiremos un pasado, le dotaremos de carácter y sentimientos específicos, un oficio y una posición social. Es tarea del autor conseguir que los lectores sientan interés por su evolución. Querrán saber cómo resuelve sus dilemas internos y externos. Una novela, sobre todo, es su protagonista, y todo protagonista debe tener un nombre que sea fácilmente recordado por el lector.

Una novela sobre todo es su protagonista, y todo protagonista debe tener un nombre que sea fácilmente recordado por el lector. @Aka_RichterBoix Clic para tuitear

Al pensar el nombre del protagonista debemos tener en cuenta la sonoridad del mismo. Leerlo en voz alta para hacernos a la idea de cómo suena. Un nombre fácil de pronunciar hará que resulte más fácil de recordar. Pero no podemos asignarle un nombre demasiado común, a menos que con ello queramos resaltar esa condición. El protagonista, sin necesidad de llevar un nombre extravagante, debe alejarse de lo muy común para que sea identificable sin problemas. Hay que encontrar el balance en los nombres de los personajes para que resulten naturales, pero al mismo tiempo se conviertan en nombres únicos y especiales.

Antes de acabar esta entrada me gustaría dejar aquí unos enlaces de unas páginas web en las cuales se explican el origen y significado de nombres y apellidos. Un recurso que puede ser útil para dotar de simbología a nuestro personaje. En la próxima entrada hablaremos de algunos recursos e ideas a la hora de poner nombre a nuestros personajes. Hasta entonces.

http://www.behindthename.com/

http://surnames.behindthename.com

 

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