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El sentido del estilo literario

Hablemos de estilo literario

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El sentido del estilo literario

 

La palabra escrita prolifera: redes sociales y mensajes de texto, blogs, libros electrónicos que se suman a los de papel, viejos resistentes. Con independencia del formato que se prefiera, escribimos más que nunca. La pregunta que tratamos de responder aquí es si tiene sentido colar al estilo en medio de todo esto.  

 

¿Tiene sentido hablar de estilo literario?

¿De qué hablamos cuando hablamos de buena prosa? ¿Tienen razón de ser estas cuestiones ahora que el escribir se ha vuelto más espontáneo y asilvestrado, incluso? 

Tal vez ni siquiera sea posible hablar de un sentido general; pasaría igual que pasa con el sentido de la vida: cada uno ha de darle el suyo. Ahora bien, más allá de que lo particular se imponga a lo general, será bueno dilucidar qué hay de común en los diversos sentidos. Algo así como lo que pasa en las religiones, que, más allá de ritos y dioses, todas apuntan a lo mismo.  

Escribimos, en efecto, más que nunca y parece que escribir sirviera, más que nunca, también, a la causa de la espontaneidad. Poco sentido tendría el estilo en medio de ese panorama. 

La poeta estadounidense Elisabeth Bishop decía que «escribir poesía es un acto antinatural». Añadiré que no solo la poesía; escribir prosa también es un acto antinatural.

 

Escribir es un acto antinatural

La poeta estadounidense Elisabeth Bishop decía que «escribir poesía es un acto antinatural». Añadiré que no solo la poesía; escribir prosa también es un acto antinatural. Lo natural es hablar es para lo que venimos dotados de un aparato fonador ad hoc 

Y puesto que es antinatural el acto de escribir, nos cuesta hacernos entenderNos resistimos a admitir que el resto del mundo tal vez no sabe de qué hablamos cuando nos proponemos escribir acerca de algo. El resto del mundo no está situado en el mismo lugar que nosotros y es fácil que no vea lo mismo que vemos nosotros.  

Lo triste de esto es que, a pesar de la distancia entre nosotros y los demás, hay quienes se empeñan en añadir dificultades en forma de prosa oscura, grandilocuente, inflada de términos faltos de gracia y sin ninguna vitalidad 

El santo y seña parece ser llegar cuanto antes, acabar cuanto antes, publicar cuanto antes. Comerse el mercado. 

Ni guías de estilo ni cursos de escritura

Zarandeamos la lengua a diario. Vamos colando en ella palabras como viejuno, porfa, todos y todas o gayumbosokupa, friki o posverdad. Unas se van, pero otras se quedan a formar parte del vademécum lingüístico. Y tengo la ligera sospecha de que no son del agrado de los eruditos del estilo, aferrados a la tradición, reacios a dejarse soliviantar por la evolución de este organismo vivo que es la lengua. Se tiran de los pelos cada vez que un término sin santificar pretende acabar con la civilización.  

«No hay guías ni cursos de escritura que te alisten para lidiar en el mercado del estilo actual», dice Steven Pinker, profesor del Departamento de Psicología en la Universidad de Harvard. Guías y cursos, dice, lo convierten todo en una carrera de obstáculos gramaticales, sintácticos y ortotipográficos de donde no fuera posible escapar con más vida literaria. No hablan de pasión ni de goce ni de placeres de otro tipo 

El santo y seña parece ser llegar cuanto antes, acabar cuanto antes, publicar cuanto antes. Comerse el mercado.  

Nada más cuenta. 

 

Prosa clásica versus prosa moderna

Quizá hay un prejuicio con el estilo clásico como algo alejado de la prosa práctica actualComo si los autores de entonces hubieran necesitado engatusar a sus coetáneos con parafernalia barroca por no tener nada mejor que decir. O para dar bombo a lo que en el fondo no era sino falta de ideas. 

Eso, por supuesto, es falso. Los escritores clásicos estaban dotados de una variedad de sinapsis no solo ágiles, sino agudas, y exhibían un tesón que para sí quisiera más de un escritor contemporáneoEsto les hacía hábiles, sobre todo, para mostrar puntos de vista idóneos desde los que observar la realidad ficcional, reveladora de esa otra realidad provisora de materia prima.  

Pero ni toda la prosa debería ser clásica ni cada escritor empecinarse en imitar estilos que no le surgen de forma natural. Lo que sí debería hacer cada escritor es leer la prosa de los clásicos. Se aprende latín; y digo latín no me refiero solo a vocabulario y refinamiento en el decir, sino a foco: los clásicos cuentan lo que tienen que contar sin irse por las ramas. Son concretos aunque hablen de conceptos abstractos. Y aunque se extiendan. 

Otra cosa que sería recomendable para cada escritor es conocer la sintaxis. Asícuando le asaltaran ideas y no lograra poner orden ahí, podría construir frases coherentes desde el punto de vista gramatical. Ayudaría al lector a transitar con éxito el camino de baldosas amarillas de su narración. 

 

Es preocupante que a un escritor no le inquieten los modos de decir ni escoja con mimo cada palabra que vuelca en su relato. @marianRGK Clic para tuitear

 

A menor conocimiento, mayor zarandeo del lenguaje

Componer una escena o un pasaje literario implica organizar las ideas según una jerarquía. Lo difícil es poner orden en el caudal de imágenes que asaltan la cabeza, semejante al zumbido de un avispero.  

Porque si tiene delito atropellarse en el hablar según en qué contextos, mucho más lo tiene escribir arrollándolo todo. La falta de conocimiento habilita el camino para largarse a contar sin filtros ni conciencia de lo que se cuenta.  

Sin embargo, el desafío del lector es transitar el texto como si de una corriente se tratase e ir descubriendo la hilatura lógica de las ideas volcadas en él.  

Es preocupante que a un escritor no le inquieten los modos de decir ni escoja con mimo cada palabra que vuelca en su relato; lo es que, a pesar de que dice haber leído y mucho, no haya logrado afinar ni su oído musical ni, menos aún, sus errores semánticos. De ortografía, ni hablamos: no reparar siquiera en lo que el corrector virtual subraya dice bastante de su nivel de exigencia. Es el reino de la negligencia y la pereza. 

En el extremo contrario están los que se pasan de frenada, los cultos por demás: cursis, sabihondos, tiquismiquis, incapaces de dar a sus personajes una voz propia porque invariablemente se les cuela la suya.  

O los que escriben forzándonos a tener un diccionario a mano o a abandonar la lectura por imposible. 

 

Ni vagos ni fanáticos, sino perspicaces y razonables

Los valores lingüísticos van cambiando con el paso del tiempo: hay términos que ingresan porque resultan eficaces y otros que desaparecen porque dejan de nombrar —no siempre— ciertas realidades. Para no comportarnos como nazis de la gramática, deberíamos considerarlos como elecciones del gusto que cada usuario hace de la palabra; y por descontado, de la escritaAsí lo defiende Steven Pinker en su libro El sentido del estilo que ha dado pie a este artículo 

Muchos de los términos que conforman hoy nuestros modos de decir y, sobre todo, de escribir —puesto que a eso veníamos— fueron neologismos en su día, pese a los puristas de la época. Y pese a los dogmas 

Como hay mucho que decir sobre estilo y no parece agotarse —sobre todo, en su vertiente más práctica y funcional, seguiremos rondándolo en próximas entradas. Aun así y coincidiendo con Pinker, concluiremos en esta con que estilo, ser humano y competencia intelectual son conceptos que se dan la mano.  

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