La primera revista para escritores

El yo cicatricial, de Antonio Jesús Sánchez

0 455

Extracto del libro EL YO CICATRICIAL, de Antonio Jesús Sánchez Rodríguez, Madrid, Editorial Manuscritos, 2019.

El autor es Doctor en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid y en este libro realizado un análisis sobre cómo afrontar el dolor y la enfermedad desde la dignidad humana, dentro de la línea de pensamiento filosófica personalista. Disponible en Amazon. Es también autor del libro Fisicoculturismo. Orígenes antropológicos y connotaciones filosóficas, Madrid, Editorial Dykinson y Universidad Carlos III de Madrid, 2019.


El yo cicatricial es la forma en que el sujeto vive su dolor, enfermedad y muerte, que le dejan una herida que se cura mediante la dignidad del sujeto y negando toda noción de caída de ese sujeto (caída ontológica que tiene connotaciones también éticas). El yo cicatricial es el yo enfrentado a la conciencia, la existencia y la alteridad, que se le ponen en evidencia en los momentos extremos del dolor, la enfermedad y la muerte, cambiando su forma de ver el mundo, su forma de ser e incluso su forma de hablar y pensar. Dicho en otros términos, el yo cicatricial es un yo cambiado en su existencia, normalmente con una mejor y más sólida moral, con mayor conciencia, con mayor sentido de su existencia y con un concepto del otro distinto, más fraterno, más humano, más cercano porque más vivido.

Cuando mi cuerpo ha enfermado –cuando ha aparecido la herida que me deja la cicatriz y que me insinúa que he caído–, no he sabido qué le pasaba, pero entendía (y bien) que me ponía en evidencia, que se manifestaba falible, y que me dejaba lleno de señales ante la presencia de una herida profunda, no visible sino en sus señales. Me hacía tambalear, por lo que necesitaba una muleta para poder caminar o reposar en cama. La enfermedad ataca a mi cuerpo ante mis ojos, pero mi cuerpo soy yo, y yo soy mi cuerpo, mas no puedo hacer nada sino pedir ayuda externa a la clínica. Mi cuerpo no puede defenderse solo, pero sí puede coadyuvar en la defensa. Mi cuerpo es un buen ayudador, y ayuda.

La cicatriz nos recuerda las batallas que han provocado nuestras heridas, y nos recuerda el dolor, pero también el final del dolor, pues la cicatriz no es la herida, sino el signo que esta ha dejado cuando se ha curado. «El yo… Clic para tuitear

Miro las muchas cicatrices por las operaciones médicas realizadas en mi cuerpo, desde la distancia, desde una atalaya que falsamente identifico como mi mente y sus aliados los ojos, unos ojos que me mienten porque mis ojos son también parte de mi cuerpo. Parece que la enfermedad ha atacado todo mi ser porque no puedo eludir esas cicatrices, son mías; son muchas y son mías, y están en mí y forman parte de mí, de mi esencia, de mi condición de ente. Esas cicatrices lo son en mí mismo como sujeto. Son señales o reflejos de la herida que subyace, pero me dignifican. «No quiero morir sin tener cicatrices», se dice en la película El Club de la Lucha (David Fincher, 1999). Las cicatrices nos dignifican porque son nuestras, son reflejo de lo que somos o de lo que hemos sido, porque somos con las cicatrices, y también nosotros hemos sido cuando tuvimos la herida que ha provocado esas cicatrices. Por eso en El silencio de los corderos (Jonathan Demme, 1991) se dice que «(l)as cicatrices nos recuerdan que el pasado fue real».

El yo cicatricial - Antonio Jesús Sánchez

No quiero batirme a golpes como en El club de la lucha —pues no creo que uno tenga que luchar para sentirse vivo ante el marasmo de la vida que nos trae el capitalismo, o al menos no practicar boxeo si por ello se entiende la lucha–, pero yo tampoco quiero morir sin tener cicatrices, aunque sea la herida que deja dichas cicatrices la que termine conmigo. Me gusta esta frase que leo en el blog textosparatumotivacion: «la cicatriz es la forma de expresión que utiliza el tiempo para reflejar una batalla combatida, ya sea ganada o perdida».

Cicatriz es batalla en el tiempo como arruga es tiempo sin batalla. «El yo cicatricial» Clic para tuitear

La cicatriz –a diferencia de la arruga– nos dice que no olvidemos las batallas que han provocado nuestras heridas, y nos recuerda el dolor, pero también el final del dolor, pues la cicatriz no es la herida, sino el signo que esta ha dejado cuando se ha curado. Si a medida que vamos envejeciendo hemos de «aprender a arrugarnos», como dice Carlos Díaz, también hemos de aprender a cicatrizar y a cicatrizarnos. Si la arruga es el sello del paso del tiempo, la cicatriz es el sello de la batalla en el paso del tiempo. Cicatriz es batalla en el tiempo como arruga es tiempo sin batalla. Por eso la arruga en el tiempo nunca se convierte en cicatriz, y la cicatriz llega a convertirse en arruga con el paso del tiempo que todo lo cura.

Lo anterior es una ética de la exaltación de un yo que precisa primero ser exaltado para luego presentarse en sociedad buscando una exaltación mutua. No viceversa. La cicatriz exalta al sujeto que, sanado, sale a la sociedad y explica cómo se ha sanado con la ayuda de los demás. Ayúdame a curarme y te curaré y ayúdame a exaltarme y te exaltaré. Nadie en su sano juicio sale a la calle en invierno en ropa interior, pues primero uno se viste, y si hace frío se pone un buen abrigo.

Yo soy mi cuerpo con mis cicatrices, mis cicatrices son vivenciales, soy yo, son parte de mi yo, un yo zaherido por el dolor y la enfermedad, pero inexpugnable en su dignidad última, mi yo es un yo cicatricial. Clic para tuitear

Las éticas del amor ciego a los demás me suenan a salir a la calle en ropa interior en una fría mañana de invierno. Ámate y amarás, pues el amor no tiene límites, solo el tiempo, tu inteligencia y tú mismo. Si no te amas a ti mismo y no conoces el amor, ¿qué buscas amar en los demás? Quieres completar tu carencia pero nada consigues. Quieres fuerza amando al otro pero solo manifiestas tu flanco carencial. Y si solo te amas a ti mismo o reniegas del amor del otro, no eres capaz de amar nada ni a nadie, al igual que no hay ningún puente que una solo una orilla: se cae por la otra orilla. Eso no es un puente, y aquello no es amor. Sea como fuere, con arrugas o sin arrugas, con cicatrices o sin cicatrices, exáltate (o déjate exaltar) y exaltarás exaltando. Dignifícate (o déjate dignificar) y dignificarás dignificándote. Purifícate (o déjate purificar) y purificarás purificando. Ámate (o déjate amar) y amarás amando.

Yo soy mi cuerpo con mis cicatrices, mis cicatrices son vivenciales, soy yo, son parte de mi yo, un yo zaherido por el dolor y la enfermedad, pero inexpugnable en su dignidad última, mi yo es un yo cicatricial. Y lo es porque tiene cicatrices. Soy tejido sano, tejido enfermo y tejido cicatricial (que no es tejido sano, pero tampoco tejido enfermo). Mi cuerpo no son simples marcas en un conjunto de tejidos orgánicos, músculos y vísceras que ahora tienen una forma dada pero que podrían tener otra forma diferente: sin marcas. Mi cuerpo no es una guerra de formas, líneas y volúmenes sino de mi ser.

Mi yo cicatricial podría ser un yo no cicatricial, pero lo es y he de seguir adelante con ello. La enfermedad es algo que está en mí, en una guerra ontológica la que combato, pues se incrusta en lo más profundo de mi condición humana al haber atacado a mi cuerpo, que es mi ser, o al menos parte de mi ser, y haberme con-movido todo en mí.

Mi dignidad no depende de los otros. No creo en la comunidad salvífica, pues ahí fuera en esa comunidad hay asesinos, ladrones, violadores, corruptos, indiferentes… «El yo cicatricial». Clic para tuitear

Enfermo o sano, con cicatrices o sin cicatrices, seguimos siendo seres con dignidad. El dolor y la enfermedad no me hacen caer, no dejo que me hagan caer, no alteran mi dignidad humana, no tienen nada que ver con mi dignidad en cuanto ser humano. Por mucho que el dolor y la enfermedad me hagan mirar de frente a mis límites antropológicos, no soy un ser caído. Y esa dignidad no es una donación del orden político y social, pues es previa a todo orden político y social ya que vive y florece en mí al margen suyo. No soy digno porque otros lo digan. Si fuera digno porque otros lo dicen, entonces Primo Levi, Edith Stein y Zalmen Gradowski no hubieran sido dignos en un campo de exterminio que lo primero que hizo fue precisamente quitarles toda dignidad humana, incitándoles a «abandonar toda esperanza», como nos sugiere Dante al entrar en el Infierno.

¿Y quiénes son los otros?

No me importan quiénes en concreto sean, guardianes nazis o santos laicos. Mi dignidad no depende de los otros. No creo en la comunidad salvífica, pues ahí fuera en esa comunidad hay asesinos, ladrones, violadores, corruptos, indiferentes… Nos tenemos que centrar en el otro, no en los otros, pues ese artículo determinado los de «los otros» es propiamente aquí un artículo indeterminado, que es el artículo que relaciona lo no conocido, lo impreciso, lo imperfecto, lo no querido, y nada se ama si no se identifica primero pues si no sé qué amo, ¿cómo puedo amar? Por eso muchas veces no entiendo las ideas de comunidad humana como comunidad siempre ética. Eso me suena a lo hegeliano y su idea de que lo único real es la sociedad relacional, no el ser humano. Me inclino pues más hacia la estela del antihegeliano Nietzsche, por mucho que se lo critique como el filósofo de la ética de los guerreros vikingos aislados y sedicentes heroicos.

La dignidad no es una norma social o política, no es un valor jurídico, no es un simple respeto por obligación o por evitar un castigo, no es una protección, no es un derecho natural, no es una filosofía política, ni siquiera es el regalo de una sociedad sana y democrática tal como creen los filósofos pragmáticos americanos (Richard Rorty por ejemplo). La sociología y la política siempre son posteriores a toda existencia. La sociología y la política pueden matarnos, y nos matan, pero no pueden quitarnos nunca nuestra dignidad, nuestro autodominio, nuestra autoidentidad, nuestra manifestación moral que es la dignidad. Dicho esto, queda ahora ver dónde hemos metido la dignidad: si en la profundidad de los pensamientos metafísicos o en la visceralidad de la existencia cotidiana, algo que intentaremos explicar en este trabajo.

Por todo lo anterior, hay que ensalzar las cicatrices, que es tanto como no venirme abajo ante los demás (no descender, no caer) por la falibilidad mostrada por mi cuerpo, por la presencia de mi enfermedad.

Es la dignidad como valor en la existencia, de mi existencia, que es mía pero también yo soy suyo, en la salud y ante el dolor y la enfermedad, pues somos dignos tanto cuando estamos sanos como cuando hemos caído enfermos. Una dignidad que nos permite enfrentar con fortaleza la adversidad sin recurrir a la esperanza (es decir, sin expectativas centradas en los demás y en un futuro por el que apostamos puesto que no lo vivimos), sino con ilusión (es decir, con alegría centrada en el yo y en un presente en el que estamos y por el que no apostamos puesto que lo vivimos).

Esa ilusión es tanto alegría liberadora como señal de agradecimiento, vivida dentro del límite humano, de su finitud y su naturaleza como parte del Todo que es y que fluye, y nosotros con él, porque no somos parte de él sino él mismo. Es ilusión que, en muchos casos, cuando es bien entendida, permite apurar la experiencia hasta las heces de la copa de vino, vivirla de forma más radical (desde la raíz) y conmovedora, que implica una verdadera metanoia, un cambio en nuestra existencia, una transformación de nuestro contexto, de nuestra vida en el mundo que no es ni más ni menos que volver al todo que fluye (llámese Ser, Dios o Tao), de donde un día salimos alienados y ahora debemos regresar des-alienados, es decir, con nuestras cicatrices curadas.

 

Compra el libro en la página de la editorial.

Compra el libro en Amazon.

Otras reseñas en Capítulo 1.

 

 

 

 

Deja una respuesta

Su dirección de correo electrónico no será publicada.

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, clique el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies