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Enanos, bufones y Twitter

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Enanos, bufones y Twitter

 

El penúltimo día de noviembre de 2020, James Rhodes —«pianista y filántropo británico», según Wikipedia— publicó un epigrama tuitero en el que se burlaba de la estatura del alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida. Este aparecía engalanado con cordón, galones y botones dorados de pega, como un almirantito de primera comunión. El inglés lo comparaba con el retrato de un bufón enano de la corte de los Austrias.

 

Enanos, bufones y Twitter

 

Se me ocurre más de una razón para criticar la indelicadeza del londinense, entre ellas, la de que se comporte como un cliente lisonjero del actual valido. Pero, en esta sección de Capítulo 1, la pega tiene que ser documental. Como el alcalde puede defenderse solo, yo voy a dar la cara por el enano. Para ello me basaré en la obra Locos, enanos, negros y niños palaciegos, del historiador y archivista José Moreno Villa, publicada en el exilio mexicano en 1939.

 

Hablamos de personajes muy favorecidos por las familias reales. Eso les permitió abusar de los puestos de confianza que algunos alcanzaban, y que incluían el espionaje, la adulación y el cabildeo. @JjPicos Clic para tuitear

 

El autor recoge los nombres de ciento veintitrés hombres de placer que entretuvieron durante un siglo y cuarto a los Austrias; de ellos, sesenta y siete fueron enanos. Algunos estuvieron tan cerca del rey y de sus nobles que, por ese tuit, Rhodes habría acabado en algún presidio norteafricano. Entendamos presidio no por cárcel, sino por un baluarte fronterizo dejado de la mano de Dios y de la Corona como lo fueron, en su momento, las ciudades viejas y amuralladas de Melilla y Ceuta.

Hablamos de personajes muy favorecidos por las familias reales. Eso les permitió abusar de los puestos de confianza que algunos alcanzaban, y que incluían el espionaje, la adulación y el cabildeo. El mero hecho de formar parte de las posesiones reales los amparaba.

 

Enanos, bufones y Twitter
Bartolillo, bufón entre 1621 y 1626

 

El retrato que usa Rhodes en Twitter es del bufón Bartolillo, pintado en 1626 por Juan van der Hamen y León, un pintor de raíces flamencas nacido en Madrid. Según Moreno Villa, el enano estuvo en el séquito real durante la visita del príncipe de Gales al Escorial en 1629; aquella aventura española del futuro Carlos I de Inglaterra inspiró la primera entrega de Alatriste. Ese mismo año, Bartolillo recibió veinticuatro pares de zapatos a seis reales por par. Y tenía derecho a que le sirvieran dos comidas diarias por valor de 8063 maravedíes anuales. En el retrato de Van der Hamen, Bartolillo no solo porta espadín, sino que empuña una bengala, insignia del mando supremo de un ejército de la época.

 

El sevillano también retrató a Diego de Acedo, un alto funcionario adscrito a la tenencia del Sello Real, es decir, a la firma facsimilar del rey Felipe IV. Por eso lo pintó con un tomo y un tintero, símbolos de su rango.

 

Diego de Velázquez pintó un buen número de hombres de placer de la corte. Por ejemplo, el bufón Calabacillas, al que inmortalizó en dos cuadros. El enano se mantenía con un buen sueldo y gozaba de carruaje y mula. Recibía una ración diferente los días de vigilia, en los que no se podía comer carne; su gasto anual en alimentación, a cargo de la hacienda real, era de casi doscientos mil maravedíes.

 

Calabaza o Calabacillas, bufón entre 1630 y 1639

 

El sevillano también retrató a Diego de Acedo, un alto funcionario adscrito a la tenencia del Sello Real, es decir, a la firma facsimilar del rey Felipe IV. Por eso lo pintó con un tomo y un tintero, símbolos de su rango. Acedo fue, además, un mujeriego que hasta mereció un intento de asesinato por un cornudo de ringorrango, Marcos de Encinilla, un aposentador, es decir, el encargado de acomodar a las personas reales en palacio y en sus viajes. Otra vez, mientras acompañaba al conde-duque de Olivares en la carroza del valido, recibió un arcabuzazo en la cara; sobrevivió, pero no quedó claro si la bala llevaba su nombre o el de don Gaspar.

 

El enano Diego Acedo, funcionario real

 

Sebastián de Morra, un enano al que Velázquez plasmó con gesto serio, aunque sentado en el suelo como un niño, tenía un criado a su servicio y heredó de su señor, el príncipe Baltasar Carlos, «un espadín de hierro plateado con dos veneras y tahalí bordado, una espada y daga de hierro plateado y un cuchillo».

 

Sebastián de Morra

 

El hecho de que un rey pagase por el cuadro de un enano habla de su aprecio por esos personajes.

 

En Las Meninas pintó a otros dos enanos: la Maribárbola, detrás del alano tumbado, y Nicolasito Pertusato, que lo patea. Ella era alemana y se llamaba María Bárbara Asquen. Pertenecía al séquito de la infanta Margarita y tenía paga, raciones y cuatro libras de nieve en verano. El milanés Pertusato alcanzó el oficio de ayuda de cámara de Felipe IV, cuya importancia hay que ajustar: no hacía falta ser de sangre noble o de familia de caudales; era un criado que servía la mesa del rey y limpiaba su alcoba, entre otras funciones privadas.

 

Mari Bárbola y Nicolasito Pertusato

 

El hecho de que un rey pagase por el cuadro de un enano habla de su aprecio por esos personajes. Eso sí, como el bufón era una propiedad real, su estima estaría solo un poco por encima de la que sentía por sus lebreles o por la nuez moscada que llegaba a su mesa desde las Molucas. Las ocurrencias de los bufones también paliarían la severidad de la rígida etiqueta borgoñona de la corte de los Austrias. En mi página web, explico de qué modo la escena central de Las meninas representa otro alivio para semejante rigor: «Descubre a la menina que era camella». Pero no nos confundamos como se confunde Rhodes, ya hemos visto que los enanos no eran cosa de risa.

 

La Querella de los antiguos y los modernos es contemporánea de los Austrias: ¿quiénes eran más valiosos para el progreso de la Humanidad?, ¿los griegos y los romanos, o las vistosas luciérnagas que revoloteaban en la órbita del Rey Sol?

 

Estos personajes también hablan en contra de las teorías presentistas que perfilan a Velázquez como otro adelantado a su tiempo, comprometido socialmente con aquellas criaturas desvalidas y discriminadas. Los retratos teratológicos de Velázquez eran encargos a los que aplicaba su arte y oficio. Lo artificioso es buscar puntos de vista ideológicos que sintonicen con los nuestros. Repito lo que dije en otro artículo publicado en Capítulo 1, «¿Cervantes?, sírvase usted mismo»: si quieres escribir sobre personajes de otros tiempos, cálzate sus botas recias y no pretendas encajarles tus zapatillas de runner.

La Querella de los antiguos y los modernos es contemporánea de los Austrias: ¿quiénes eran más valiosos para el progreso de la Humanidad?, ¿los griegos y los romanos, o las vistosas luciérnagas que revoloteaban en la órbita del Rey Sol? Charles Perrault fue uno de los defensores de la modernidad y, sin embargo, lo conocemos por recopilar cuentos tradicionales repletos de monstruos, desde enanos a ogros. Se le podría aplicar la sentencia que intentaba emulsionar saberes viejos y nuevos: «Somos enanos a hombres de gigantes». Pues, para no ser aún más enanos, echemos mano de la documentación. Si algo grandioso tiene Internet, no es Twitter, sino su condición de infinita pero accesible Biblioteca de Alejandría.

 

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