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Eso lo he visto antes: «The One»

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Eso lo he visto antes: The One

 

Con el título de «Eso le he visto antes» me empeñé en buscar, aquí en Capítulo 1, las influencias históricas y mitológicas en las aventuras de los superhéroes modernos. Pretendía demostrar que sus guionistas y dibujantes se documentaron en los manuales de Historia y, desde luego, en la lectura de los mitos grecorromanos para perfilar sus personajes.

Empecé con el Capitán América y seguí con Lobezno, Aquaman y Mística. Me inspiraba la convicción de que, tres mil años después de Homero y Hesíodo, todo lo que nos explica como seres humanos está en la mitología, tal y como sugiero en esta entrada de mi web personal. Esa certeza también fue la inspiración de mi último libro ¿Nos hacemos unos griegos? (LGTBI en el Olimpo y su vecindario).

Portada The OneVuelvo con esa misma idea y con la misma intención para comentar una serie de Netflix, The One, basada en la novela homónima del periodista británico John Marrs. Pinta un futuro inmediato donde el amor por Internet será cosa del pasado: «¡Adiós, Meetic! ¡Bienvenido, ADN!». Gracias al análisis genético, dos jóvenes científicos, una pareja de prometeos narcisistas, emparejan medias naranjas con adeenes gemelos hasta que las cuentas corrientes de ambos dejan al rey Midas al nivel de un emprendedor de clase media.

 

Dice Platón que los primeros seres humanos se dividían en tres especies: una esfera formada por dos mitades masculinas, otra de mitades femeninas y una tercera que combinaba ambos sexos, los andróginos.

 

Lo primero que pensé fue que Marrs conocía la teoría platónica de los andróginos. Dice Platón que los primeros seres humanos se dividían en tres especies: una esfera formada por dos mitades masculinas; otra de mitades femeninas, y una tercera que combinaba ambos sexos, los andróginos. Las tres se vinculaban «por el ombligo y tenían cuatro brazos, cuatro piernas y dos rostros en una misma cabeza» y, en vez de correr, podían rodar a gran velocidad. Eran muy poderosos y audaces y los dioses los temían, de ahí que Zeus mandase cortarlos por la mitad. La búsqueda del amor en sus diferentes versiones sería, por tanto, la búsqueda eterna de la reunión de las esferas originales: gais, lesbianas y heteros.

 

Su departamento de publicidad lo vende como el ideal de la felicidad, en realidad, una reedición de «Un mundo feliz». En cierto modo, el escenario creado por la empresa casamentera me recuerda a la Edad de Plata de Hesíodo. @JjPicos Clic para tuitear

 

The One

The One (el único/la única; la unidad) es el nombre de la empresa que recose a las mitades mitológicas amputadas. La O inicial tiene la forma del símbolo de inicio y apagado de un aparato electrónico, pero entendido como un comienzo definitivo sin final ni reinicio. Su departamento de publicidad lo vende como el ideal de la felicidad, en realidad, una reedición de Un mundo feliz. En cierto modo, el escenario creado por la empresa casamentera me recuerda a la Edad de Plata de Hesíodo: «Durante cien años el niño se criaba junto a su solícita madre pasando la flor de la vida, muy infantil, en su casa; y cuando ya se hacía hombre y alcanzaba la edad de la juventud, vivían poco tiempo llenos de sufrimientos a causa de su ignorancia». La empresa y su despiadada presidenta, Rebeca Webb, es la madre que no permite que sus niños crezcan. Sin embargo, esos reencuentros de las mitades cortadas también son fuente de dolor y nos remiten al muy humano derecho de equivocarnos y de vivir con las consecuencias de nuestros errores en favor de la madurez y la sabiduría.

 

A quien no desea someterse a la dictadura afectiva y fatal de The One le pasa lo mismo que al hijo de Hermes y Afrodita: su opinión no cuenta.

 

El autor nos muestra un experimento exitoso donde el albedrío no pinta nada cuando el hado químico entra en escena. En esa línea, el hermafrodita mitológico fue un andrógino, pero a la fuerza, pues la ninfa Salmácide quiso a toda costa unirse a Hermafrodito y los dioses se lo concedieron sin atender a la negativa del desdichado efebo. A quien no desea someterse a la dictadura afectiva y fatal de The One le pasa lo mismo que al hijo de Hermes y Afrodita: su opinión no cuenta; basta con que alguien consiga un pelo suyo y lo envíe a la empresa. Entonces recibirá un mensaje en su móvil condenándolo a unirse a su mitad.

Rebeca Webb, la implacable casamentera postmoderna.

La implacable Webb, que se mueve como un androide anoréxico, se presenta como una Parca despiada y letal que hila, mide y corta el hilo del amor, entendido como una predestinación genética que elimina la voluntad. Como en Un mundo feliz, el resultado es una vida carente de dolor, pero también de responsabilidad, pues el ADN y la química mandan y nos libran de culpa.

Lo dejaré aquí porque recomiendo ver la serie y no quiero destriparla. Pero The One sugiere que los mortales vivimos sometidos a los caprichos de un nuevo Olimpo de corporaciones poderosísimas que, como los antiguos dioses, juegan con nosotros, pero no por enriquecerse o por mera ansia de poder, sino para dar sentido a la contingencia esencial de todo ser humano, encontrar la suprema indolencia y atisbar la eternidad. De hecho, cuando la policía lesbiana que se ha emparejado gracias a The One acosa a Rebeca, esta la amenaza con eliminar a su mitad, tal y como Zeus partió a los primeros humanos.

 

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