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Eso lo he visto antes: Zipi y Zape

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Eso lo he visto antes: Zipi y Zape

Hasta ahora hemos rastreado en esta serie de artículos la historia y la mitología que se esconden en los poderes y atuendos de algunos superhéroes: Capitán América, Mística, Lobezno y Aquaman. Pero esta vez daremos un volantazo para, sin salirnos de la ficción, meternos con un clásico de los tebeos; o mejor, con dos: Zipi y Zape. Y para enredar más aún, haremos una breve incursión en la zoología.

¿Quién no conoce al par de gemelos de don Pantuflo Zapatilla y doña Jaimita Llobregat que alumbró, en realidad, José Escobar en 1948? Ahora que me doy cuenta, se llamaban Zipi y Zape Zapatilla Llobregat, tan travieso el rubio (Zipi) como el moreno (Zape). Un par de auténticos gamberretes, como corresponde al origen etimológico del nombre: zipizape, «alboroto». Tuvieron tanto éxito, generación tras generación, que hoy cuentan en su currículum con películas, dibujos animados y videojuegos.

Pero a Zipi y Zape ya los habíamos visto antes. Los expertos en tiras cómicas asentirán y recordarán a Max y Moritz y a los Katzenjammer Kids, cuatro revoltosos decimonónicos. Pero su inspiración se puede rastrear mucho más allá, tanto como en el siglo XIII… antes de Cristo.

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Zipi y Zape
Katzenjammer Kids
Max y Moritz

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hércules fue un héroe con una pésima gestión de la ira. En arranques de violencia irracional y hercúlea mató a su profesor de música, a su primera esposa, a sus hijos y a casi todo europeo, africano y asiático que se le puso por delante. Por eso tenía que vagar, día sí y día también, en busca de un rey, un oráculo o un dios que lo purificase. En una de esas, el oráculo de Delfos dictó que fuese vendido como esclavo a Ónfale («ombligo»), reina de Lidia. Más que esclavo, Hércules fue su esclava durante tres años, pues la reina lo obligó a vestirse de mujer, a maquillarse y enjoyarse y a hilar y tejer. Eso no fue óbice para que le hiciera algunos hijos y le limpiase el reino de monstruos y delincuentes. Un par de estos se llamaban, según a qué mitógrafo sigamos, Pásalo y Acmón, Olos y Euríbato o Silo y Tribalos. Hablamos del par de fulleros, tramposos y mentirosos más reconocido entre el Tártaro y el Olimpo, amén de redomados rateros, los Cercopes. Eran gemelos e hijos de Tía, una deidad oceánica que daba a los metales preciosos su brillo y valor. Por ser una divinidad marina, Tía poseía dos poderes comunes a todas ellas: la metamorfosis, de la que ya vimos un buen ejemplo en el artículo dedicado a Mística, y la adivinación. Así que como sus criaturitas eran de la piel de Hades, les advirtió que debían cuidarse de un personaje temible: «¡Ojo!, mis culitos blancos, todavía tenéis que toparos con Melampigo». Pero claro, como cualquier bribonzuelo desobediente, ellos no le prestaron atención.

Y en esas estábamos cuando los Cercopes se toparon con el héroe grecorromano más inmortal que haya parido mortal.

―¡Mira, Pásalo!, ¿ese no es Heracles?

―Él mismo que viste y calza, Acmón.

―Y menuda siesta se está echando…

―La ocasión la pintan calva, hermano.

Hablamos del par de fulleros, tramposos y mentirosos más reconocido entre el Tártaro y el Olimpo, amén de redomados rateros. Eran gemelos e hijos de Tía…

Y dicho y hecho. A estos zipizapes mitológicos, genios de los bosques, pícaros y traviesos como los leprechaun del folclore gaélico, no se les ocurrió otra que meterse con la esclava de Ónfale. Así que mutaron a moscones y, aprovechando que el héroe estaba sopa, quisieron robarle el huso y la rueca. Pero Hércules se desveló de repente y los atrapó, los obligó a recuperar su forma, los colgó de un palo por los pies y se los echó al hombro. Y colgados como un hato de viajero y con los ojos a la altura de las hercúleas posaderas, a los diablejos les entró de repente un ataque de risa de dimensiones olímpicas. Y es que acababan de caer en lo que significaba el aviso de su madre: Melampigo no era un nombre, sino un mote (o un epíteto): «el de las nalgas negras». Porque así las tenía Heracles, requemadas. Lo normal después de andar por el mundo vestido con una piel de león que no le cubría el culo. Y de enfrentarse a los alientos flamígeros del toro de Creta y del ladrón latino Caco. Otros dicen que, en realidad, eran oscuras por el vello que las cubría. En todo caso, las carcajadas de los pícaros contagiaron al héroe y este, sentado en una roca y sujetándose los heroicos abdominales, los acabó indultando.

Algunos mitógrafos juran que Zeus, furioso porque también bromeasen a su costa, los convirtió en monos. Nos lo cuenta Ovidio en sus Metamorfosis: «les redujo el cuerpo, les acható la nariz, surcó sus rostros con seniles arrugas y los cubrió de amarillenta pelambre». En fin, que los dejó hechos unos macacos, unos simios que pertenecen al género Cercopithecus, que viene, claro que sí, de Cercopes.

Y es que, para saber, solo hay que mirar con ganas de ver. ¿A que ahora mirarás a los superhéroes, y a los diablillos de los tebeos, con otros ojos? Pues tengo más…

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