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Frankenstein o el moderno Prometeo, de Mary Shelley: la influencia del inconsciente en la literatura

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Frankenstein o el moderno Prometeo, de Mary Shelley: la influencia del inconsciente en la literatura

El inconsciente del escritor se filtra en su obra, aunque lo ignore. De ahí que todo autor se incline hacia ciertos temas o personajes que, de alguna manera, lo eligen. Uno de los ejemplos más ilustrativos es Frankenstein, de Mary Shelley. En el prólogo a la edición de 1831, la autora detalla cómo concibió una de las mayores figuras de terror de todos los tiempos.

Mary era una niña solitaria e imaginativa, hija de un precursor del anarquismo y de una de las primeras filósofas del feminismo, que murió pocos días después del parto. Recibió una educación muy avanzada para una niña de la época, en contacto con el gran número de intelectuales que visitaban a su padre. Se enamoró de uno de ellos, el poeta Percey Shelley, un joven casado con el que se citaba junto a la tumba de su madre (donde su padre, de niña, le había enseñado a leer). Se fugó con él a los diecisiete años; siendo así consecuente con las ideas radicales de su padre, a favor del amor libre. Para desconcierto de Mary, su padre desaprobó la relación y se negó a ayudarlos cuando ella acudió a él, embarazada. Dio a luz una niña que solo sobrevivió unos días.

Un año después, la pareja viajó con la hermanastra de Mary al lago Lemán, en Ginebra, cerca de Villa Diodati, donde veraneaban Lord Byron y su amigo el médico John W. Polidori.

Durante aquellos tres días en los que no salió el sol, se distrajeron leyendo cuentos de fantasmas, retándose a que cada uno escribiera un relato de terror.

1816 no fue un año cualquiera. Pasaría a la historia como «el año sin verano», por el descenso generalizado de las temperaturas, y el «año de pobreza», por las hambrunas que originaron las guerras y el cambio climático. Ese verano, en Suiza, los glaciares avanzaron y hubo que encender las chimeneas. El grupo de amigos quedó atrapado en Villa Diodati por las lluvias, los truenos y los rayos eléctricos. Durante aquellos tres días en los que no salió el sol, se distrajeron leyendo cuentos de fantasmas, retándose a que cada uno escribiera un relato de terror. Solo Mary, con Frankenstein, y Polidori, con El vampiro, consumaron el desafío.

La autora concibió al monstruo durante esos días después de una pesadilla. No puede atribuirse a la casualidad que Mary, con un aborto reciente y considerándose la causa involuntaria de la muerte de su madre, ideara el nacimiento de un engendro rechazado por su creador (como ella por su padre). El parto tuvo lugar en un laboratorio rodeado de los mismos rayos y truenos de aquel verano apocalíptico, y sobre los restos profanados de unas tumbas con las que Mary se había familiarizado desde niña. Sin saberlo, aquella jovencita de diecinueve años había personificado en esa criatura sus terrores más profundos y los de los lectores de todos los tiempos.

«Tal fue el éxito de su criatura, que terminó engullendo a sus propios creadores: al doctor Frankenstein y a la propia Mary Shelley». Beatriz Cortel Clic para tuitear

Por desgracia, la pesadilla de Mary se cumplió. Tal fue el éxito de su criatura, que terminó engullendo a sus propios creadores: al doctor Frankenstein (¿quién se acuerda hoy en día de que el engendro carecía de nombre?) y a la propia Mary Shelley (considerada durante años escritora de una sola novela y a menudo relegada por la fama universal de su monstruo, ¿quién ha leído la novela?). Frankenstein, que encarnaba el miedo de Mary a perder a sus seres queridos, traspasó la ficción y la alcanzó. En apenas siete años perdería a tres de sus cuatro hijos y a su amado Shelley.

Este artículo se publicó en el n.º 18 de la Revista Scribere.

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