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Ícaro

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Ícaro

 

En la mitología griega, Ícaro era hijo de Dédalo (constructor del laberinto de Creta) y una esclava de Minos, Náucrate. Y suele aparecer siempre asociado a su padre.

 

Ícaro es símbolo de la temeridad castigada de la juventud y de la rebeldía del hijo frente al padre. En sentido positivo, Ícaro puede interpretarse también como el símbolo de la curiosidad innata. @isionperez Clic para tuitear

 

Cuando Teseo mató al Minotauro, logró salir del laberinto gracias al ovillo que Dédalo había dado a Ariadna. Así que el arquitecto y su hijo fueron castigados y encerrados por Minos en su construcción. Para salir de allí, Dédalo fabricó unas alas con plumas y cera que fijó a sus espaldas y los dos escaparon del laberinto, con la recomendación a Ícaro de que no volara ni demasiado alto ni demasiado bajo. Pero por el poder que le daban las alas, Ícaro se acercó tanto al sol que la cera se derritió y el joven murió al caer al mar Egeo.

Ícaro se convirtió así en el hombre deseoso de volar, de conquistar el aire; es símbolo de la temeridad castigada de la juventud y de la rebeldía del hijo frente al padre. En sentido positivo, Ícaro puede interpretarse también como el símbolo de la curiosidad innata.

Y uno de los éxitos de este mito estriba precisamente en el deseo humano de volar y de conquistar los aires.

Una de las primeras referencias que se encuentran de Ícaro está en Apolodoro, en la Biblioteca mitológica (Epítome I, 12), en el siglo I o II d. C., que recopilaba la mitología griega y cuenta que cuando Minos se enteró de la fuga de Teseo, «encerró en el laberinto a Dédalo como responsable junto a su hijo Ícaro». Tras construir las alas, Dédalo advierte a su hijo de que no volase hacia lo alto para que las plumas no se despegaran, ni cerca del mar para que no se desligaran por la humedad. Pero Ícaro, «encantado», descuidó esas instrucciones y se elevó demasiado: «cayó en el mar Icario, así llamado por su nombre, y murió». Dédalo llegó sano y salvo a Sicilia.

 

En 1684, con motivo del santo de la reina María Luisa, se presenta en la Corte la Comedia nueva de Ycaro y Dédalo, del discípulo de Calderón Melchor Fernández de León.

 

En el Libro VIII de Las metamorfosis de Ovidio, aparecen padre e hijo mientras Dédalo ordena las plumas. Ícaro es el niño que ignora el peligro y, jugando con las plumas impedía «la admirable obra de su padre». Dédalo es presentado como el padre que aconseja mientras se mojan «sus mejillas de anciano» y tiemblan «sus manos paternas». El niño («el nacido suyo») recibe los últimos besos de su padre. Ya en el cielo empieza a «gozar de una audaz voladura» y abandona a su guía, hasta que la cera se derrite, agita desnudos los brazos y se estrella contra el mar.

En 1684, con motivo del santo de la reina María Luisa, se presenta en la Corte la Comedia nueva de Ycaro y Dédalo, del discípulo de Calderón Melchor Fernández de León. El mito no es presentado como único, sino mezclado con otros mitos y con otras historias, como el de Leda y Júpiter. Era una comedia de enredo, repleta de equívocos y de intriga. Aunque con toda probabilidad la fuente principal de la obra era Ovidio, el dramaturgo compuso una fábula distinta. La principal diferencia la encontramos en la salida del laberinto. En esta obra, Ícaro y Dédalo huyen en un barco. En una tormenta, son arrojados por las olas al puerto. Además, Ícaro se enamora de Leda y quiere escapar, por lo que aparece ese elemento esencial en el mito: las alas, que ahora Dédalo ha construido para que su hijo pueda visitar a su amada. Júpiter, celoso, castigará al joven («ahora verás tu castigo, / pues el ardor de mi fuego, / con sus luces, deshará / Ícaro, tu atrevimiento»).

 

La interpretación del mito es que la insensatez y el orgullo son castigados. El hombre es una víctima de sus pasiones.

 

En la comedia de Fernández de León, Dédalo es la razón y el joven Ícaro es la pasión. Cuando el padre ve cómo esa pasión domina a su hijo, intentará convencerlo para que deje de sentirla («Hijo, tente, mira»). Y al final, la interpretación del mito es, como comentábamos, que la insensatez y el orgullo son castigados. El hombre es una víctima de sus pasiones.

En poesía, se considera que el mito de Ícaro se utiliza desde Petrarca («vuelo con las alas del pensamiento al cielo») y Tansillo («el amor hace crecer mis alas y tan alto») como un motivo recurrente. El poeta se identifica con el pensamiento que vuela hacia la amada sin que la voluntad pueda controlarlo y ella es el sol al que el poeta se acerca con osadía. El fracaso de Ícaro permitiría al poeta criticar sus deseos de juventud.

En España se desarrolla en los poetas también una asociación entre Ícaro y el pensamiento. Soto de Rojas, por ejemplo, escribe «donde vuelas soberbio pensamiento / Ícaro mozo, mi consejo espera, / mira que a polvo humilde y blanda cera / ni el sol perdona ni respeta el viento».

 

El mito de Ícaro como una advertencia contra el orgullo también se encuentra en la música.

 

Otra visión asociada a este mito es que el poeta conseguirá la inmortalidad a través del amor y la poesía tras caer en picado. Hernando de Acuña escribe el soneto Ícaro, donde lo presenta como «soberbio mozo, y poco experto» frente a la prudencia del padre que «con amor maternal amonestaba». Al final «en el aire muerto» lo recibe «el mar del alto vuelo, / por el nombre le dio la sepultura». Francisco de Aldana escribió un soneto («Cuál nunca osó mortal tan alto el vuelo») en que el amor le da dos plumas de sus alas y que se cierra con la advertencia «amigo, guarte / del mal suceso de Ícaro y Faetonte».

Garcilaso de la Vega, en el soneto XII hace referencia al mito. Se presenta el conflicto entre la pasión amorosa (el «deseo loco») y la razón: «qué me ha de aprovechar ver la pintura / de aquel que con las alas derretidas / cayendo, fama y nombre al mar ha dado».

El mito de Ícaro como una advertencia contra el orgullo también se encuentra en la música. En este terreno destaca el ballet El vuelo de Ícaro, de 1935, con coreografía de Serge Lifar. La orquesta que acompañaba al ballet era de percusión, por lo que, en lugar de música, «daba ritmo puro». La obra tiene un solo acto. Al salir del laberinto, Ícaro sale a una dimensión luminosa. Huye de la pasividad.

A partir de este ballet, Igor Markevitch escribió el poema sinfónico Ícaro, en 1943. En esta versión se simplificaban los ritmos.

 

En el cine encontramos diferentes versiones del mito.  El director Berbet Schroeder debutó en 1969 con More, ambientada en Ibiza y con el consumo de drogas de trasfondo.

 

Un grupo español, Presuntos Implicados, incluyó en La noche (1995) la canción Ícaro, en el que presenta al joven como un pequeño dios «desafiando al sol». Este, envidioso de su valor, lo abraza derritiendo la cera de sus alas y haciéndolo caer. El gorrión que canta en primera persona decide entonces que volará «bajito a ras del suelo».

En el cine encontramos diferentes versiones del mito.  El director Berbet Schroeder debutó en 1969 con More, ambientada en Ibiza y con el consumo de drogas de trasfondo. El joven Estefan Brückner conoce a Estelle Miller, a quien seguirá hasta Ibiza y que lo sumirá en las adicciones. Estefan acabará absorbido por el consumo cada vez mayor y Estelle será como el sol, que acaba quemando todo lo que se le acerca.

De Henri Verneuil es I… como Ícaro (1979). El fiscal, interpretado por Yves Montand, investiga un asesinato político, inspirado en el del presidente Kennedy. En la película se analiza un complot. El fiscal será asesinado cuando se acerque demasiado a la verdad, como el joven Ícaro al acercarse demasiado al sol.

Aunque ha habido otras versiones, una de las más recientes, de 2006, es una tragicomedia suiza de Fredi M. Murer: Vitus. El niño que da título a la película es hijo de un padre inventor. Vitus tiene una mente privilegiada y tiene que salir de la cárcel que supone su cuerpo de niño, pero Ícaro/Vitus volará demasiado alto y caerá, volviéndose corriente.

 

Imagen de Dimitris Vetsikas en Pixabay

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