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Juegos de estilo

Hablemos de estilo literario 

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Juegos de estilo 

 

El texto que nos sirve de pretexto está entresacado de Los disparos del cazadormagnífica novela de Rafael Chirbes, narrada por un hombre que está llegando al final de su vida. Ese último tiempo transcurre en una casa llena de recuerdos. La presencia de un criado le induce profundas reflexiones acerca de sus actos y del sentido de su vida. 

Tomando como referente las aplicaciones de Raymond Queneau en la obra Ejercicios de estilonos hemos animado a jugar.  

La circunstancia a la que hacemos zum es el entierro de un hombreEl que reflexiona relata la escena en primera persona. El tono y las palabras que utiliza frente a la viuda revelan que actúa como si entre el difunto y él hubiera existido una gran amistadcuando lo que hubo en realidad fueron negocios dudosos y correrías (dinero, putas, fútbol)De él decía cosas como«tiene una vitalidad desbordante, que le hace estallar los botones de las camisas, que le hincha las chaquetas […] y esa vitalidad desentona en las fiestas […] y a Eva misma parece asfixiarla nada más que con su presencia como yo imagino que asfixia a sus muñecas bajo el peso del cuerpo creciente». 

 

Tomando como referente las aplicaciones de Raymond Queneau en la obra «Ejercicios de estilo», nos hemos animado a jugar. El texto que nos sirve de pretexto está entresacado de «Los disparos del cazador», de Rafael Chirbes. @marianRGK Clic para tuitear

 

En el párrafo extractado, el relator de la historia presenta sus condolencias a Rosa, la viuda. Y solo el lector conoce por dónde caminan sus pensamientos.  

 

Una palmada en el hombro. Un abrazo de compromiso. «A ver qué día nos vemos más despacio». No llegó ese día. Ni siquiera en el velatorio pude quedarme más que unos minutos. «Dame un beso, Rosa. Sabes lo mucho que nos hemos querido». Cuando le dije «hemos» supe que lo traicionaba. Estaba allí, corpulento, en el interior de la caja forrada de rojo, y no pude evitar el pensamiento de que pronto empezaría a transmitirle a la tierra su exceso de vida, su falta de estilo.  

 

Empieza el juego 

 

Por partida doble

Eran las siete de la tarde después de una jornada tan interminable como llena de exigencias. Hay que ver cómo vivimos. Sacando tiempo de donde no tengo, me acerqué al velatorio. Abrazo a la viuda que recibe mis condolencias como quien recibe una retribución que ha tardado en llegar. Adopto un rictus compungido, le pido un beso y le menciono lo mucho que su marido y yo nos hemos querido. Pretendo trasladarle un aliento que la consuele y me extralimito porque, en cuanto las palabras abandonan esta boca mía, me acomete un sentimiento de indignidad. Aquello nuestro no fue para tanto o no lo fue en el sentido que le dejo entrever 

De pronto, mis ojos reparan en la mole de humanidad que a duras penas contiene la caja guarnecida en rojoEsa visión me trae a la mente luces de neón, camisas y chaquetas a punto de estallar, incapaces de contener el cuerpo desmesurado por mucho más tiempo 

Y me acomete un pensamiento que trato de ladear con un éxito escaso: toda la falta de estilo junto con la desmesura de las carnes y el exceso de vida están a punto de ser transferidos a la tierra. (¿Lo podrá soportar?). 

 

Lítotes

Me acerco a la viuda, ojalá quedemos un día¡ah!, pero vamos siempre deprisa. Ese marido tuyo y yo hemos sido grandes amigos, le digo. Mientras, observo la humanidad rebosante entre las paredes rojas del ataúd. Qué pronto se ha de sofocar la tierra con tus carnes, pienso.  

 

Metafóricamente

Llegué volando y me sacudí las alas no bien hube plantado las patas en la lúgubre estancia. Presenté mis respetos y condolencias a la garza. El pálido plumaje y los círculos alrededor de los ojos me forzaron a añadir lo que no sentía: «Ese gavilán y yo hemos sido más que amigos; lo sabes»«Encontrémonos alguna tarde tú y yo y volemos hacia nuevas tierras prometidas». 

Nunca sabré cómo me vi en medio de una piedra que apareció de repente en el centro de la sala. Me posé en ella y empezó a deslizarse hacia abajo y, junto conmigo, en el interior de un ataúd acolchado en rojo, un gavilán cebadoLa demasía la falta de clase de la rapaz fueron provocando un hundimiento progresivo. Apenas tardaría en tragársela la tierra. (Yo salí volando; por los pelos). 

 

Retrógrado

Mi último pensamiento fue para toda esa desproporción y evidente falta de estilo a punto de ser engullidas por la tierra. Me había detenido en la tela roja del ataúd resignada a contener el corpachón del amigo. Supe que lo traicionaba cuando acabé de pronunciar ante su viuda lo que no sentía: que nos habíamos querido tanto. Le pedí un beso a la mujer. Apenas pude detenerme unos minutos ni siquiera entoncestampoco llegó ese día en que ojalá nos viéramos.  

Un abrazo de compromiso y una palmada en el hombro: eso fue todo. 

 

Sorpresas

¡Qué menos que una palmada en el hombro! ¡Qué menos que un beso! ¡Ah, pero sin tiempo…, tan atropellados vivimos! ¡Oh, Dios! ¡Tenemos que vernos, Rosa!, que sea un día de estos. Tanto que nos quisimos tu marido y yo… y ahora está muerto. «¡Ah, detente, insensato!», me digo. ¡Cómo pude afirmar tal cosa! Apenas salieron las palabras de mi boca, supe que lo estaba traicionando como traicionó Judas a su maestro… Vergüenza de mí mismo.  

Allá estaba él, ¡mi amigo!, rebosándose las carnes por el acolchado rojo de la caja mortuoria. ¡Mi guía, mi conductor, mi adalid! Y, sin embargo, apenas me enfoqué en élme asaltó un pensamiento atroz: ¡pero si nunca tuvo estilo!, ¡si apenas fue un pobre hombre secuestrado por sus excesos! Y ahora… ¡la tierra se lo tragaría y se tragaría todo aquello! 

 

Sueño

Envuelta en brumas y telas de araña, una habitación y, en medio, yo, alborotado por las prisas. Llego y  toco con la palma de la mano el hombro de una mujer: la viuda de mi amigo. Me siento obligado a darle un abrazo. Le pido un beso y le digo que nos tenemos que ver, aun cuando sé que tal cosa nunca sucederá. Que nos hemos querido mucho, le digo. Pero termino de pronunciar «hemos» y un juez que, inexplicablemente, soy yo mismo me declara culpableReparo en la figura que yace en la caja tapizada de rojo: es descomunal. Por los contornos del cuerpo asoma una tela roja constreñida, sofocada. 

No puedo evitar pensar que aquella acumulación y proverbial falta de elegancia anegarán la tierra. Y que está a punto de suceder 

Continuará… 

 

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