La primera revista para escritores

Juegos de estilo II

Hablemos de estilo literario

Raymond Queneau
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Juegos de estilo II

 

Ejercicios de estilo, de Raymond Queneau (El Havre, 1903-París, 1976), tiene apenas 160 páginas en las que hay letras y aire casi a partes iguales. Sin embargo, es una obra de prestidigitación. Queneau es un mago de la palabra, a la que somete para forzarla a hacer contorsiones músico-literarias. Fue cofundador del movimiento OuLiPo, ceñido a estrictas y limitadas técnicas de composición.

El destinatario de sus doce primeras piezas de estos «ejercicios» fue el director de una prestigiosa revista. El buen hombre pensó que Queneau le estaba tomando el pelo cuando le remitió su Dodecaedro, título que conecta las doce piezas del poliedro con esas doce composturas literarias. No se las aceptó, por supuesto. Aun así, el autor no se arredró y, a lo largo de tres años, siguió adelante hasta completar una cantidad que juzgó satisfactoria: noventa y nueve.

Queneau es un mago de la palabra a la que somete para forzarla a hacer contorsiones músico-literarias.

Era verano de 1946 cuando terminó con el conjunto, que surgió de un concierto en el que se interpretaba el Arte de la fuga de Bach. El propósito del autor fue hacer algo similar en el plano literario, tomando en cuenta posibles variaciones en torno a un tema tan banal como este:

 

En el S, a una hora de tráfico. Un tipo de unos veintiséis años, sombrero de fieltro en lugar de cinta, cuello muy largo como si se lo hubiesen estirado. La gente baja. El tipo en cuestión se enfada con un vecino. Le reprocha que lo empuje cada vez que pasa alguien. Tono llorón que se las da de duro. Al ver un sitio libre, se precipita sobre él.

Dos horas más tarde, lo encuentro en la plaza de Roma, delante de la estación de Saint-Nazare. Está con un compañero que le dice: «Deberías hacerte poner un botón más en el abrigo». Le indica dónde (en el escote) y por qué.

 

Hoy, seguimos jugando a imitar la genial ocurrencia de Queneau, que podía habérsele ocurrido a cualquiera y, en cambio, solo se le ocurrió a él. @marianRGK Clic para tuitear

 

En nuestro caso, tomamos un párrafo de Los disparos del cazador, de Rafael Chirbes, e iniciamos un ejercicio similar en este caso. https://capitulo1.escueladeformaciondeescritores.es/juegos-de-estilo

Hoy seguimos jugando a imitar la genial ocurrencia de Queneau, que podía habérsele ocurrido  cualquiera y, en cambio, solo se le ocurrió a él.

Reproducimos aquí el párrafo extractado. En él, el relator de la historia presenta sus condolencias a Rosa, la viuda. Solo el lector conoce por dónde caminan sus pensamientos. El párrafo del original dice así:

 

Una palmada en el hombro. Un abrazo de compromiso. «A ver qué día nos vemos más despacio». No llegó ese día. Ni siquiera en el velatorio pude quedarme más que unos minutos. «Dame un beso, Rosa. Sabes lo mucho que nos hemos querido». Cuando le dije «hemos» supe que lo traicionaba. Estaba allí, corpulento, en el interior de la caja forrada de rojo, y no pude evitar el pensamiento de que pronto empezaría a transmitirle a la tierra su exceso de vida, su falta de estilo.

 

Y proseguimos con la práctica manteniendo el orden de la versión española de Antonio Fernández Ferrer (1987):

 

Pronosticaciones

Antes de que todo acabe, le daré una palmada en el hombro y un abrazo embarazoso, y pronunciaré unas palabras para salir del brete. Sugerirán, de forma tibia, otro encuentro que nunca tendrá lugar. Acudiré a su velatorio pero, tan aprisa, que tampoco entonces podré demorarme: de nuevo, un beso que solicitaré a Rosa y nuevas palabras de compromiso que portarán el vaho de mi traición. El cuerpo inerte y abultado del marido reposará en el interior de una caja forrada de rojo y no podré ladear la imagen de su vida desmesurada y la falta de estilo que se transferirá a la tierra pasiva.

 

Sínquisis

Absurda palmada en el hombro; abrazo ridículo y salir del apuro, palabras. Encuentro futuro y promesa torpe de. Beso traicionero, deprisa deprisa, en el velatorio del que me llamé amigo. Carnes superlativas envueltas en forro rojo.  Parcialmente. La tierra y su no estilo. Ausencia de gracia. Anegada y sofocada tierra.

 

Arco iris

Una palmada de tinte añil, un abrazo violeta y la propuesta de vernos envuelta en celofán celeste. Ese día no llegó jamás. Incluso mi visita al velatorio, revestida de tintes verdes, contenía los trazos de un falso aprecio. Pedí un beso a Rosa mientras él permanecía ceñido al decorado rojo que apretaba sus carnes, de un tono naranja desleído ahora. Y entonces lo pensé: nada tardará esa tierra de amarillo macilento en hacerse cargo de su humanidad desmedida y su insolente falta de estilo.

 

Logo-rallye

(Amor, alma, sinceridad, arreglo, tradición, Judas, elucubración es un conjunto de palabras que deben intervenir en el relato, al estilo de la propuesta de Queneau para esta práctica titulada «Logo-rallye»).

 

En un primer momento, la escena estuvo presidida por el amor: una palmada en el hombro y un abrazo al amigo del alma. Le siguió una promesa dicha con fingida sinceridad, porque lo cierto es que siempre voy con prisa y sabía de antemano que ese día nunca había de llegar. Incluso hice un arreglo ridículo en mi atuendo para asistir al velatorio, tal  como manda la tradición. Di a Rosa el beso de Judas mientras pronunciaba nuevas y convenientes palabras respecto del amor que su marido y yo nos habíamos tenido. Lo presenció desde la envoltura roja de la caja mortuoria aquel cuerpo imponente. No pude evitar una elucubración: aún ejercería un último acto de voluntad al transferir a la tierra todo su exceso de vida y su falta de estilo.

 

Vacilaciones

¿Dónde fue…? ¿Dónde fue que nos vimos…? ¿Fue en el Parque del Retiro, en el Jardín Botánico, entre las copas tintineantes del Chicote…? Tal vez en el callejón que sale de la Plaza del Ayuntamiento o… ¿fue acaso en el cementerio de la Almudena? Oh, no. Quizá tuvo lugar en el estercolero de Vaciamadrid, entre ratas e inmundicias. ¿Qué nos rodeaba…, qué… había a nuestro alrededor? ¿Flores, césped, mojitos y caipiriñas? No. Había… ¿tumbas, ataúdes? Tampoco… Era, más bien, hedor, basura, fingimiento. Un eco de algo que había sido y ya no era. Luego, sí… ¿una celebración, un velatorio, besos? Una caja roja, pero no de Nestlé, sino de onzas caducas y abigarradas cuya masa se apelotonaba en un interior de madera y terciopelo rojo… ¿O era un abigarrado montón de carne con su dignidad perdida mucho tiempo atrás? Determiné que era un cuerpo exánime. ¿Qué otra cosa…? Casi seguro que pertenecía a quien alguna vez fuera mi amigo y cuya viuda dudo que aceptara del todo mis condolencias. ¿O supe fingirlas bien?

Tanta incertidumbre. ¿Soportaría la tierra aquella ofrenda excedida? ¿La soportaría a pesar de la falta de estilo? Pero ¿por qué digo falta de estilo si eran rescoldos de una vida? ¿Qué otra cosa podría…? Oh, y, sin embargo, ¿había sido una vida vivida con la pasión que merece o…? No…, no lo sé. Me digo que fue una vida despachada a golpe de bocados y tragos. ¿Bocados? ¿Tragos? ¿Por qué? ¿Estuve allí para afirmarlo con tanta certeza? ¿Y si hubo un problema de tiroides con una consecuencia nefasta en su metabolismo?

Ya solo queda la tierra. ¿Solo? ¿No le esperará nada después? ¿De qué tipo de tierra hablamos? ¿Y… dónde? ¿Valdrá cualquier tierra anónima para recibir ese montón de carne exangüe? ¿Seguro?

Nada es seguro.

La verdad es un imposible metafísico y hasta tal punto es así que, aun cuando la próxima invitación de Queneau se titula «Precisiones», ni siquiera tenemos la certeza de que tal ejercicio —riguroso, concienzudo— vaya a ser fiel a la verdad… o una efímera y vacilante sombra.

 

Imagen: Raymond Queneau (CC BY-SA 3.0)

 

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