La primera revista para escritores

Juegos de estilo (III)

Hablemos de estilo literario

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Juegos de estilo III (Hablemos de estilo literario)

 

Tercera entrega de estos juegos de estilo para cuya práctica nos hemos dejado no solo inspirar sino conmover por los Ejercicios de estilo de Raymond Queneau (1903-1976); y no por su emotividad, que no la tienen, sino por lo que suponen de reto a la creatividad. La obra del genial escritor es un compendio de ciento sesenta y una maneras de narrar una misma escena, verdadero arte del decir que se desafía a sí mismo.

A los escritores les preocupa el estilo. Para Roland Barthes (1915-1980), en cambio, lo importante de la escritura no era ni el estilo ni tan siquiera la propia lengua, de la que todos y cada uno han de servirse, sino la forma que elige premeditadamente. Diríamos que cada escritor toma fragmentos de la realidad que encierra en un molde y troquela con una particular manera de formatear. Barthes sostenía que era la única vía con la que contaba el escritor para solventar una distancia: la que hay entre la ciencia, con todo su aplastante peso específico, y la vida, que está hecha de sutilezas.

Afortunado el escritor que sea capaz de aprehenderlas.

Raymond Queneau no solo escribió con el derroche de ingenio del que da cuenta esta obra (corta en su extensión y descomunal en su alcance), sino que destiló en el resto de sus más de quince novelas meditaciones filosóficas que tienen como referentes a Platón, Descartes o Husserl.

 

Tercera entrega de estos juegos de estilo para cuya práctica nos hemos dejado no solo inspirar sino conmover por los «Ejercicios de estilo» de Raymond Queneau (1903-1976). @marianRGK Clic para tuitear

 

Antes de continuar, una confesión

Raymond Queneau abrió camino a la «literatura incómoda». Antonio Fernández Ferrer, en su prólogo a los Ejercicios de estilo, cita del incunable de Marcial, Epigramas, libro II, 86, vv. 9-10 y extrae estos dos versos: «Es ridículo dedicarse a bagatelas intrincadas / y estúpido afanarse en fruslerías». Se refería Marcial «a un tipo de composiciones estrambóticas —citamos a Fdez. Ferrer— muy frecuentadas en su tiempo». Hay otros epítetos de eruditos que se han pronunciado al respecto de este tipo de componendas: «manierismo formal», «filología recreativa», «pasatiempos filológicos», «divertimentos retóricos» o «juegos de ingenio», entre otros. Hasta «literatura extravagante».

Es cierto que creaciones así resultan incómodas, precisamente porque llevan al extremo el «divertimento» y no decaen. Sin embargo, tienen su enjundia y una gran dificultad, aun cuando no hacemos sino copiar los artificios que Raymond Queneau sigue en su obra. Y en este instante, dudamos de si seremos capaces de llevar a buen término (hasta el final) este inquietante desafío. Porque es cierto: nada hay de sentimental o de emotivo, sino que la dificultad se convierte en un fin per se.

Animamos desde estas líneas al lector a embarcarse en dicho ejercicio literario. Y a que hablemos después.

 

Mil maneras de decir

Dicho esto, iniciamos la tarea. Reproducimos el texto guía sobre el que jugamos hoy a decir de siete maneras distintas este fragmento de Los disparos del cazador, de Rafael Chirbes.

Una palmada en el hombro. Un abrazo de compromiso. «A ver qué día nos vemos más despacio». No llegó ese día. Ni siquiera en el velatorio pude quedarme más que unos minutos. «Dame un beso, Rosa. Sabes lo mucho que nos hemos querido». Cuando le dije «hemos» supe que lo traicionaba. Estaba allí, corpulento, en el interior de la caja forrada de rojo, y no pude evitar el pensamiento de que pronto empezaría a transmitirle a la tierra su exceso de vida, su falta de estilo.

 

estilo literario
Foto de Eli Solitas en Unsplash

 

Precisiones

A las 16 h en punto abrieron el tanatorio. Se ingresaba a una sala de 12 m de ancho por 8 m de largo dividida en una tercera parte por una mampara de 90 cm de extremo a extremo si extendiéramos los brazos; y una altura de 1 m 80 cm, suficiente como para preservar la intimidad de quien se aproximaba a dejar 15 o 20 palabras en el libro de despedida. En la habitación, había 12 personas cuyas edades oscilaban entre los 35 y los 60 años; y la viuda, de 41 años de edad, 10 meses y 14 días. Yo, de 53 años y 7 días, me acerqué a darle el pésame, uno, y una palmada en el hombro, una sola. Tardé apenas 3 minutos en pedirle un beso, uno, y en decirle que el muerto, de 51 años, 9 meses y 9 días mal llevados, y yo mismo nos habíamos querido 12 arrobas, 7 libras y 2 onzas y media. En un instante, uno, supe que lo traicionaba de forma involuntaria del orden de 15 fanegas y supe que ese día de un encuentro futuro, tan siquiera uno, no llegaría nunca.

En la parte posterior de la sala se abría un pasillo de 90 cm de ancho y 3 m de largo cuya pared izquierda quedaba interrumpida por un ventanal fijo de cristal transparente, de 2 m de ancho por 1 m 90 cm de alto y 12 mm de grosor, con una lámina de polivinilo en medio, una. Desde allí se veía el féretro, una caja de 2 m 10 cm de largo, 80 cm de ancho y 50 cm de alto, acolchada en seda roja de 3 mm de gramaje, en cuyo interior yacía él. Me cruzó un pensamiento de 1 m cúbico de masa gaseosa atestado de crítica maligna: aquellos 170 kg de vida inerte y cero estilo estaban a punto de trasladarse a un boquete de tierra de 3 m de fondo y 90 cm de ancho.

 

Relato

El sábado pasado falleció mi amigo Eduardo y el domingo a mediodía pasé a presentar mis condolencias a Rosa, su viuda. No bien llegué, la divisé al fondo de la sala enfundada en un exquisito vestido negro. Llevaba gafas, negras también, que le ocultaban algo más que los ojos. Me acerqué y le palmeé la espalda. Se giró. La abracé. Quise que mi invitación a vernos en otro momento sonara natural, pero algo debió entrever —quizá no era el día, quizá ni registró mi cortesía— porque ese encuentro no llegó. El caso es que yo, ese día, como casi todos, llevaba prisa y tuve que apurarme. Le pedí un beso y musité: «Sabes lo mucho que nos hemos querido».

No me lo he perdonado aún: fue terminar de decir «hemos» y caí en la cuenta de mi traición. Desvié mi mirada hacia la caja. Eduardo yacía con toda su humanidad intacta, enmarcada en seda roja; pensé que solo la tierra sería capaz de acoger su falta de estilo y su exceso de competencia física.

 

Palabras compuestas

La hombropalmeé con un compromisoabrazo, instandoavernos en un futurononato. Visitapurado en el velatorio, besosolicité a Rosa afirmando superlativocariño entre su marido y yo. Aconcienciatraicionándolo. La forradaenrojocaja corpulencialbergaba de mi amigo e imposiblevitar un nefastopensamiento de excesivavidafaltadestilo con que tierratransferiría su ingentehumanidad.

 

Negatividades

No fue un toque ni un amago, sino una palmada en el hombro. No sería un día preciso, sino cualquier otro en que la insté a que nos viéramos. No iba despacio, sino con prisa y no era por la tarde, sino a mediodía. No le pedí un abrazo, sino un beso; y no era que nos hubiéramos querido poco, sino todo lo contrario, dije. No fue un desliz ni fue premeditado, sino una traición vuelta consciente en aquel preciso momento. No se había encogido su tamaño, sino que permanecía igual, corpulento, ni era que a la caja la hubieran desprovisto de accesorios, sino que exhibía una tela roja. No fue la tela roja o quizá sí ni fue que no pude haber evitado pensarlo, aunque quizá ni lo intenté, pero me atravesó la idea de que no tarde sino pronto trasmitiría a la tierra no su humanidad neta, sino su exceso de vida y su falta de estilo.


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Fotografía: fotografierende en Unsplash

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