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La declaración de la renta: una inspiración

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La declaración de la renta: una inspiración

 

Me siento como el niño que, después de conseguir los juguetes que siempre soñó, termina jugando con una caja de cartón con unas ruedas pintadas. Tras una vida de periodista vocacional de radio y prensa, de productor ejecutivo y guionista de televisión, de profesor universitario y de perenne aspirante a escritor, acabo de rematar una de la experiencias profesionales más sorprendentes que jamás haya disfrutado. Durante dos meses, he sido funcionario interino en la Campaña de Renta 2018. Yo, que me enredo con las divisiones de decimales, he ayudado a más de medio millar de personas a presentar sus declaraciones. ¡Quién dijo miedo! Para quien no sepa de mí más que aquello que le dejo ver en artículos como este, diré que, hace nueve años, elegí esta vida que llevo y acepté la responsabilidad de hacer caja como buenamente pudiera para seguir escribiendo.

Me ha rescatado de la ficción narcisista en la que flotamos los profesionales de los medios.

Desde esta butaca, quinientas declaraciones me contemplan

No pretendo subestimar tan inédita labor al compararla con un coche de cartón: muy al contrario, quiero subrayar cuánto la he disfrutado. En primer lugar, porque me ha sacado de la madriguera en la que solemos refugiarnos muchos de los que hacemos de la escritura nuestra vocación y, desde luego, me ha rescatado de la ficción narcisista en la que flotamos los profesionales de los medios. Y, en segundo término, por el reto que supuso tratar a diario con docenas de personas que, por lo general, llegaban a la defensiva, temerosas del siete que Hacienda les pudiera hacer y enfadadas porque «solo pagamos los de siempre».  A mayores, y gracias al trato con ellas, me he reconciliado con ese que también soy, el de la mano izquierda y el sentido del humor. Unas cualidades, por cierto, que me ayudaron a integrarme en uno de los equipos con mejor talante y más sentido del compañerismo que recuerdo, muy alejados de la vanidad inherente a mis otras profesiones.

El titular era este: «La vida no puede ser trabajar toda la semana e ir el sábado al supermercado».

Pero este artículo no va de eso. ¿O sí? Porque, la verdad, sí que va de soberbia y vanidad. Me explico. Durante el desarrollo de la campaña, leí una entrevista en El País al paleoantropólogo Juan Luis Arsuaga, famoso por los hallazgos de Atapuerca. Un hombre con una vocación, un tipo con suerte. El titular era este: «La vida no puede ser trabajar toda la semana e ir el sábado al supermercado». Y luego añade que esa vida «no es humana» y que hay que buscar la belleza porque «si no, esto es una mierda». Arsuaga y el periodista coinciden en que nuestros antepasados «apreciaban mejor la vida».

La verdad, no sé a qué antepasados se refieren: ¿será al cazador artrítico de las cavernas que moría de un resfriado? ¿O al recolector que no tenía más agua que sus lágrimas para echarle a un campo agostado? ¿O a las mujeres griegas, despojadas de todo derecho? ¿O a los esclavos romanos? ¿Quizá a los siervos de la gleba medievales? ¿O a los proletarios tísicos del XIX? Para apreciar la vida, lo primero que hay que tener es salud y, después, tiempo libre para pensar en sus partes más bellas. La salud y el tiempo libre se consiguen con un catálogo suficiente de derechos, muy bien representados en las inversiones derivadas de nuestros impuestos. Y si alguien ha gozado en la Historia de esas condiciones inexcusables, somos nosotros, los seres humanos de nuestra época. Creo que sobrevuelan la entrevista dos fantasmas de Canterville de Occidente: el elitismo de la Ilustración, es decir, el de la aristocracia leída y el de la burguesía rampante, que aprendían a levantar la nariz antes que a sonarse los mocos, y el sempiterno mito de la Edad Dorada —«cualquier tiempo pasado…»—, inventado por Hesíodo en el siglo VIII a. C.

Arsuaga, como otros personajes que alcanzan sus metas, manifiesta un desdén darwinista, más o menos disimulado, por las incontables vidas de «trabajo y supermercado» a las que, como mínimo, debiera agradecer que les sirvan de espejo.

Arsuaga, como otros personajes que alcanzan sus metas, manifiesta un desdén darwinista, más o menos disimulado, por las incontables vidas de «trabajo y supermercado» a las que, como mínimo, debiera agradecer que les sirvan de espejo. Y es con esas vidas, gemelas de la mía, con las que he compartido los dos últimos meses en la campaña anual de la Renta.

Vidas como la de una mujer joven que se sentó en mi mesa para hacer su declaración y la de su marido, del que enviudó el año pasado. Apenas le había manifestado mi condolencia, cuando rompió a llorar; era mi segundo día. El mejor consuelo que podía ofrecerle era rematar el trámite cuanto antes. Siempre he tenido a Murphy y sus leyes como chatarra de Facebook, pero, ese día, bien que se vengó de mí: la impresora se atascó y no había manera de alcanzar la esquina del folio agazapado en sus tripas. Cuando por fin pudo irse la mujer, repasé su declaración: allí estaba la panadería que montó con su esposo, con sus horarios inclementes de lunes a lunes; los hijos que tuvieron, ahora huérfanos; sus logros y aspiraciones; sus ilusiones de ahorrar para descansar cuando fueran viejos… Una vida documentada en cálculos y casillas.

«Señora, la declaración es como la vida, cambia de año en año», una sentencia que tuvo su éxito entre el equipo y que pongo a disposición del community manager de la Agencia Tributaria. @JjPicos Clic para tuitear

 

Recuerdo también a un matrimonio mayor. Él tenía reconocida una discapacidad. Cuando le expliqué a la señora que, desde el año pasado, gozaba del derecho a una deducción de cien euros mensuales por «cónyuge discapacitado», no daba crédito: «Pero si el año pasado pagamos… ¡Y el otro más!». Y, ahí, el funcionario bisoño que era yo se vino arriba: «Señora, la declaración es como la vida, cambia de año en año», una sentencia que tuvo su éxito entre el equipo y que pongo a disposición del community manager de la Agencia Tributaria.

Vino a darme la razón una mocetona rubia, apenas treintañera, con uniforme sanitario. Allí estaba ella, orgullosa porque iba a hacer la primera declaración de su vida: en 2018 se independizó de sus padres y era consciente de que tenía derecho a una deducción autonómica por su flamante alquiler. Vivir por su cuenta no era solo un cambio vital, sino una auténtica aventura, dada su discapacidad. Traía su documentación perfectamente ordenada y, con los papeles, una batería de preguntas con la que acribilló al novato. Satisfecha ella y sudoroso yo, me tendió la mano: «¿A que nunca ha visto una niña tan educada como yo?». Estrechándosela, le respondí: «Ni tan organizada». Casi dos meses después, aún me duele no haber añadido «y tan valiente». Trabajaba toda la semana y, con su bravura y responsabilidad, seguramente llevaría una exhaustiva lista de la compra al supermercado.

Otro matrimonio, trabajadores de lunes a viernes y con familia numerosa (¡menudo carro de la compra!), también se llevó su sorpresa: a la hija mayor, dieciséis años, le salía a devolver. La culpa era de unas acciones que le regaló su abuelo, pensionista de astillero. Esta fue la respuesta de su padre: «Le servirá de ejemplo de ahorro a las pequeñas».

Hay más carne y sangre en un documento fiscal que en un yacimiento paleolítico.

Durante treinta y cuatro días laborables —con dos jornadas semanales de mañana y tarde—, ese ha sido el perfil medio de la gente de «trabajo y supermercado» que he atendido. Después de desgranar sus vidas en la documentada biografía de la Renta, me pregunto si Arsuaga sabrá más del hombre de las cavernas que de los seres humanos de Internet, sus contemporáneos. Y también si todos los que nos creemos señalados por alguna musa, estaremos tan documentados sobre la vida real como sobre nuestras ficciones. Preguntas que me llevan a la irrefutable respuesta de que hay más carne y sangre en un documento fiscal que en un yacimiento paleolítico.

 

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