La primera revista para escritores

«La historia de la vieja niñera», de Elizabeth Gaskell (1852)

Descifrando los secretos de un buen relato de fantasmas

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La historia de la vieja niñera, de Elizabeth Gaskell (1852): descifrando los secretos de un buen relato de fantasmas

Todos los fantasmas esconden un secreto terrible que condena a sus almas a vagar eternamente. Descubrir ese secreto entre las brumas inquietantes que siempre los rodean es una de las razones por las que el lector del siglo XXI todavía se siente atraído por estas historias. A mí, en concreto, me fascinan. Y no solo porque me intriguen, entretengan y raras, muy raras, veces me asusten: sino porque siempre he pensado que es uno de los géneros que más ayudan a la formación de un escritor.

Esta afirmación puede sonar extraña, dado que este siempre ha sido un género considerado menor dentro de la historia de la literatura. Pero no es dejéis engañar por su mala fama: escribir un buen relato de fantasmas no está al alcance de cualquiera. Pensad en lo fácil que es caer en el ridículo, los tópicos o en la exageración. Crear un fantasma verosímil e impactante es complicado.

«Os invito a leer atentamente este excelente relato de fantasmas y a descubrir los recursos que utiliza la autora. A tomar nota de la sabia dosificación de la información...». Beatriz Cortel Clic para tuitear

Por eso os invito a leer atentamente este excelente relato de fantasmas y a descubrir los recursos que utiliza la autora. A tomar nota de la sabia dosificación de la información, de las pistas que van preparando al lector para la aparición del fantasma (el ala de la casa a la que está prohibido acceder, el misterio del que los criados temen comentar, el viento aullador…) Fijaos en la descripción del paisaje, de la vieja mansión aislada y de los personajes. El orden de aparición de todos los detalles no es casual: es un relato estructurado con perfección matemática.

La nota más personal de la autora, aquella donde reside toda la fuerza y originalidad del relato, es en la elección del narrador.

Pero, a mi juicio, la nota más personal de la autora, aquella donde reside toda la fuerza y originalidad del relato es en la elección del narrador. Se trata de una niñera que cuenta en primera persona una historia ocurrida en su juventud. La frescura, la cercanía y las dosis de humor con que la relata confieren a la obra un ritmo trepidante y una apariencia de realidad fuera de dudas. Su amor incondicional y la complicidad con la niña a la que cuida hacen que el lector se identifique con ella (“jamás hubo un bebé igual ni antes ni después”, la llevaba a la cocina cuando la niña se cansaba “de portarse bien en el salón”). La suya es una personalidad tan alejada de lo sobrenatural y supone un contraste tan vívido con el ambiente enrarecido que reina en la casa y “la triste y severa señorita Furnivall” y su vieja ama “la fría señora Stark”, que el lector sucumbe a su hechizo desde el primer momento y estará dispuesto a creer todo cuanto ella afirme.

Más que los fantasmas, lo más increíble del relato es que su autora concibiera una protagonista femenina con tanto carácter y libertad en la época de la Inglaterra victoriana.

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