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La inquietante búsqueda de lo bello

Hablemos de estilo literario

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La inquietante búsqueda de lo bello

Textos hay miles, buenos y menos buenos. Textos pasables. Textos grandes. Muchos textos de todo tipo.

Aparte, los que nos enamoran.

Martin Seymour-Smith, poeta y crítico inglés, al hablar de los hábitos de escritura de Émile Zola, llegó a decir que «en algunas ocasiones, el esfuerzo que tenía que hacer al luchar con un pasaje rebelde llegaba a provocarle una erección».

Ese mismo autor sostenía que D. H. Lawrence no era un buen pensador y que sus preocupaciones neuróticas interferían con su talento artístico; al parecer, sus ideas se volvían cada vez más confusas y su capacidad de autocrítica desaparecía.

Sin embargo, tenía talento. Un talento que brotaba de su celebración de los instintos humanos y a pesar de que sus tendencias homosexuales le granjeaban furibundas oposiciones, algo que sucedía —importa tenerlo muy en cuenta— entre los siglos XIX y XX.

La palabra, dice Marta Sanz en envidiable metáfora, es «ese cuchillo que rompe la piel de la fruta», o como me nace decir en modesta comparación, el bisturí con que el paciente se raja la propia piel. Porque atreverse a ser uno mismo no se hace solo con la cabeza, sino con el cuerpo entero: es con el cuerpo entero como se siente.

El cuerpo, campo de batalla de angustias, sentimientos, afanes y sudores.

El mérito de D. H. Lawrence estribaba en ser diferente y, sin embargo, ser diferente por sí solo no garantiza un texto bien escrito. Además de diferente, ha de ser bello.

Pero ¿qué fundamentos tiene la belleza, si todo es relativo?

¿Podríamos acordar por mayoría absoluta cuál entre dos textos santificados por la tradición es más hermoso?

El argumento es sencillo: las personas de quienes nos enamoramos se nos muestran imbuidas de un aura que las hace lucir hermosas, aun cuando no superarían los cánones de belleza de ciertos estándares. Además: no nos enamoramos de todas.

Con los textos literarios pasa igual. Cada uno tiene sus autores fetiche, sus favoritos.

Y me temo que estamos embarrancando en terreno resbaladizo.

Parece que acercarnos a lo bello per se es tarea ardua, así que probaremos a dar un rodeo. Con seguridad vamos a consensuar qué no es bello:

  • Lo superfluo
  • Lo susceptible de cambiarse
  • Lo susceptible de corregirse
  • Lo prescindible
  • Lo que carece de concierto (no lo desordenado, que puede estar desordenado y tener concierto)
  • Lo descuidado
  • Lo incoherente
  • Lo azaroso

Y si nos ceñimos al campo literario, tenemos que agregar:

  • Un manejo pobre de la semántica
  • Los errores ortográficos
  • La falta de ritmo, de música
  • Decir más de lo necesario
  • Obviar el cuidado de los detalles
  • No ser claro
  • Lo incongruente
  • Prescindir del lenguaje de las tinieblas, de los abismos, de las simas del alma humana

«Decía Italo Calvino que la poesía es contraria al azar. También la prosa que busca hacerse grande lo es. No sobreviene sin más». Marian Ruiz (@marianRGK) nos habla de estilo literario y de la búsqueda de lo bello. Clic para tuitear

Decía Italo Calvino que la poesía es contraria al azar. También la prosa que busca hacerse grande lo es. No sobreviene sin más.

Hay una diferencia radical entre el texto científico y el literario. El primero es impersonal, abstracto, puros signos en clave que remiten a cuestiones de complejidad máxima, arduos intentos de objetivar la realidad.

En el segundo está la persona con sus juicios, prejuicios, su manera de sentir lo próximo y lo lejano, de estar en la realidad o de dejarse arrastrar por pensamientos y sentimientos. Sus tics. Esa manera personal y subjetiva. Si el resultado es insólito, es porque su ser y su estar lo son. De estilo literario, por consiguiente, solo puede hablarse en estos casos.

Vivimos seducidos por la belleza ya desde bebés, que escogemos de manera instintiva el rostro bello; de adultos, solo podemos acotar qué lo es por aproximación, un ejercicio que venimos haciendo desde los griegos sin acabar de ponernos de acuerdo.

Pero somos obstinados. Capítulo a capítulo, buscaremos lo que más se ajusta a nuestro objeto de debate, con tenacidad de fanáticos.

William Faulkner reescribió El ruido y la furia muchas veces y nos dejó dicho: «El artista sigue trabajando sin descanso y volviendo a recomenzar: y cada vez cree que logrará su fin, que integrará su obra. No lo logrará, como es natural; y de ahí la razón de que ese estado de ánimo sea fecundo. Si alguna vez lo consiguiera, si su obra llegara a poder equipararse con la imagen que se hizo de ella, con su sueño, solo le restaría precipitarse desde el pináculo de esa perfección definitiva y suicidarse».

 

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