La primera revista para escritores

«La tienda de figuras de porcelana», de Salva Solano Salmerón

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No soy lector agradecido de relatos. Me sonrojaría decir en público qué textos he dejado en la cuneta sin poder definir con exactitud qué me impele a hacerlo, aun reconociendo la calidad de los escritos.

Porque en realidad lo que abandono no es un relato sino el conjunto, el compendio, la antología… Supongo que aspiro a cierta conexión, del tipo que sea. Y eso es, entre otras cosas, lo que encuentro en La tienda de figuras de porcelana.

La lectura cronológica del libro nos hará evocar la figura rota de la portada en tres momentos muy concretos: al inicio, en el ecuador del libro y cerca ya del final.

Dejo aquí unos fragmentos, a modo de ejemplo:

 

«Al igual que las demás integrantes de la compañía de danza, había sido pintada con colores pastel, casi traslúcidos, como si el artista hubiera temido mancillar el blanco perfecto de la porcelana pulida». Inauguración

«… estas pequeñas cosas son las que echaré de menos cuando mi propia figura se agriete y se desconche y se reduzca a polvo, si es que enton­ces (…) todavía aprieta la nostalgia». Interludio cuadragenario

«La porcelana de sus delicadas estructuras bio­lógicas quebró y recalaron en universos distintos». Condenados a suceder

 

Apostemos con Salva Solano al rojo: ese el color de la cara del enfurecido y de las plumas en la cara del jilguero; del martillo de emergencia del autobús y del freno de emergencia del metro; de los frutos del acebo y del ciruelo; del cabello de la chica del metro y de la que se reencarnó en ave, y rojo era también el sofá de eskay «de una vida más simple y hermosa», perdida con la infancia.

Salva Solano Salmerón

He dicho «lectura cronológica» porque en este libro los relatos están ordenados de ese modo: el primero está protagonizado por un niño de 5 años; el quinto, por un trío de treintañeros; el octavo, por una mujer de 41… Los números son importantes, como sabe el protagonista de Testimonio de toquiano.

Aunque cada relato aborde un tema distinto, el autor ha espolvoreado en muchos de ellos referencias sutiles a la edad o al paso del tiempo, como si no quisiera que nos olvidásemos de dónde estamos, dónde hemos entrado al cruzar la puerta de esta tienda: «Pero ahora juega con más brusquedad que cuando era más pequeño», (La tierra perdida en la infancia); «… en aquel entonces un lustro era una diferencia abismal, insalvable», (Aicnegreme ed adilas); «¿Por qué no sentía él ya como esa pequeña? Solo cumplía cuarenta años, ¿por qué no vibraba de dicha ante tales regalos de la naturaleza», (No nevaba nieve); «No podía evitar pensar esas cosas. Se lo re­prochó. ¿Qué edad tendría? ¿Veinticinco? Sí, veinte años menos que él, como mínimo», (La línea circular)…

Conexión, amigos. Conexión.

 

Por lo demás, no seré yo quien revele la prosa cuidada, divertida y melosa de Salva Solano. Yo he venido a hablar de «mi libro», no en el sentido umbraliano del término, sino en el de lo que ha significado para mí.

Ya la Inauguración me pone sobre aviso y, aun con todo, el primer relato (La tierra perdida en la infancia) me hunde el puñal en la fibra por trasladarme donde yo no soy capaz de llegar como contador de historias; Las furias inoportunas me conduce más adentro todavía, a mí mismo (no explicaré si como agente o receptor); con el tercero, Aicnegreme ed adilas, me sucede igual. Y ya más adelante, olvidando la ligazón deseada, sigue conmoviéndome en cada página con una bella prosa erudita, sin llegar a pretenciosa.

Para terminar y devolverme a un estado más natural en mí, una guinda atrevida y brillante, rozando peligrosamente lo grosero: Academia de íncubos.

Muy buen sabor de boca.


Por Miguel Ángel Toro Riu

https://elhombrequecambiabalosmueblesdesitio.com/

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