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Las bacantes

El triunfo de Pan, de Nicolas Poussin
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Las bacantes

Las bacantes eran mujeres de Tebas que formaban cortejos donde cantaban y bailaban en honor del dios Dionisos o Baco. El culto a este dios en la antigua Grecia era muy importante. @isionperez Clic para tuitear

Las bacantes eran mujeres de Tebas que formaban cortejos donde cantaban y bailaban en honor del dios Dionisos o Baco. El culto a este dios en la antigua Grecia era muy importante. Las bacantes eran «arrebatadas» por el delirio dionisiaco y danzaban con el cabello suelto y el pecho desnudo, cubiertas con algunas pieles. Todas las mujeres (salvo las madres de niños pequeños) participaban sin contacto con los hombres de este ritual, en que bebían alcohol, tomaban alucinógenos y se dejaban arrastrar por el misticismo. Utilizaban como grito sagrado «¡Evohé!» (que mostraba regocijo) mientras sacudían la cabeza y perseguían animales salvajes que luego comían crudos. Parece que esto era una representación de Baco siendo devorado por los titanes. Los griegos suponían que esos rituales fomentaban la fertilidad.

Se cree que estos rituales se mantuvieron clandestinamente hasta la Edad Media y se han relacionado con los aquelarres (aunque de la existencia de estas reuniones no nos han llegado más que las actas acusatorias, sin que haya más pruebas de que se realizaran).

Además de estar ligadas a la figura de Baco, las bacantes aparecen en algunas versiones como responsables de la muerte de Orfeo, a quien habrían despedazado para vengar al dios del vino, celoso de que Orfeo rindiera culto a Apolo.

Las bacantes se denominaron así por ser sacerdotisas de Baco (Dionisos) y pasó al lenguaje coloquial para referirse a mujeres libertinas.

La mayor parte de lo que conocemos de los rituales llevados a cabo por estas mujeres nos llegó a través de la pieza Las bacantes, de Eurípides, que fue representada hacia el año 406 a. C. En esta obra se nos presenta a estas mujeres participando en ritos en honor del dios Dionisos, al que acompañan. Tras beber vino se han entregado a la lujuria y el rey Penteo ordena apresarlos. Tras escapar, el dios arenga a las bacantes para que se venguen del rey. Al despedazarlo, castigan también el escepticismo de los tebanos.

Los autores romanos, al presentar a las bacantes, destacan el delirio. Los cortejos y la música orgiástica aparecen en los poemas de Catulo. En las Metamorfosis, Ovidio presenta el fragmento «Penteo y Baco», en el que el rey es despedazado por «los crueles instrumentos» que son las bacantes: «el mismo/ camina adonde, elegido para hacerse los sacrificios, el Citerón/ con cantos y clara de las bacantes la voz sonaba». Virgilio, en el canto IV de La Eneida, compara la locura amorosa de Dido a la de las bacantes y Horacio describe en las Odas los milagros que realizaba el cortejo.

En el romanticismo destaca el poema en prosa de Maurice de Guérin titulado La bacante, de 1862. Guérin admiraba los modelos de la Grecia clásica y presenta en sus poemas su propia identidad, la naturaleza y el mundo humano. En La bacante presenta a Aelo que, tras trepar a la cima de una montaña, espera la mordedura de una serpiente para llegar a la calma que es preludio de la llegada del dios. Será la pérdida del yo, la disolución a la que aspira el poeta.

Rubén Darío utiliza el tema de Dionisos y las bacantes para el poema Ya Dionisio en su pollino, en el que presenta a un dios derrotado.

Rubén Darío utilizará a la bacante en el sentido de la mujer libertina. En el poema A España, madre patria, Darío utiliza el alfabeto hebreo para estructurar el poema. En Phe escribe sobre tres musas que se presentan ante el poeta. La primera de ellas es «hermosa, lasciva, blanca, inquieta/ y libre en el mirar./ Provocativa ríe como bacante loca». El poema está fechado en marzo de 1889. Al mismo tiempo, Rubén Darío utiliza el tema de Dionisos y las Bacantes para el poema Ya Dionisio en su pollino, en el que presenta a un dios derrotado, sin cantos ni visitas a los templos: «¡Ya los crótalos sonantes/ no se entrechocan al viento/ ni hay el impudor violento/ y augusto de las bacantes!». Dionisio es la tristeza y el dolor amargo de mendigos y prostitutas que apuran el alcohol. El poeta pide al dios que resucite a su brillante comitiva y termina recordando el grito sagrado de las bacantes: «¡Evohé!, porción humana/ que pensáis al padecer,/ ¡bebed el licor de ayer/ a la gloria de mañana!».

Las bacantes es el título de una ópera alemana en un acto y cuatro movimientos de Hans Werner Henze, estrenada en 1966. Está basada en la obra de Eurípides. El libreto es de Auden y Kallman. En esta ópera el rey Penteo representa la razón y el control emocional, mientras que el dios Dionisos simboliza la pasión humana desbocada. El dios quiere vengarse de las mujeres de Tebas por dudar de su divinidad. Penteo ha prohibido el culto a Dionisos por implicar algo «salvaje e irracional». La muerte de Penteo provoca la ruina de la ciudad. Henze explicaba que en su obra el conflicto entre el dios y Penteo es el conflicto entre la libertad y el autoritarismo.

Por otra parte, a través del tópico de la música, la tragedia de las bacantes aparece en el cuento Las Ménades (1956), en el capítulo 68 de Rayuela (ambos de Julio Cortázar) y en la novela El acoso (1958), de Alejo Carpentier.

Cortázar utiliza en Las Ménades el tópico de las mujeres seguidoras de Dionisos y algunos elementos teatrales a través de la música.

Cortázar utiliza en Las Ménades el tópico de las mujeres seguidoras de Dionisos y algunos elementos teatrales a través de la música. Esto último permite vincular el cuento del argentino con la obra de Carpentier. Ambos autores utilizan la sala de conciertos para llevar a cabo la representación de mitos griegos y en sus obras se irá rompiendo la barrera entre escenario y receptores. En ambos la música lleva a la locura, hasta el extremo de que en la obra de Cortázar el director de la orquesta sufrirá el «sparagmos» (el ritual de comer carne cruda) por parte del auditorio. Las Ménades de Cortázar son las erinias de la novela de Carpentier. A través de la música, las primeras son purificadas y las erinias son un signo de conciencia y remordimiento.

En Rayuela, en el capítulo 68, Julio Cortázar presenta una escena erótica e inventa un lenguaje al que denomina «glíglico». El autor incorpora el grito que las bacantes utilizaban para aclamar al dios Dionisos como culminación del amor físico, que adquiere un ritmo cada vez más acelerado en la obra («la jadehollante embocaplubia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé!»). El lector debe completar el sentido del texto con su imaginación, ya que esta dará el significado exacto a cada una de las palabras inventadas.

La obra de Eurípides fue también adaptada al cine, terreno en el que destaca la obra de Giorgio Ferroni Las bacantes, de 1961. La película presenta al dios Dionisos de regreso a Tebas, donde el rey Penteo se niega a reconocerlo como dios. Dionisos lo castigará, dará el trono a Lacdanos y encargará a las bacantes (fieles devotas suyas) que mantengan su culto.

Quizá una de las visiones más originales sobre las bacantes en el cine sea la que aparece en Orfeo (1949), de Jean Cocteau. En ella aparece un club exclusivamente para mujeres, una especie de grupo feminista adelantado a su tiempo. El club de las bacantes”, del que Eurídice era una criada, ataca y mata al poeta que es acusado de despreciar a las mujeres.

 

Imagen: El triunfo de Pan, de Nicolas Poussin. Licencia (CC BY-SA 4.0)

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