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Letras del XIX: duelos, apropiaciones y degüellos

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Letras del XIX: duelos, apropiaciones y degüellos

Si alguna vez habéis pensado que el siglo XXI es el siglo de la locura y de las cosas extrañas, del despotrique, de las barbaridades y de las malas palabras, viajad en el tiempo y echad un vistazo al diecinueve, por ejemplo, que fue la época en la que todo el mundo, en general, traducía o se apropiaba de obras ajenas y cosas por el estilo. Podréis encontrar maravillas y joyas de todo tipo, y veréis que, además, estaban como reales cabras.

Duelo a muerte contra los espectros y las sombras ensangrentadas

La Galería fúnebre de espectros y sombras ensangrentadas (1831) fue una de las obras más atacadas, famosas y populares de su época; de hecho, pese a los ataques, no hubo quien la tumbara, parecía que no iba a agotarse nunca. Contó con el beneplácito y la bendición de doña María Cristina de Borbón, reina de las Españas, a quien el autor, Agustín Pérez Zaragoza, dedicó la colección.

Catástrofes, espantos, delitos, cadáveres, cabezas ensangrentadas y venganzas atroces circularon por las manos de unos y otros, con riñas familiares incluidas por ver quién tenía derecho a leer primero, durante mucho más tiempo de lo que hasta incluso su creador, entre comillas y puntos suspensivos (fue una traducción de varias obras francesas), esperaba.

«'La Galería fúnebre de espectros y sombras ensangrentadas' (1831) fue una de las obras más atacadas, famosas y populares de su época, de hecho, pese a los ataques, no hubo quien la tumbara...» @Merche_Gotica Clic para tuitear

Entonces apareció don Mariano José de Larra (1809 – 1837), muy contrario a la traducción de novelas francesas y, sobre todo, a la nube de traductores que las destrozaban sin piedad, y comenzó a despotricar y a soltar carros y carretas por su boca. La inquina, a través de El pobrecito hablador (1832), duró aproximadamente cuatro meses. Os dejo algunos ejemplos:

«No quiero yo negar la triste verdad de que no hay día que algún libro malo no se publique, y de ello y de ellos me pesa y tengo verdadero dolor, como si los compusiera yo. Pero todo ese atarugamiento y prisa de libros, reducido está, como sabemos, a un centón de novelitas fúnebres y melancólicas».

«Háse apoderado hoy la murria de nosotros, pues a fe de habladores, ni hemos estado luchando contra las sombras ensangrentadas de Zaragoza, ni salimos de la representación de ningún melodrama traducido del francés. Menos mal».

Unos años más tarde, cuando aún danzaban espectros y sombras de todo tipo por las calles españolas, y continuaban provocando desmayos, gritos de horror, ataques de histeria, ingresos en sanatorios y síncopes varios, el autor de Leyendas y novelas jerezanas (1838) escribió:

«Más cabezas ensangrentadas, puñales, venenos y horcas se encuentran en esta obra que coles en la plaza de un pueblo por la mañana temprano y acelgas en la cocina de un convento».

Esto, que me gusta, me lo quedo

Les Enfans peints par eux-mêmes (Los niños pintados por ellos mismos) fue un libro escrito por el autor francés Alexandre Charles Joseph de Saillet (1811 – 1866), también conocido con el nombre de Joseph Hérin. El libro se publicó en Francia en 1841 y obtuvo un notable éxito.

Llegó Manuel Benito Aguirre, que sabía que la idea de pintarse a sí mismos estaba en auge, y decidió que la obra le gustaba y que se la quedaba para traducirla y publicarla en nuestro país. Las correprisas, la obsesión o vete a saber qué consiguieron que saliera publicada (imprenta de Ignacio Boix), igualmente, en 1841.

El autor tradujo la obra directamente del francés consiguiendo liar uno de los mayores desacatos de la historia de la literatura. Veintiuna historias que en español se convirtieron en veinticuatro, una sola coincidió, y en parte, que fue La linterna mágica.

Arreglada al español fue el reclamo que el escritor utilizó para promocionarla. ¿Qué significa eso? Que, entre otras cosas, al pastor lo cambió por un sastre, al novio por un pintor, a un joven actor lo convirtió en tambor y al hilandero se lo inventó (en la obra original solo aparece una imagen, sin texto, como parte de las ilustraciones).

¡Vivan las traducciones bien hechas y las escondidas! Y ¿por qué escribo esto último? Bueno, digamos que, aunque sí se conservó el título original, que ya era mucho, el nombre del autor no apareció por ninguna parte. Sin embargo, teniendo en cuenta que esa idea era la moda-morro del momento, tampoco es que hiciera nada extraordinario.

A degüello

Emilio Bobadilla - Letras del XIX
Emilio Bobadilla

Emilio Bobadilla (1862 – 1921) fue, además de escritor y redactor de artículos en revistas como Madrid Cómico, El Liberal, La Lectura, Nuestro Tiempo, etc., el duelista oficial de la época, a espadas, y el incordiador más famoso de su tiempo.

Allá donde aparcaba las manos y cogía la pluma, maravillas que de su boca salían. «No tengo inquina sobre ella —decía—, es más, soy un gran admirador suyo». Pues menos mal, como dijo aquel que apareció de repente, porque si no, no deja ni las señales:

«Recuerdo haber elogiado a doña Emilia, pero aduzco como disculpa los pocos años que yo contaba o mi escasísimo o ningún saber. Mi admiración por doña Emilia, como por la mayoría de muchos a quien he elogiado con exceso, ha ido apagándose, ciñéndose a la verdad y la justicia, reduciéndose a los límites de una discreta aprobación». (Triquitraques [1892]).

«Está visto: doña Emilia Pardo Bazán no puede estarse quieta. Es como la vieja de los charcos, en todo se mete. No hay entierro en el que no lleve su vela correspondiente, las más de las veces sin que se la den. Lo mismo escribe sobre la pena de muerte que sobre el inventor del submarino. Se ha salido con la suya, quiere que la llamen polígrafa y escribe, como una enciclopedia, de todo». (Pedanterías de doña Emilia [1892]).

Y después…

Acabáis de salir de una época en la que carruaje se escribía con “g”, la “a” en solitario llevaba tilde y «explicar» era «esplicar», los puntos suspensivos eran todavía cuatro y los signos de admiración (que también solían ser cuatro, aunque a veces ponían tres), con excepciones, solo se escribían al final.

Después, pasaron los años y también las modas, aunque no todas, y la forma de escribir evolucionó. Casi todo cambió. Fue un siglo en el que cada cual hacía lo que quería, nunca pasaba nada y si pasaba, daba igual, al poco tiempo ya se había olvidado. Qué se le va a hacer. Eran muy antiguos.

 

Este artículo fue publicado en el n.º 2 de Capítulo 1.

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