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Lo nuevo de Henry Kamen: Fake Spain!

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Lo nuevo de Henry Kamen: Fake Spain!

 

Voltaire ya sentenció a España en el siglo XVIII: «Es un país del que sabemos lo mismo que de las regiones más salvajes de África. Y tampoco vale la pena saber más». Por entonces, el polígrafo Samuel Johnson le transmitió un lamento al viajero Joseph Baretti, que vino dos veces a la Península: «¡Ojalá hubiera pasado usted más tiempo en España!, porque ningún país resulta más desconocido para el resto de Europa». Otro erudito, el médico escocés William Alexander, decía que «pese a su cercanía, estamos muy poco familiarizados, y menos capacitados para dar cuenta del verdadero carácter de los españoles que de los hotentotes o de los indios de las riberas del Ganges».

Para los políticos, historiadores y propagandistas europeos, España ha sido una excepción desde hace siglos. Es cierto que, aunque denostándola, sus enemigos le reconocían una identidad nacional; también Colón, que bautizó La Española a la primera tierra que pisó; y, desde luego, Hernán Cortés, que llamó Nueva España al virreinato que empezó a conquistar. Si había una España nueva, también la habría vieja.

El británico Henry Kamen forma parte de los excepcionistas. Con generosidad, le da al país dos siglos de existencia. Casi lo afirma en el título de su último ensayo de divulgación histórica: La invención de España: leyendas e ilusiones que han construido la realidad española (Espasa, 2019). Y lo refuerza en un titular en el El Confidencial: «Henry Kamen: “La historia de España es una sucesión de fake news”».

 

Tal y como dice Kamen de los españoles, los británicos han «expulsado a reyes, invitado o rechazado a familias reales, y declarado repúblicas» con tanta frecuencia y furia como en la Península. @JjPicos Clic para tuitear

 

El británico es un veterano y fecundo hispanista al que los medios le buscan la lengua porque, además de vivir en Cataluña, ofrece titulares y se bate a verbo desnudo con su adversario Arturo Pérez-Reverte, que lo acusa de cronista cortesano del independentismo. No he leído el libro, así que este artículo no es una reseña, pero he repasado las entrevistas que le han hecho a diestra y siniestra. Y en todas se presenta a España, en caso de existir, como una vieja excepción europea, tal y como la entendían Voltaire, Johnson y Alexander.

Los medios repasados —El País, El Confidencial, El Español, La Razón y ABC— subrayan un hallazgo sensacional: don Pelayo, héroe mítico y fundacional de la nación española… ¡no existió! Para ese viaje, no hacía falta petate. Cualquiera diría que mis colegas tribuletes no han salido aún de la Enciclopedia Álvarez. Pues, con semejante gancho, que me esperen sentados. Tampoco perdería tiempo y dinero si el reclamo fuera «¡El rey Arturo no fundó el Reino Unido!».

Kamen niega también la batalla de Covadonga: a Pelayo no lo vino a ver la virgen para vencer al moro. Bueno, tampoco hay constancia de que Arturo trinchara a los sajones con su Excalibur en Monte Badon. Conste que no hago estas comparaciones por aquello del «¡Y tú más!», sino por confirmar, o no, esa excepción española en la civilizada Europa y, desde luego, por continuar aquí con mis ejercicios de documentación, fundacionales en toda novela histórica.

 

Una vez que el Imperio romano abandonó ambos territorios a su suerte, se observan más semejanzas que diferencias entre los mojones fundacionales de España y del Reino Unido.

 

«King Arthur», por Charles Ernest Butler (1903)

El hispanista británico añade que el mito de Pelayo nació tiempo después de que se librara la supuesta batalla de Covadonga y que sus fuentes son romances y testimonios muy mediatos. La Materia de Bretaña, es decir, la recopilación de las hazañas del heroico Artús de la Antigüedad Tardía, fue compuesta en la Baja Edad Media por poetas como Béroul, Chrétiens de Troyes, Godofredo de Monmouth o Thomas Malory, personajes cuyas propias biografías triscan entre la realidad y la ficción. Una vez que el Imperio romano abandonó ambos territorios a su suerte, se observan más semejanzas que diferencias entre los mojones fundacionales de España y del Reino Unido: un héroe providencial que destruye al enemigo y construye la nación, solo que uno desde Camelot y el otro, desde Cangas de Onís.

Henry Kamen afirma que los españoles tenemos la inveterada costumbre de ir «siempre expulsando a reyes, invitando o rechazando a familias reales, y declarando repúblicas». ¡Eureka!: restauración borbónica en 1975; dictadura de Franco; Guerra Civil; II República y exilio de Alfonso XIII; restauración de los Borbones con Alfonso XII; I República; Amadeo de Saboya; Revolución Gloriosa con exilio de Isabel II; guerras carlistas… ¿Somos o no somos la excepción?

 

Descabezados el rey y la monarquía, con el heredero exiliado en Francia, fue proclamada la república dictatorial de Oliver Cromwell.

 

Lo podría haber dejado aquí, pero mi diletantismo histórico me llevó hasta el siglo XVII de la nación de Kamen. En 1603, reinaba en Inglaterra un rey escocés de la Casa Estuardo, Jacobo I; lo invitó a ocupar el trono el ministro principal de la difunta Isabel Tudor, el inglés sir Robert Cecil. Los Tudor, borrados de la historia porque Isabel I no tuvo hijos, llegaron al poder por la fusión de las Casas de Lancaster y York, que se enfrentaron en una guerra civil de treinta años en la segunda mitad del XV, la de las Dos Rosas. La misma que mató a Ricardo III.

Dos años después de que Jacobo, rey de Escocia, fuera invitado al trono de Inglaterra, un católico, Guy Fawkes, estuvo a punto de volar el Parlamento con el rey y sus lores y comunes dentro. La «tiranía» de su hijo Carlos I, que también fue rey de las dos naciones, llevó a Inglaterra a la Guerra Civil Inglesa y a Carlos, al cadalso.

«Cromwell», por Samuel Cooper (1656)

Descabezados el rey y la monarquía, con el heredero exiliado en Francia, fue proclamada la república dictatorial de Oliver Cromwell, que gobernó con puño de hierro y guante de paño puritano. Tras la muerte del Lord Protector, los parlamentarios, verdugos de su padre, rogaron a Carlos II que abandonase Francia y aproara los blancos acantilados de Dover para liberar a la nación de la república. Cromwell fue «invitado» a abandonar su tumba y su cabeza estuvo expuesta a la vergüenza pública durante veinticuatro años.

 

 

No somos tan excepcionales en la historia de la civilizada Europa.

Pero al siglo aún le dio tiempo de asistir a la entronización de un holandés, Guillermo III de Orange, que también fue llamado por el Parlamento para derrocar a Jacobo II Estuardo. La Gloriosa Revolución de 1688 instauró una dinastía nueva en el trono, la Orange-Nassau.

Desde 1688, las siguientes dinastías británicas también fueron «invitadas»: Hannover y Sajonia-Coburgo-Gotha, ambas con origen en el Sacro Imperio Romano Germánico. La de Sajonia-CG cambió su nombre a Windsor en la I Guerra Mundial para evitar suspicacias. Pero si nos remontamos a la Edad Media, tenemos a las Plantagenet, Capeto, Blois y Normandía, cuyo idioma era el francés y no el inglés antiguo de la plebe; el lema Dieu et mon droit («Dios y mi derecho») aún figura en el escudo del Reino Unido. Y antes de la invasión normanda del siglo XI, se enseñorearon de la isla reyes nórdicos que combatieron a los sajones, quienes habían sido invitados a combatir a los pictos por el legendario rey britano Vortigern, tan fake como Arturo.

En conclusión, si hay un espejismo en la historia de Europa, no es que a Pelayo lo viniera a ver la virgen en Covadonga. La verdadera paparrucha es la cacareada estabilidad, flema y autoctonía de la monarquía inglesa. Tal y como dice Kamen de los españoles, los británicos han «expulsado a reyes, invitado o rechazado a familias reales, y declarado repúblicas» con tanta frecuencia y furia como en la Península. Por lo menos. Así que no, no somos tan excepcionales en la historia de la civilizada Europa. Moraleja: para esto sirve que usemos la documentación histórica con lealtad y honradez, es decir, con espíritu crítico.

 

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