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Los coronavirus de la mitología

«Peste en Tebas», Charles François Jalabeat, 1849
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Los coronavirus de la mitología

 

Por la soberbia de Agamenón, Apolo castigó a los griegos. Y así empieza la Ilíada, con una peste. El dios arquero cubre con nubes de flechas epidémicas el campamento aqueo: «a los mulos ataca primero y a los veloces perros». Luego se ceba con los hombres: «las piras de cadáveres arden». Al noveno día, el adivino Calcante augura que la epidemia remitirá si Agamenón, aquejado de hibris, devuelve a la esclava Criseida a su padre, Crises, sacerdote de Apolo. A cambio, el rey de Micenas exige que Aquiles le entregue a la cautiva Briseida y Homero, ¡qué lince!, aprovecha el episodio para largarnos veintitrés cantos más y retrasar la victoria aquea.

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«Peste en Tebas», Charles François Jalabeat, 1849

Edipo rey, la psicoanalítica tragedia de Sófocles, también se abre con una plaga y mantiene el protagonismo de Apolo a través de su oráculo en Delfos. Los tebanos le piden ayuda a su rey, Edipo, contra la peste que los asuela. La ciudad «se debilita en los frutos de la tierra, en los rebaños que pacen y en los partos infecundos de las mujeres […] el negro Hades se enriquece entre suspiros y lamentos». El cuñado de Edipo, Creonte, parte a Delfos a pedir consejo. Y la Pitia se lo da: el asesino del rey anterior, Layo, aún no ha sido castigado. Y el culpable no es otro que el soberbio Edipo, convencido de que podría escapar al Hado. El oráculo de Delfos predijo que mataría a su padre y que desposaría a su madre, Yocasta. Supongo que no destripo nada si desvelo que Yocasta se ahorca y Edipo se pincha los ojos con los alfileres del vestido de su madre y esposa y parte al ostracismo.

 

Por la soberbia de Agamenón, Apolo castigó a los griegos. Y así empieza la Ilíada, con una peste. @JjPicos Clic para tuitear

 

La hermana de Apolo, la cinegética Artemisa, también era arquera. Y despiadada: en las regiones más salvajes de Grecia aceptaba sacrificios humanos. El origen de uno de ellos fue un sacrilegio. En la ciudad de Patras, en el norte del Peloponeso, vivían una doncella linda como una ninfa, Cometo, y un efebo bellísimo, Melanipo. En los ratitos en que dejaban de mirarse y admirarse en bronces y estanques, se fijaron el uno en el otro. Y, aquejados también de hibris, no tuvieron mejor ocurrencia que celebrar el haberse conocido convirtiendo el altar de Artemisa en un tálamo. La diosa se enfureció; y con razón: los altares eran la mesa terrenal de los olímpicos, desde allí ascendían a sus doradas mansiones los vahos alimenticios de los sacrificios. La futura Diana también vació su aljaba provocando otra peste en la región. El oráculo de Delfos aconsejó a los embajadores patrenses que, para aplacar a la diosa, sacrificaran a la pareja de impíos, orden que cumplieron escrupulosamente. De ahí les quedó la costumbre de ofrecer la sangre de los efebos más apuestos a Ártemis, una decisión, todo hay que decirlo, nada paritaria.

En unos Juegos Ístmicos de Corinto, un exiliado argivo, Meliso, se tiró al vacío desde lo más alto del templo de Poseidón, patrón del festival. La razón del suicidio fue el asesinato de su hijo adolescente, Acteón. Poseído por la diosa Hibris, Arquias, un aristócrata del linaje de Heracles, se prendó del efebo y quiso raptarlo, pero Acteón fue acuchillado en la refriega. El afligido padre expuso el cadáver en el ágora, sin que los tribunales corintios castigasen el gravísimo delito.

No tardó en caer sobre la ciudad otra plaga. Al sospechar que el mismísimo Poseidón estaba detrás, enviaron una embajada a Delfos. La pitonisa fue clara: Arquias era tan culpable de asesinato como de atentar contra el inviolable derecho a la hospitalidad, protegido por los dioses. Como Edipo, el heráclida fue condenado al ostracismo. Este episodio mitológico enmascara un proceso histórico. A partir del siglo VIII a. C., a las polis griegas les sobró población y les faltó suelo, así que empujaron a sus ciudadanos a fundar colonias. Arquias acabó en Sicilia, donde fundó Siracusa.

 

Los sacerdotes atenienses tuvieron que viajar a Delfos, donde la sibila les recomendó que procesionaran con enormes falos de madera. Desde entonces, quedaron establecidas las Faloforias, la fiesta histórica de los portadores de falos en honor de Dioniso.

 

Atenas fue el escenario de otra plaga mitológica. Los atenienses, orgullosos de que la racional Atenea fuera su patrona, siempre desconfiaron del oriental e imprevisible dios del vino, así que Dioniso tardó en conseguir una parcelita en la Acrópolis. Y la obtuvo gracias a otra epidemia. Harto de los desplantes áticos, se metamorfoseó en un bellísimo efebo —y eso que él no era feo de nacimiento— y se paseó desnudo por la campiña como una especie de flautista de Hamelín. Los rústicos, rendidos de amor pederasta, lo siguieron como ratones en una larguísima y babeante procesión. Ni uno solo dejó de manifestar un vigoroso empalme ante el deseo que Baco les inspiraba. Entonces, el dios desapareció como por ensalmo y los dejó con un dolorosísimo priapismo. Retorcido castigo el de la epidemia de erecciones, pues el pene se mantiene erguido por mucho que desaparezca el deseo; la causa es un trastorno vascular que impide la evacuación de la sangre acumulada en el proceso eréctil. Si no se trata con un drenaje quirúrgico, viene la gangrena. El caso es que los sacerdotes atenienses tuvieron que viajar a Delfos, donde la sibila les recomendó que procesionaran con enormes falos de madera. Mano de santo. Desde entonces, quedaron establecidas las Faloforias, la fiesta histórica de los portadores de falos en honor de Dioniso.

Cabe decir que, sobre la cuestión que nos ocupa, Apolo es un dios paradójico. Representa la cara y la cruz de la frágil condición humana, la moneda con la que pagamos a Ártemis por sus servicios como diosa partera. Ella fue la comadrona de su madre, Leto, en el alumbramiento de Apolo, minutos después de haber nacido ella misma. Entre los atributos de Apolo está el de gobernar la enfermedad, pero en su doble faz de provocarlas y curarlas. Por eso fagocitó a Peán, el médico del Olimpo, y engendró a Asclepio, también conocido como Esculapio, dios de la medicina. A su oráculo en Delfos acudían muchos enfermos y, por eso, muchos médicos. Cuando los griegos empezaron a adorar a Asclepio, desecharon la idea de que las pestes eran un castigo divino por la impiedad humana y buscaron causas más terrenales.

 

Tras repasar estos mitos coronavíricos, observamos que la verdadera pandemia en la Antigua Grecia fue la de hýbris.

 

Tras repasar estos mitos coronavíricos, observamos que la verdadera pandemia en la Antigua Grecia fue la de hýbris. El padre de la Historia, Heródoto, la define así: «Los dioses fulminan a los seres que sobresalen, sin permitir que se jacten de sus dones, que no son suyos. En cambio, los pequeños no despiertan sus iras. Los rayos de Zeus golpean los mayores edificios y los árboles más altos, pues el Cielo abate lo que descuella en demasía».

Debemos entender la hibris como el pecado más aborrecible entre los antiguos griegos: la desproporción en continente y contenido, la desmesura en palabra y acciones. Es hibris la soberbia de dimensiones olímpicas, la tentación de equipararse a los dioses. Este pecado tenía su diosa, Hibris, y un lugar terrible en el Hades: el Tártaro. Tántalo, que quiso engañar a los dioses con un guiso de su propio hijo descuartizado, sigue allí. Lo acompañan el astuto Sísifo, abuelo del sagaz Odiseo, burlador de Tánato, la muerte; aún sigue empujando la roca. Y Ticio, un gigante que quiso violar a Leto, madre de Ártemis y Apolo, y al que una pareja de buitres le come el hígado, órgano de las pasiones. Ixión quiso hacer lo mismo con Hera y acabó profanando a Néfele, una nube con la forma de la diosa; todavía gira en una rueda ardiente. A Tántalo, Zeus lo sumergió hasta el cuello en un lago y suspendió un frutal sobre su cabeza. Cada vez que el condenado quiere comer, un viento inclemente mueve las ramas y las deja fuera de su alcance; y cuando tiene sed, el lago se deseca. Y en tan severa dieta sigue…

 

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«La peste de Atenas», Michiel Sweerts, 1652-1654

 

Se dice que la tercera parte de los atenienses murió en esa epidemia; uno de ellos, Pericles.

 

La epidemia histórica más cercana a las pestilencias aquí catalogadas es la de Atenas de 430 a. C. con sus recidivas hasta 426. La describe Tucídides en su Historia de la guerra del Peloponeso. Atenas y Esparta estaban en guerra y las falanges lacedemonias y la peste cercaron las murallas de Atenea. El historiador nos cuenta que los médicos «nada podían hacer, pues desconocían la naturaleza de la enfermedad. Al tocar a tantos pacientes, morían los primeros». Los síntomas eran estos: violentos dolores de cabeza, enrojecimiento e inflamación de los ojos, sangre en

Pericles (469-429), víctima de la Peste de Atenas

garganta y lengua y lividez que cursaba con enrojecimiento, pústulas y úlceras: «morían al séptimo o noveno día». Si superaban este plazo, sufrían extenuantes diarreas que los remataban. De sobrevivir, perdían los ojos o los dedos. Tucídides añade que los animales carroñeros «no tocaban los cadáveres a pesar de la infinidad de ellos que permanecían insepultos. Si alguno los tocaba, caía muerto». Se dice que la tercera parte de los atenienses murió en esa epidemia; uno de ellos, Pericles. ¿De qué enfermedad hablamos? No se sabe; hay una treintena de teorías que incluyen el tifus exantemático, la escarlatina, la peste bubónica, una combinación de ellas e, incluso, una infección desaparecida e indocumentada.

 

Las hormigas se convirtieron en hoplitas de armaduras pavonadas, los mirmidones. Con el tiempo, Aquiles fue su caudillo y los condujo hasta las llanuras de Ilión.

 

El romano Ovidio describió en sus Metamorfosis otra peste mitológica, la de la isla de Egina, toponímico que honraba a la enésima amante de Zeus. El héroe nacido de ambos, Éaco, fue su primer rey. Y tuvo que soportar la venganza de Hera, la consorte olímpica, por el adulterio de su marido. Que Ovidio leyó a Tucídides queda claro en su descripción de la peste eginense. Comenzó con un calor tan terrible que las serpientes colmaron los manantiales y los envenenaron. Eso provocó un «estrago de perros, aves, ovejas, vacas y fieras salvajes». Los bueyes se desploman, las ovejas se despeluchan, los corceles morían sin gloria y los cadáveres se pudrían en bosques, campos y caminos: «ni los perros ni las aves rapaces ni los lobos de pelo cano los tocan». Los enfermos no soportan ni las ropas ni el lecho y se echan al suelo, que hierve con su calor. «La cruel mortandad hace presa entre los mismos médicos», afirma Ovidio con un recurso de Tucídides.

La plaga de Egina acabó con toda su población, menos con su rey. Abatido y solo, el piadoso Éaco paseaba un día por la campiña agostada cuando vio una ringlera de laboriosas hormigas. Entonces le pidió a Zeus, su padre, que repoblase Egina. Y el Tonante se lo concedió: las hormigas se convirtieron en hoplitas de armaduras pavonadas, los mirmidones. Con el tiempo, Aquiles fue su caudillo y los condujo hasta las llanuras de Ilión, donde Apolo castigó a los griegos por la soberbia de Agamenón.

 

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