La primera revista para escritores

Cap. X: Barcelona

Memorias de un escritor fantasma

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Memorias de un escritor fantasma, capítulo X

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Barcelona

Cuando Nadia Comăneci logró el primer 10 de la historia de la gimnasia en las olimpiadas de Montreal 76, los marcadores no estaban preparados para otorgar esa nota. La joven Nadia aparece en varias fotos sonriente posando junto a un enorme y arcaico tablero analógico, anunciando un «1.00» en vez de un «10.0» como resultado de su perfecta rutina. El público enmudeció hasta que se pudo aclarar que aquellos marcadores no estaban programados para otorgar un 10. A pesar de las muchas personas involucradas en la organización de unos juegos olímpicos, nadie contó jamás con la posibilidad de que alguien pudiese alcanzar la perfección. El cabo suelto, la circunstancia imprevista, fue que todo saliese bien.

Nadie contó jamás con la posibilidad de que alguien pudiese alcanzar la perfección. El cabo suelto, la circunstancia imprevista, fue que todo saliese bien. @JBarroso_Autor Clic para tuitear

Por muchas personas que se involucren en una publicación, y no son pocas, siempre surgen imprevistos. Además del autor, hay correctores, editores, supervisores, maquetadores…, y siempre se les pasa algo a todos. Ese es el imprevisto que acaba llegando al texto final y siendo detectado por el lector.

En una gira de conciertos de una estrella del rock los imprevistos forman parte del día a día. El tour nos había llevado a Barcelona. Su Majestad había llenado un inabarcable recinto y el back stage se nos había quedado pequeño para la celebración. Todo el séquito acabó en el hotel, perjudicado por un exceso de alcohol y alguna otra sustancia. Eran casi las cuatro de la madrugada cuando la suite más lujosa de aquel establecimiento frente al Mediterráneo iba a dejarme caer en el mayor imprevisto de la gira. La habitación estaba llena de desconocidos. Aparte de los miembros de la banda, algunos fans enardecidos y varios vips, se habían colado algunas groupies. Una de ellas estaba recibiendo más atenciones de las que Karolina era capaz de soportar. La joven optó por su estrategia habitual: salir de allí y evitar que su corazón sintiese aquello que sus ojos pudiesen llegar a contemplar. Yo había compartido la efervescencia alcohólica del resto del séquito, lo reconozco. Llevaba semanas compartiendo espacios reducidos con ellos y ya me había descubierto a mí mismo en algún momento tarareando un estribillo del compositor al que tanto odiaba.

Probablemente, fui el único que reparó en Karolina abandonando cariacontecida aquella suite. Casi con toda seguridad, no me hubiese atrevido a seguirla de no ser por el exceso de alcohol en mi sangre.

Probablemente fui el único que reparó en Karolina abandonando cariacontecida aquella suite. Casi con toda seguridad, no me hubiese atrevido a seguirla de no ser por el exceso de alcohol en mi sangre, pero llegué justo a tiempo para detener las puertas del ascensor y presenciar cómo algunas lágrimas, ennegrecidas por la sombra de ojos, teñían el rostro de aquella reina del bus destronada en cada hotel. Ella agachó la cabeza al sentirse descubierta.

—¿Estás bien? —pregunté fracasando en mi intento por no decir una obviedad.

Ella respondió desde detrás de una sonrisa amarga.

—Acepté las reglas del juego cuando me uní a la gira, supongo. —Al terminar su frase mantuvo aquella perfecta sonrisa, obligando a sus lágrimas negras a tomar un desvío hacia la comisura de los labios.

Yo asentí sin saber qué decir mientras su suave siseo anunciaba el cierre de las puertas del ascensor.

—¿Los escritores tenéis groupies?

—¿Los escritores tenéis groupies?

—Tenemos lectoras. A secas.

—Pero alguna habrá que se eche en tus brazos de forma descarada —insistió Karolina justo al mismo tiempo en que se dejaba caer en mis brazos fingiendo un desmayo travieso y cómplice.

—Supongo que sí, pero no hay un término para definirlas. Igual debería idearlo y patentarlo. —La idea y la situación nos dejaron sonrientes, mirándonos fijamente a los ojos y con los labios peligrosamente cerca.

—¿Dónde vas? —me preguntó mientras recuperaba la verticalidad.

—No lo sé. Tan solo te he seguido.

—¿Tienes habitación aquí?

Yo asentí levemente pensando en que ella debía dormir en el bus cuando Su Majestad estaba «ocupado».

—Vamos —dijo a medio camino entre la proposición y la orden.

Inmediatamente miró a la botonera del ascensor, de la que aún no habíamos hecho uso, y pulsó todos y cada uno de los números de marcaban las veintiuna plantas del edificio como si fuese un pianista eufórico.

—¡En la cuarta! Estoy en la cuar… —dije yo intentando contener el gesto. Pero no pude acabar la frase. Sus labios ya se habían unido a los míos.

Por primera vez en meses, y debido a algo que nadie supo ver, quería permanecer en aquella gira el mayor tiempo posible.

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Imagen: Wikimedia Commons [Public domain]

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