La primera revista para escritores

Cap. XI: Nessun Dorma

Memorias de un escritor fantasma

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Memorias de un escritor fantasma, capítulo XI

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Nessun Dorma

 

Cuentan que a partir de 7500 metros de altitud la aclimatación humana es imposible. La combinación de frío y la falta de oxígeno hace que el cuerpo, literalmente, comience a morir en el momento en que los montañistas superan esa altura. Es la razón por la que el ochenta por ciento de las muertes en el Everest se producen durante el descenso de la cumbre. No es una cuestión de la altura máxima alcanzada, sino del tiempo que permanecen por encima de esos 7500 metros. Sencillamente, no es nuestro hábitat. 

Amanecer abrazado a la groupie de una estrella del rock tampoco era mi hábitat. Ambos nos separamos instintivamente en cuanto tomamos consciencia de la situación, sin llegar a salir de la amplia cama que ofrecía mi habitación del hotel. Apartamos las miradas y demostramos que una parte de nosotros quería que aquello no hubiese ocurrido. Karolina acabó por levantarse y se acercó a los grandes ventanales que permitían admirar el puerto de Barcelona. No se preocupó por llevar consigo prenda alguna, por lo que yo no pude evitar admirar su figura desnuda al contraluz que penetraba por las ventanas. Ignoro en qué estaba pensando mientras intentaba ordenar su melena rubia a lo largo de su espalda. Yo evaluaba mentalmente la serie de motivos que podían dar al traste con mi medio de vida actual. Acostarme con una de las mujeres de Su Majestad había ascendido directamente al primer puesto de la lista. 

Una escena como la que venía ocurriendo en las últimas siete horas tenía que salir en la novela que escribía para Su Majestad. Primero por su fuerza e intensidad; y segundo, a modo de venganza encubierta contra el tipo al que tanto odiaba. 

—Debería irme —dijo ella en un susurro y sin darse la vuelta. 

—No, no, espera… —También me puse de pie mientras buscaba motivos para retenerla allí. 

Entonces se dio la vuelta y comprobé que las mismas lágrimas que habían propiciado todo aquello, habían vuelto a sus mejillas. No quedaba rímel que arrastrar, ahora el teñido negro era imaginario e inmensamente pesado. 

Intenté abrazarla, pero rechazó mi cercanía con un movimiento a medio camino entre el contorsionismo y el kárate. Buscó su ropa y comenzó a vestirse ante mi atónita mirada. Creo que los dos suplíamos nuestra cobardía con un silencio incómodo mientras la misma pregunta nos rondaba la cabeza: «¿Y ahora qué?». 

Fue curioso comprobar cómo la chica alegre, sexi, risueña y sofisticada de anoche, con el mismo atuendo, pero pasada por el tamiz de la resaca y cierta melancolía culpable, se había convertido en una sombra de sí misma. Nada más quedarme solo tras cerrarse la puerta, llegó la inspiración. Ya me había basado antes en ella, pero desde aquel día fue una musa para mí. No tardé ni treinta segundos en ponerme a escribir. Una escena como la que venía ocurriendo en las últimas siete horas tenía que salir en la novela que escribía para Su Majestad. Primero por su fuerza e intensidad; y segundo, a modo de venganza encubierta contra el tipo al que tanto odiaba. 

 

Nada como salir de tu hábitat natural para poner a prueba tus límites. Yo no había ascendido a 7500 metros, pero algo me decía que mi vida corría el mismo peligro. @JBarroso_Autor Clic para tuitear

 

El resto de la mañana fue un amasijo de sentimientos encontrados. La culpa ante mi pareja formal me asaltaba por momentos. El riesgo de que aquel affaire saliese a la luz podía complicar mi vida con ella, con la estrella del rock y con el despreciable ser humano que había orquestado mi presencia en aquella gira, y al que yo llamaba editor. Los tres tenían el poder de poner mi vida del revés por obra y gracia de los encantos de Karolina. 

Tuvieron que llamarme al móvil para sacarme de mi ensimismamiento y recordarme que debía volver al bus para dirigirnos a la siguiente etapa de la gira. Solo entonces fui consciente de que las siguientes horas las pasaría encerrado cuatro asientos y ella y a dos de él. Para rebajar mi tensión comprobé el número de páginas que había escrito entre la marcha de Karolina y aquella llamada de teléfono: treinta páginas en apenas cuatro horas. 

Nada como salir de tu hábitat natural para poner a prueba tus límites. Yo no había ascendido a 7500 metros, pero algo me decía que mi vida corría el mismo peligro y que iba a necesitar bastante tiempo para reducir la figurada altitud y con ella la amenaza de que todo saltase por los aires. 

 

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