La primera revista para escritores

Ratones de biblioteca

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Ratones de biblioteca

Llevo seis carnés de biblioteca en mi cartera. Municipales, de diputaciones provinciales, autonómicos, universitarios y estatales. Te lo cuento aquí porque es mi panoplia básica en el proceso documental de mis novelas históricas. Eso y una buena conexión a Internet, que es la Biblioteca de Alejandría de nuestra modernidad. ¿Y no bastaría con uno? Si vives en Madrid o Barcelona, puede, pero muchos no tenemos la Biblioteca Nacional a dos paradas de metro. Y además son gratis.

Si tú y yo fuéramos exitosos autores superventas anglosajones del género, serían otros los que llevarían los carnés en sus carteras, pero tampoco es el caso. Ken Follet le confesó a Andreu Buenafuente que tenía un equipo que investigaba por él. Otra cosa es que la inversión se acompase con la eficacia literaria. Los fragmentos, largos y tediosos, de Los pilares de la tierra en los que Follet describe la construcción de una catedral me resultaron tan plúmbeos que abandoné su lectura. Son una buena muestra de cómo el exceso documental ahoga el entretenimiento que todo novelista histórico debe tener como norte. Y son un ejemplo de «novela arqueológica»: tanto granito, por muy ligero que sea el gótico, aplasta la acción. Recuerda que, por encima de todo, somos creadores de historias, no historiadores.

Por encima de todo, somos creadores de historias, no historiadores.

Nuestros carnés de bibliotecas serán también las tarjetas de embarque para el viaje temporal del que te hablé en el número anterior de Scribere. Si fueras Francisco Narla, por ejemplo, viajarías a Japón para comprobar qué dibujo hacen las sombras de unos pinsapos en el ocaso de un martes otoñal en la ladera de una colina que mira a Osaka desde el oeste. No es invención, lo contó él mismo en una presentación de Ronin a la que acudí. Al fin y al cabo, es piloto comercial, tienen que sobrarle los puntos. Posteguillo visitó los yacimientos arqueológicos dacios en Rumanía para perfilar el personaje de Decébalo, el rey que se enfrentó al poderoso Trajano. Y no te hablo ya de las visitas al Archivo de Simancas, que para escritores de esa talla comercial son como para nosotros bajar a por el pan.

Pero como aún no somos superventas, mi consejo es que uses las bibliotecas que tengas más cerca. En ellas podrás encontrar buena parte de la bibliografía para afrontar al proceso documental de tu novela histórica. Observa que digo bibliografía, es decir, estudios, ensayos y manuales con datos sobre la época que hayas elegido. Otra cosa son las fuentes, escritas por contemporáneos, más o menos, de tus personajes. Esas las encontrarás en archivos y grandes bibliotecas; por suerte, muchas de estas fuentes ya están digitalizadas, con lo cual volvemos a Internet.

No hables de lo que no sabes, así que documéntate. @JjPicos Clic para tuitear

¿Sientes que te apabulla la imagen de estanterías y anaqueles colmados de libros y que se te cae el alma a los pies por la afanosa labor de búsqueda que te espera? Pues para mí, y creo que para todo escritor serio de novela histórica, no hay otra: no hables de lo que no sabes, así que documéntate. Recuerda que hay troles fanáticos de la novela histórica dispuestos a destriparte con tan solo una cuenta de Twitter.

Pero aparte de su función esencial de almacén de datos, las bibliotecas tienen otra gran ventaja para el escritor. Trabajar en casa es una fantasía añorada, y más aún por quien nunca la ha disfrutado. Cuando hace ocho años me tomé un período sabático para empezar a escribir, no cabía en mí de gozo ante la perspectiva de trabajar en mi propio despachito. Soy disciplinado y no tenía miedo de dejarme llevar por la paz hogareña y sus múltiples tentaciones. Pero la realidad me dio en las narices. En mi primera novela, mazazo va, lijadora viene, dos vecinos reformaron las cocinas y los cuartos de baño; en la segunda fue el piso de arriba, completito, con su tarima flotante y todo. Cuando terminaron la obra, entró a vivir una parejita joven con dos criaturas con genes maratonianos y sobredosis de refrescos de cola. Sé que los bebían porque se les reventó uno de los paquetes almacenados en la terraza y me encharcaron la mía.

Con unos buenos tapones de silicona o con unos auriculares y la selección musical de tu móvil las molestias desaparecen.

¿Solución? Mis seis carnés de biblioteca. A ver, tampoco fantaseemos con tan proverbiales reductos del saber; si hoy nadie se calla ni en el tenis ni en la ópera, tampoco se van a cortar en las bibliotecas. Están llenas de opositores, virtuosos de la percusión con marcadores fluorescentes, y de universitarios, que añaden sus coros de susurros y risitas al tamborileo de los otros. Pero con unos buenos tapones de silicona o con unos auriculares y la selección musical de tu móvil las molestias desaparecen.

En todo caso, ¿qué mejor lugar para un escritor de novela histórica que una biblioteca, que conserva los ecos de los antiguos scriptoria monacales, oasis del saber en un desierto, cada vez más amplio, de barbarie cultural e intelectual donde nadie lee?

Este artículo se publicó en el n.º 20 de la Revista Scribere.

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