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Remembranzas de Inés, un relato de Isaac Fàbregas

Remembranzas de Inés
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Remembranzas de Inés

 

Un relato de Isaac Fàbregas

 

En el fulgor de un suspiro, ¿lo recuerdas?, cuando aún te estremecías… Justo ahí, entre las comisuras de una rendija que abre el cielo de la boca hacia el pasado, y sí, para qué mentirte, yo también la veo allí, créeme, todavía la miro.

Una bocanada de hollín que herrumbra el ánimo de nostalgia, porque era en su sonrisa y en ningún otro lugar más, ¿verdad?, donde nuestra vida entera cabía y nos zambullíamos.

Si te atreves a recorrer conmigo esta angosta pendiente, verás todos los días de nuestra luz, y también aquellos faros que ni siquiera llegaron a ser reflejo, todavía incompletos.

Si acaso los párpados cansados de tanto abrir y cerrar con tal de intentar atisbar, a través de una pequeña cerradura de niebla, ¿el vacío? No, no creas, verás… ella es ahora una especie de grabado de recuerdos echado al aire, tentado a la suerte, que solo se deja ver cuando queda suspendido en el aire igual de misterioso que el incienso baila enroscado al presente. Puede que sean estas aureolas grises de irrealidad las que fueran componiendo la figura de nuestra equis ¿No crees? ¿No será esto la vida y no aquello otro que tanto añoramos, aquello por lo que suspiras…?, ¿volver a soñarla, quizás?

Sé que te habrás preguntado por qué no me quedé después de aquel día. No pude, no es que no quisiera. Sé que te di mi palabra de que intentaría despertar de la nana endiablada que empezó a embriagarlo todo, ¡hasta al mismísimo viento!, pero es que ese traqueteo maldito nos persigue y no para hasta cosernos la vida a puntadas.

Sé que te habrás preguntado el porqué de mi huida…, si era yo, precisamente, quien se bebía a cucharadas la esencia de Inés cuando el corrector de tus ojos se desvanecía oblicuo sobre la sed de mi acróbata, ¿verdad? No me quedé después de aquello porque todavía me estoy esperando, creo que no regresé jamás. Tampoco sé si algún día lo haré.

Aun así, no debiéramos de derogar esta nueva costumbre, ¿no te parece?, la de seguir buscándonos, digo, aunque sea en otros cuerpos o en otras acuarelas; no debiéramos, no, ni siquiera después de habernos extinguido por la abulia marchita en el vientre entumecido de aquel nuestro último estertor fatal. No, aunque la parálisis del tacto te impida siquiera dibujarla, aunque muy a nuestro pesar se nos astille el torso al intentar asirla desde el centro infinito de ese alfiler que es el recuerdo, ¡remembranzas de recuerdos, dirás!, ¿verdad? No, no debiéramos, aunque se desmaquille, fíjate, desde el estante, la vieja fotografía de Inés y amarilleemos su feliz rostro observándolo tan infelizmente desde el otro lado. Aunque solo nos quede una voz silbada rumiando el obelisco erosionado que sustenta nuestras sienes, ¡no debiéramos, no!

Hazme un favor, deletrea en el aire otra vez, con el mismo tono con el que la acunabas, su nombre; quizás así renueves mi espíritu…

Duérmeme a mí también en ese sueño borroso, con la fricción justa del alma de tus manos meciéndome, tal y como hacías con ella, estrechándome en tu pecho, será lo más cerca que pueda estar de ella, de vivir lo que ella murió. Yo seré incluso su piel pensada para ti; seré lo más cerca que puedas estar de olvidarla, confía en mí.

Aunque nuestra comunión se nutra tan solo de esto y no se baste, aunque necesitemos después remar hacia otros archipiélagos lejanos, no debiéramos, fíjate, olvidarnos de este placer triste. ¿Y sabes por qué no? Porque es nuestro, solo nuestro; aunque acabara dividiéndonos, nos pertenece solo a nosotros.

Remembranzas de InésYa han pasado diez años desde que la pequeña Inés se les murió en los brazos. Y no hay un solo mes en el que él deje de acudir a su cita ni en el que ella falte.

Se reúnen en el parque del centro, donde solían pasear juntos, y se sientan en el mismo banco desde el cual miraban sus juegos con los otros niños.

Entonces, él acerca la cabeza al pecho de ella para resguardarse, en un gesto infantil y aprendido, para que le dé refugio en su altar carnoso con generosidad, con parsimonia, con amabilidad y amor. Reconstruyen así, a su manera, las facciones de Inés; la reinician. Vuelven a vivirla, a su manera, y la catapultan desde el pasado hacia el ahora para permitir luego que parta de nuevo hacia su futuro. Más tarde, cuando la luz del sol atraviesa sus cuerpos ya huérfanos y traslúcidos, regresan a la vida sin sus vidas; pero sin rencor. Aprovechan la oportunidad para compartir, dicen, lo que esta esquina del mundo les ha brindado: remembranzas de Inés.

Cuando te preguntes de qué sirven las palabras o una canción, un simple abrazo…; cuando te preguntes para qué puede servir una diminuta sonrisa, un breve apretón de manos o una rutinaria videoconferencia a miles de kilómetros de distancia…; cuando te preguntes de qué sirve volver a despedirte de quien duerme a tu lado, si mañana vas a volver a verlo, ¿verdad?, piensa en ellos, en quienes han sabido encontrar respuestas.

 

Autor: Isaac Fàbregas

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