La primera revista para escritores

Cap. II: Tocata y fuga

Memorias de un escritor fantasma

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Memorias de un escritor fantasma

Cuentan que Paul McCartney compuso «Yesterday» en diez minutos. Lo hizo mientras desayunaba. A esto se debe que el título original de la canción más radiada de la historia fuese «Huevos revueltos». Con este antecedente, intentad convencer a un músico de que se necesitan dos años para sacar adelante una novela.

«Su Majestad» estaba acostumbrado a ritmos bastante más intensos, claro está. Nuestra primera reunión de trabajo fue en su casa, un moderno loft en el centro de Madrid con vistas al neón de una marca de tónica muy presente en la Gran Vía. Habíamos quedado a primera hora. Alguien de su entorno, de quien os hablaré más adelante, me informó de que la primera hora de un rockero se situaba en torno a las once de la mañana. Y eso si la noche había ido bien.

Para mi sorpresa, me abrió la puerta la estrella en persona, —no sé, no es que esperase un mayordomo vestido de pingüino, pero desde luego no a él—. Me miró sorprendido, creo que estaba esperando que intentase venderle una Biblia. Necesitó unos segundos para reconocerme e invitarme a entrar. Había varias personas deambulando en el interior, una de ellas nos acomodó en el único espacio que guardaba ciertas semejanzas con un ambiente de trabajo. Estábamos secundados por dos guitarras eléctricas de brillante satinado y una mesa alta repleta de folios que comenzaban a tornar al amarillo, con diversas anotaciones.

—Hay que pensar en el guion, «Su Majestad» —le dije yo mirando a mi alrededor.

—¡Sí! Tengo algunas ideas, quiero que sea una historia de ciencia ficción.

—Ciencia ficción… —dejé caer entre la estupefacción y el síncope—, será tu trabajo más personal e introspectivo…, de ciencia ficción.

«Su Majestad» asentía sonriendo y maravillado de sí mismo.

—Bien. Es importante romper las reglas cuando se piensa en un guion —concedí pensando en cómo reconducir aquello. («Memorias de un escritor fantasma», @JBarroso_Autor) Clic para tuitear

 

—Bien. Es importante romper las reglas cuando se piensa en un guion —concedí pensando en cómo reconducir aquello.

—Romper las reglas… —repitió él cercano al trance.

—¿Has leído a García Márquez?

—García Márquez… —Tenía esa costumbre. Repetía las cosas sin parar. En esta ocasión su cara además reflejaba que aquella combinación de apellidos no le era familiar.

Tendría que buscar otras referencias para explicarme.

—¿Recuerdas «La vida de Brian»?

—Síííí —dijo «Su Majestad» saliendo al fin del trance y ampliando su sonrisa.

—¿Recuerdas la escena en la que Brian cae de una torre y es recogido por una nave extraterrestre? Eso es romper las reglas.

Se limitó a asentir.

—«Django desencadenado» ¿te suena? —continué yo.

—¡Tarantino! —espetó dando muestras de que se le subía la tensión.

—El papel de Samuel L. Jackson. ¿Lo recuerdas? Es una persona de raza negra, aunque tremendamente racista. Eso es romper las reglas.

—El papel de Samuel L. Jackson. ¿Lo recuerdas? Es una persona de raza negra, aunque tremendamente racista. Eso es romper las reglas.

No dio muestras de haber acabado de entenderlo, así que continué.

—Imagina un mundo medieval en el que una serie de familias luchan por hacerse con el poder. Se relatan alianzas, traiciones, asesinatos, amores prohibidos…, todo dentro de cierta normalidad, hasta que una de los miembros de esas familias decide inmolarse arrojándose una hoguera. Entonces no solo se descubre que ella no arde, es que además sale de entre los rescoldos con tres crías de dragón sobre sus hombros. Eso es romper las reglas.

—Romper las reglas… —Sí, lo repitió.

—Necesitamos algo así para comenzar a idear el guion —dije yo queriendo concluir mi exposición.

En ese momento aquella asistente que nos había situado antes, se acercó a nosotros portando una casaca verde con la bandera de Alemania de un hombro.

—Es casi la hora, tenemos que irnos —le informó.

«Su Majestad» se levantó cuando todavía me estaba dedicando una mirada que contenía cierta admiración.

—Me encanta tu forma de pensar, Barry. —Sí, me llamaba Barry. Con el tiempo conseguí aplacar el instinto asesino que despertaba en mi aquel apelativo.

Alejó su atención de mí. Se dejó vestir por aquella chica con la mansedumbre de un colegial, y se marchó. Aquello, que yo recuerde, fue su primera y última aportación al guion de «su» novela.

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