La primera revista para escritores

Una de romanos (I)

0 302

Roma en la novela histórica

En los agradecimientos de su novela Draco. La sombra del emperador, el novelista histórico Massimiliano Colombo tiene palabras de sincera gratitud para su editora «por haberme dado la posibilidad de expresarme incluso con el título y la cubierta. Sé que pocos escritores gozan de semejante privilegio. Gracias, Mariagiulia».

Con toda la razón. Porque aceptado el manuscrito, la identidad y opiniones del autor se difuminan en la bruma de agentes literarios, editores, comerciales, mercadotécnicos y diseñadores, entre otras piezas de la maquinaria editorial. Solo un iluso, quizá un principiante, soñará con influir de algún modo en determinados aspectos de su futuro libro, verbigracia, la portada. Contando con que el propio novelista histórico domine la época elegida, sus comentarios sobre la eucronía o anacronía de la cubierta no tendrán mayor relevancia que los de un curador de lomo ibérico de Fregenal de la Sierra que pasase por allí.

Para la inmensa mayoría, entre el 21 de abril del 753 a. C. y el 476 d. C., fechas oficiales del nacimiento y caída de Roma, todos los legionarios, ya fuesen republicanos o imperiales, eran como los de Astérix.

La consecuencia es que un buen número de portadas de novela histórica no tienen nada que ver con la época del texto. Y, sin lugar a dudas, las que más sufren ese agujero negro documental son las novelas de romanos. Para la inmensa mayoría, entre el 21 de abril del 753 a. C. y el 476 d. C., fechas oficiales del nacimiento y caída de Roma, todos los legionarios, ya fuesen republicanos o imperiales, eran como los de Astérix. Pues no, los de Astérix no existieron, y menos en época de César.

Por eso no debe extrañarnos el agradecimiento, desde luego sincero, de Colombo. Su novela, Draco, está ambientada en el imperio del último augusto pagano, Juliano, llamado por los cristianos el Apóstata. Juliano se vistió con la púrpura en el 360 y la empapó con su sangre tres años más tarde. Dicen que lo asesinó un cristiano de su tropa durante una escaramuza con los persas sa­sánidas en Asiria.

«Si nos mira con tanta propiedad es gracias al documentado autor, que seguramente se empeñó en que no usaran la imagen tópica de un legionario de doscientos años antes». @JjPicos Clic para tuitear

Aunque pueda recordarnos a un guerrero medieval, el soldado que nos vigila desde la portada de Draco es inequívocamente romano, a pesar del casco de cuarterones, llamado spangenhelm, y de la cota de escamas. Si nos mira con tanta propiedad es gracias al documentado autor, que seguramente se empeñó en que no usaran la imagen tópica de un legionario de doscientos años antes. Y su editora, Mariagiulia, le hizo caso.

Imagen: Dionisio Álvarez Cueto

El protagonista de la novela es un draconarius, el portador del estandarte tubular en forma de dragón, colorista y ululante, que las legiones copiaron de sus mortíferos enemigos dacios. No es propiamente un legionario, sino un jinete, pues con el paso de los siglos, la caballería fue más necesaria para Roma que sus infantes. Podemos ver a uno de ellos en la portada del primer número de Desperta ferro, revista de historia militar que recomiendo para quienes se inicien en la novela histórica.

Siempre que les conviniera, los romanos adaptaban el armamento y los modos bélicos de otros pueblos a su propio ejército. Con la presión bárbara y las dificultades para controlar sus extensas fronteras, tuvieron que habilitar cuerpos con mayor movilidad que una legión. Eso se tradujo en caballería ligera con jabalinas, arcos y espadas más largas, en una combinación de influencias germanas y orientales.

… muchos bárbaros, con sus armas y costumbres, se enrolaron a cambio de la ciudadanía y sus ventajas…

Además, los ciudadanos romanos ya no estaban por empuñar un arma, así que muchos bárbaros, con sus armas y costumbres, se enrolaron a cambio de la ciudadanía y sus ventajas, que podían llegar al infinito y más allá, tal y como cuento en Brexitus, el tatarabuelo del brexit.

Imagen: Radu Oltean

En otra portada de Desperta ferro somos testigos de la coronación en Lutecia de Juliano, plagada de modos germánicos. El emperador es proclamado sobre un escudo, como Abraracúrcix en los tebeos de Astérix (aquí sí fue riguroso el guionista Goscinny). Otra muestra es la corona improvisada: al no encontrar una, usaron una torques céltica de un legionario petulante. No lo califico así porque fuese presuntuoso, sino por ser oriundo de esa tribu norteña y pertenecer a la unidad militar que los acogía.

Todo esto nos lleva a una conclusión: mil doscientos años de historia dan para mucho. Lógicamente, quienes defendieron Roma no llevaron siempre los arreos de los legionarios del Ben-Hur de William Wyler o de la serie Hispania. En ambos casos, el asesor histórico se lo llevó tan muerto como la misma Roma de los césares.

Continuará…

 

Este artículo fue publicado en el n.º 1 de Capítulo 1.

Deja una respuesta

Su dirección de correo electrónico no será publicada.

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, clique el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies