La primera revista para escritores

Una exigencia estética

Hablemos de estilo literario

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Una exigencia estética

El hecho literario es un semillero de vigor, riqueza, precisión, evocación, intensidad. De exigencia estética.

Los textos bellos se esfuerzan en seducir paladares, miradas, mentes. Forcejean por elevar a quien los lee a ese templo en el que Platón oficiaba sus rituales de belleza, bien y verdad.

Modernizados, aunque con todos los elementos que hacen de la literatura lo que es, siguen buscando lo mismo que entonces. El hecho literario es un semillero de vigor, riqueza, precisión, evocación, intensidad. De exigencia estética.

Cuando recorremos las primeras páginas de Manual del convento, de Saramago, lo que nos dice queda amplificado por la forma en que lo dice:

«Don Juan, quinto de su nombre en el orden real, irá esa noche al dormitorio de su mujer, Doña María Ana Josefa, llegada hace más de dos años desde Austria para dar infantes a la corona portuguesa y que aún hoy no ha quedado preñada. Ya se murmura en la corte, dentro y fuera de palacio, que es probable que la reina sea machorra, insinuación muy resguardada de orejas y bocas delatoras y que solo entre íntimos se confía».

Un estilo lírico, detallista y sutil, que nos mete de cabeza en los entresijos reales. Nos mete de cabeza y de corazón. Una palabra en ese párrafo, levantisca y perturbadora, nos saca de cierta indiferencia con la que pudiéramos abrazar el texto. Todo el refinamiento del que Saramago es capaz queda interrumpido por esa machorra insolente; más aún, por compartir secuencia con otras como ‘orden real’, ‘infantes’, ‘corona’, ‘preñada’, ‘reina’.

Saramago fue pobre, poeta, novelista y transgresor, por este orden. Su nivel de exigencia corría paralelo a su nivel de tolerancia con lo accesorio.

Transgresión y exigencia estética

Saramago fue pobre, poeta, novelista y transgresor, por este orden. Su nivel de exigencia corría paralelo a su nivel de tolerancia con lo accesorio. Fue ese compendio de factores el que lo aupó a la genialidad. Hubo en él compromiso ético y exigencia estética.

Y sin embargo, no parece propio de la literatura hablar de estética. Esta parece más bien territorio de artes plásticas, espaciales o musicales. Pero aunque la literatura deba circunscribirse a un puñado de signos lingüísticos, refleja todo lo que hace del humano un ser-para-la-vida, un organismo atestado de emociones, pasiones, devaneos, conjeturas, angustias vitales y extravitales, vivencias. Si tomamos esto como indicativo, podemos decir que su radio de acción y compromiso es, con diferencia, más completo. Puede que apliquemos antes el adjetivo estética a la música; en tal caso, digamos de la literatura que es más holística: no solo expresa estética, sino también antiestética o extraestética.

Toma de lo humano su absoluto; no solo lo tildado como bello.

Cuando Saramago emplea machorra nos despierta. No sabemos si en la primera mitad del siglo XVII utilizaban ese término o alguno equivalente, pero no nos importa. El uso que Saramago hace de él nos fuerza. Como que cierto dato tomado de la realidad introduce de pronto un elemento de valor, una nota discordante.

Sé poeta y sé científica

Eres escritora, persona entre las teclas. Te maravillas del mundo, de sus horrores y sus epifanías. Busca ahora en tu alma de científica y descubre cuáles son sus datos minúsculos, la tierra en la que te mueves. Todo está escrito. Solo queda que ofrezcas tu mirada a veces satisfecha y otras, contrariada; que hagas hablar a tus personajes de ciencia, de religión, de política, pero sin hablar de ciencia, religión o política; a condición de que te mudes en hábil picador de piedra y esculpas la frase que disuelve cualquier atisbo de ideología que, sin embargo, encerrará.

«Lo que cuentas, esa trama apasionante, no es lo que importa. Todo está contado. Lo que importa es cómo lo cuentas». @marianRGK Clic para tuitear

Lo que cuentas, esa trama apasionante, no es lo que importa. Todo está contado. Lo que importa es cómo lo cuentas. Importa que fondo y forma sean la manera en que tu yo novelista suspende tu yo realista, aun cuando lo contenga. Tu talento debe mostrarse ahí, en tu capacidad de hacer de esa narración algo que supere al propio argumento.

La belleza, como ya descubrió Flaubert, resulta de amasar forma y pensamiento. El trabajo que ejercía sobre sus manuscritos el padre de Madame Bovary era obsesivo, incansable en la búsqueda de la palabra perfecta o la expresión idónea. Él mismo fue más talentoso que genial.

Tú y yo cuando escribimos

A ti y a mí nos queda admitir que somos mediocres y que serlo no es algo vergonzoso, sino normal. Ser normal ya es un punto de partida. ¿Qué nos queda? ¡Todo! En esa normalidad que es nuestra salvaguarda, sostenemos un bisturí, un artilugio precioso para mejor calibrar lo menudo y tallar piezas concisas, austeras, desvestidas de accesorios inútiles. Atendiendo como obsesos a la médula de las cosas. Como Calver, como Hemingway, como Palahniuk.

Es como accedemos a cultivar un mejor decir. El esfuerzo está, ante todo, en ese afortunado cruce entre fondo y forma que va revelando nuevos significados y más finos matices. Ahí tenemos que ser exigentes.

Y a partir de ahí, elevar nuestra mediocridad un poco por encima de la media.

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