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«Una historia de España», de Arturo Pérez-Reverte

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Una historia de España, de Arturo Pérez-Reverte

 

Una historia de España no está concebida como libro, sino que es un compendio de artículos que el periodista publicaba en el suplemento XL Semanal. Conocedores de su éxito, Alfaguara quiso darles el formato que merecen.

 

¿Te acuerdas de las clases de Historia del instituto? A mí jamás se me borrarán de los recuerdos. Cuando estaba allí dentro tenía la sensación de que el tiempo se había parado y de que mi profesora competía con el resto de sus compañeros para demostrarles que ella podía dar la clase más tediosa de todo el centro. El resultado es que las lecciones parecían eternas, justo lo contrario que la atención, que llegaba a límites mínimos. 

A fin de cuentas, esto es lo que ocurre cuando un docente prefiere estar en cualquier lado en lugar de en el aula. Creo que todos hemos tenido a esa clase de profesores a los que la pasión les abandonó hace mucho tiempo, y ahora no son más que trabajadores que, cual currantes de una fábrica, ejecutan una metodología y no se preocupan por los resultados. No debería haber mayor retorno para un maestro que la sonrisa de interés y curiosidad saciada de un alumno.  

El resultado te lo puedes imaginar. Los dos años de Historia del Instituto fueron una ruina para mí. Acabé por odiar la asignatura con toda mi alma y mi desapego fue tal que ni siquiera me planteé apostar por ella en selectividad —la prueba de acceso a la Universidad—. Cuanto más lejos, mejor.  

 

Al igual que siempre he pensado que la docencia debiera ser una de las profesiones más prestigiosas y retribuidas de un estado, también creo que los filtros deberían aumentarse de manera considerable.  

 

Y es una pena, pues Historia es una asignatura que lo tiene todo para triunfar. Interés por conocer qué pasó antes de nosotros y descubrir cómo fuimos a lo largo de los años. Transmitirnos la importancia de que en su sabiduría se encuentra la clave para no cometer errores del pasado llevaría a esquivar situaciones como hoy vivimos en las que nos echamos las manos a la cabeza. Después de todo, una cosa es que Disney haga remakes de sus grandes éxitos, pero creo que modernizar nuestras calamidades históricas no sería un greatest hit.  

Siempre he sido muy crítico con el sistema educativo español, pero quiero aprovechar esta tesitura para romper una lanza a su favor: si no hubiera sido porque nos obligaban a tomar apuntes como si fuéramos máquinas en lugar de atender al profesor, me habría dormido en más de una clase. Que sí, que tampoco me enteraba de nada así, pero por lo menos me evitaba la bronca y la correspondiente llamada a casa sobre el poco interés de su hijo.   

Al final triunfó el odio. Detesté la asignatura para siempre. Durante mucho tiempo no pude ver la Historia ni a nada que tuviera que ver con ella. Solo fue después de mucho tiempo cuando pude reconciliarme con ella gracias a una persona que carga de pasión cada una de sus palabras. Pero, claro, esta persona no se encontraba en un aula. 

 

La Historia es ese cuento que enamora más que la última serie de moda

Los seres humanos somos animales que estamos construidos de relatos. Comprendemos la realidad que nos rodea a partir de las narraciones que nosotros y otros hacemos de ella. Por ello, que una asignatura como Historia, que es una historia —como bien dice su nombre—, sea rechazada es una muestra clara de que necesitamos reflexionar sobre este sistema educativo.  

Pensémoslo durante un instante. ¿Qué es lo que hace la gente en su tiempo libre? Consume historias. Sea en forma de literatura, series de televisión, cine o el enésimo debate político que no llevará a ninguna parte en los medios de comunicación. Todo ello son historias. Entonces, ¿cómo ha llegado esta asignatura a tener tan mala fama?  

Si lo piensas, te percatarás de que Historia lo tenía todo para triunfar. Tramas que superan a las de la ficción en cualquier ámbito, traiciones, romances, guerras, alianzas inesperadas y venganzas. Ni siquiera la serie de televisión de moda puede acercársele en planteamiento. La realidad siempre supera a la ficción.  

 

Vivamos la narración, empaticemos con los personajes, atrevámonos a debatir, a posicionarnos y a despertar un espíritu crítico basado en la ecuanimidad. 

 

Tengo que admitir que tuve una compañera que sobrevivió a la purga del tedio por la asignatura durante mi etapa en el instituto. Se trataba de una joven que ya amaba la Historia antes de que se convirtiera en asignatura y que no dejó que el aburrimiento de un aula pudiera con ella. De hecho, si quedó una pequeña chispa en mi corazón que supiera querer a este conocimiento, estoy seguro de que se trataba de la sonrisa y los hoyuelos que se le pintaban en el rostro cada vez que nos decía que para ella la Historia es un cuento que quería conocer. 

Esa era la clave. Mientras ella le había encontrado el tinte narrativo, el resto solo éramos capaces de atisbar un montón de papeles que memorizar —porque así funcionan los exámenes— y muchas horas delante de ellos que te llevaban a la conclusión de que aprender Historia carecía de sentido. Desde luego, siendo un planteamiento tan aburrido, plano y carente de pasión, como para concluir otra cosa.  

Y es curioso, porque mientras la Historia me parecía la peor narrativa que había encontrado nunca, leía una o dos novelas a la semana y recordaba hasta el último detalle por el simple hecho de que disfrutaba con ellas. 

 

Una narración irónica e imparcial de nuestra Historia

Al igual que siempre he pensado que la docencia debiera ser una de las profesiones más prestigiosas y retribuidas de un estado, también creo que los filtros deberían aumentarse de manera considerable.  

Después de todo, estas personas tienen en sus manos —y esto es literal— las mentes del futuro. Por tanto, no se trata de una profesión baladí, sino de aquella que marcará el sino de los acontecimientos.  

Por este motivo, creo que una persona que esté en este oficio tiene que comprometerse consigo. Mirarse cada día en el espejo al despertar y recordarse el porqué de trabajar ese día: transmitir conocimientos, despertar mentes y contagiar la pasión. 

Y si en cualquier materia es importante, en una que es tan densa y puede volverse tan complicada como es la Historia, pues todavía más.  

A fin de cuentas, ¿no tiene esta asignatura todos los ingredientes para cocinarse de manera correcta? Si se trata de una suerte de cuento, entonces empleemos todas las virtudes que tienen las historias y que emocionan a niños, jóvenes, adultos y ancianos por igual. Vivamos la narración, empaticemos con los personajes, atrevámonos a debatir, a posicionarnos y a despertar un espíritu crítico basado en la ecuanimidad. 

 

Su magia se encuentra en la capacidad que demuestra para ser imparcial, para sumar la ironía a la ecuación, no renunciar al humor y comprometerse con el lector a poner todo lo que tiene en dotar de sinceridad sus líneas. @copymelo Clic para tuitear

 

Es en estas virtudes donde Arturo Pérez-Reverte se encuentra con una oportunidad de oro para sacar a relucir su talento periodístico, sus conocimientos de historia y sus tablas como escritor. Nos ofrece una visión la mar de interesante de nuestro pasado y de la manera en la que afecta al presente. No obstante, su magia no se encuentra en este hecho, sino en la capacidad que demuestra para ser imparcial, para sumar la ironía a la ecuación, no renunciar al humor y comprometerse con el lector a poner todo lo que tiene en dotar de sinceridad sus líneas. 

De hecho, creo que la apuesta por la ironía es la única que puede funcionar para no levantar —más— ampollas en una España que está polarizada y que parece que si no se reúne en bandos constantemente le falta algo. Marca España, vaya. Es la manera de traspasar prejuicios desde una postura neutral, que siempre es lo más criticado desde ambas orillas del río. Así, el sabor de boca que se mantiene es el de la sensación de que Arturo Pérez-Reverte ha querido que la verdad prevaleciera ante todo.  

Si tuviera que sincerarme, te diría que es gracias a obras como esta —y otras tantas que no es cuestión de enumerar ahora— a lo que, poco a poco, he conseguido cultivar una pasión por la Historia. Al final, lo que el colegio y el instituto me robaron, me lo ha devuelto la curiosidad en conversaciones y se ha regado con podcasts, libros, canales de YouTube y documentales.  

Supongo que la conclusión que debemos sacar todos de un texto como el de Arturo Pérez-Reverte es que no debemos permitir que nadie nos robe la curiosidad. Es aquello que nos convierte en seres humanos. 

 

¿Cómo está estructurada esta obra?

Una historia de España no está concebida como libro, sino que es un compendio de artículos que el periodista publicaba en el suplemento XL Semanal. Conocedores de su éxito, Alfaguara quiso darles el formato que merecen —sin desprestigiar el periodismo, que hay personas que siguen practicándolo a pesar de tener todo en contra—; los ha unificado en un compendio que cuenta con muy poquitos cambios. 

La verdad es que muchos de estos textos los puedes encontrar en internet, pero no creo que ello debiera ser un impedimento para disfrutar del libro. En una edición tan cómoda como esta, apetece disfrutar del papel impreso y manchado con unas letras que merecen la pena.  

La cuantía de estos artículos no es menuda. De hecho, superan los ciento cincuenta sin ningún problema y te ofrecen un repaso entero de la historia de nuestro país: desde la antigua Roma hasta los primeros pasos de esta democracia que ahora tanto se critica.  

Se trata de un formato que permite conocer muchísimo que no te han contado de este país. Con una mirada tan rápida por las diferentes etapas no te da tiempo a aburrirte, pero te ayuda a colocar las piezas de un puzle que parece siempre muy complicado, y que, en realidad, es más fácil de lo que parece cuando te contagian las ganas de aprenderlo. 

 

¿Cuál es el resultado del compendio?

¿Sabes una cosa? Cuando estaba más metido en todo el tema de charlar de libros en internet, preparar las conclusiones era algo sencillo. Lanzaba al aire palabras abstractas y grandilocuentes que de alguna manera reflejaran en el momento cómo me sentía, y lo de mojarme de manera precisa lo dejaba para otra ocasión. 

Con la distancia he aprendido que esto no es suficiente. Que necesitamos arremangarnos y ofrecer unas palabras finales concretas y bien dirigidas. Y mira, como no se me ocurre una frase que pudiera ocupar el papel de gran colofón, déjame ofrecerte un microrrelato personal que resume a la perfección lo que Una historia de España ha significado. 

Lo leí en menos de 24 horas y puede haber condicionado mis próximos cuatro años. Desde hace unos meses me planteo estudiar una nueva carrera por placer y me debatía entre Filosofía e Historia. Es probable que este libro haya decantado la balanza hacia uno de los lados. 

 

¿Lo recomendaría?

Sin ninguna duda. Creo que no quedaba lugar al error con todo lo que te he contado en esta crítica, pero por si necesitas que lo ratifique, la respuesta es que sí. 

Además, no diferenciaría entre categorías. Es interesante tanto para el amante de la Historia, como para el que quiera conocer parte de nuestra cultura, como quien quiera divertirse y reírse un rato. Es para todos. 

 

Conclusiones

A pesar de que en algunos lugares es alto riesgo decirlo, siempre me he sentido un gran seguidor de Arturo Pérez-Reverte. Quizá sea la tierra compartida la que rompa mi objetividad, pero disfruto sobremanera de sus textos, con independencia de que sean novelas, artículos o ensayos. 

Además, noto que con Una historia de España se siente muy a gusto con lo que hace. Mezclar su faceta de periodista, apasionado de la historia y novelista en algo así debe merecer mucho la pena. 

Se nota que le apasiona y eso siempre se contagia.

 

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