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Y hablemos de texturas

Hablemos de estilo literario

Foto: Gaetano Cessati en Unsplash
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Y hablemos de texturas

El término textura remite a una sensación táctil. Tiene lugar un roce y el sentido del tacto informa sobre lo que percibe: suavidad, aspereza, rugosidad, dureza, calidez, elasticidad, viscosidad… Son aspectos del material con el que ha tomado contacto.

Si lo táctil lleva la cuenta de accidentes físicos, hay otra textura que se sirve de la mirada: veo una fotografía de piedras y evoco la aspereza; veo una almohada: la suavidad; veo azúcar: la granulosidad; con una manzana se me hace la boca agua. De hecho, hay un enorme almacén de fotos en Internet con reproducciones de texturas que imitan la realidad y que nos provocan reacciones similares, cuando no idénticas, a la vivencia real.

Y hay una textura más: la que emana de la prosa, escrita o leída de viva voz. Sus referentes pueden ser los mismos que en la poesía y movilizan idéntica sensación que ciertos poemas.

Probar
a imaginarme tiempo atrás,
cruzar ahora
adulto por la escena del recuerdo,
y añadir
el grueso de la tierra
que se ha incrustado en nuestra piel
blanca de aquellos años.
Nuestra
porque esta historia
moral,
y de clase y civil, como la guerra,
por igual os atañe
a buena parte de vosotros.

El poema es de Carlos Barral (1928-1989). En el prólogo de Años de penitencia, casi parafrasea estos mismos versos. La prosa se pliega a su deseo:

«Quería pintar el paisaje y la atmósfera irreal de aquellos años usándome y usando mis recuerdos, como sola perspectiva, haciendo a un lado todo lo estrictamente angular de mi propia historia».

¿Un texto o un texto bello?

Hay diferencias notables entre uno y otro. Podemos acordar que a todos nos inspira la belleza y que la buscamos, como ya hemos visto en capítulos anteriores. Asunto bien distinto es qué dice la propia subjetividad de cada uno respecto de qué es y qué no es bello.

Ya lo dijo Platón en el Banquete: «Si hay algo por lo que vale la pena vivir, es por contemplar la belleza». Sin embargo, ni el concepto de belleza al que aludía es remotamente parecido al que impera en la actualidad.

Ya lo dijo Platón en el Banquete: «Si hay algo por lo que vale la pena vivir, es por contemplar la belleza». Sin embargo, ni el concepto de belleza al que aludía es remotamente parecido al que impera en la actualidad.

Hemos descrito sensaciones táctiles para hablar de textura. Para hablar de belleza y de sus escalas, recurrimos las mismas: algo «nos gusta» o «nos da grima, dentera, asco». Nos movemos alrededor de sensaciones. Hablamos de sentir. Una melodía, un color, una persona. Algo nos resulta bello a la vista o al tacto.

Platón decía también que la sabiduría era lo más hermoso que una persona podría contemplar, aunque su concepto de belleza era más completo que el nuestro. El subtítulo del Banquete reza: Sobre el bien. Para él, belleza y bien eran sinónimos; la belleza no quedaba encapsulada en lo físico.

Cómo no hacer hincapié en buscar belleza en todo lo que escribimos. Escribir bien, escribir cosas que sean verdad (congruentes con fondo y trasfondo; no en un sentido moral, que también inquietaba al filósofo), escribir lo justo y necesario para decir lo que tenemos que decir: ni más ni menos.

«Lo seductor de un texto es su cómo: cómo está escrito, cómo cuenta, cómo dice. Qué evoca. A dónde nos lleva». @marianRGK Clic para tuitear

 

El vocabulario de las texturas

Lo seductor de un texto es su cómo: cómo está escrito, cómo cuenta, cómo dice. Qué evoca. A dónde nos lleva. Para ello, cultivar la destreza. El modo de decir es lo que se está diciendo y tal como se está diciendo, sin rupturas entre fondo y forma. Pretender bisturí entre dentro y fuera es como diseccionar un cuerpo para atrapar su alma.

Lo literario pide descubrir —o redescubrir— las sutilezas que el lector normal no percibe y que tan sanísimo placer le procuran cuando se las encuentra.

Con las nuevas tecnologías imponiendo modos de leer más erráticos, surgen quejas que apuntan a que los textos son menos elaborados; más resumidos, esquemáticos por falta de falta atención, de vocabulario. Ese vocabulario de las texturas que busca ser liberado del tópico, zafarse de la soga ordinaria.

Las irreemplazables texturas de la prosa literaria.

«Lo que más hay en la tierra es paisaje. Por mucho que falte del resto, paisaje ha sobrado siempre, abundancia que sólo se explica por milagro infatigable, porque el paisaje es sin duda anterior al hombre y, a pesar de tanto existir, todavía no se ha acabado. Será porque constantemente hay muda: hay épocas del año en las que el suelo es verde, en otras amarillo, y luego castaño o negro. Y también rojo en algunos sitios, que es color de barro o de sangre sangrada». 

La cita corresponde a Levantado del suelo, y de esa mirada escrutadora y de la textura paisajística responde Saramago.

El mundo de cada uno y los ojos que tiene. La prosa, su sirviente.

 

Este artículo fue publicado en el n.º 9 de Capítulo 1.

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